23-10-2025, 10:11 PM
Estaba sentado en la arena con las piernas estiradas como dos troncos, intentando ordenar mapas y cartas náuticas sobre mis rodillas, porque por si acaso, uno nunca sabe, quizás tuviera que tomar el timón en cuanto nos largáramos. Solo que había un problema: : esos papeles estaban pensados para manos pequeñas, de gente que no pasa de una altura normal. Cada hoja parecía un papelito ridículamente diminuto en mis manos; trataba de alisarlas y sólo podía moverlas un poco con la punta del meñique como si hiciera malabares. Gruñí para mis adentros, mientras doblaba otra vez una carta que se me escapaba entre los dedos.
De pronto, el ruido llegó como una ola rompiendo mi tranquilidad: gritos cortos, agudos, y un paso que levantaba arena en una nube detrás. Al principio pensé que eran borrachos peleando, pero el tono de la voz no era de borracho; era de alguien que corre por su vida. Miré hacia el muelle y vi a Hyákinthos, el muchacho pelirrosa ese, corriendo a toda prisa, la cara desencajada de miedo, y detrás de él… un jabalí enorme, con los colmillos a la vista y el lodo volando a cada zancada. Por un segundo me quedé clavado; la escena parecía una de esas historias graciosas que terminan con un buen punchline. Pero aquello era real y olía a desastre.
Lo vi derrumbarse cerca de mis pies, sin fuerzas, y yo me incorporé despacio, porque, como dicta la costumbre: un gigante no se lanza como un meteorito sin antes calcular la distancia y no aplastar a nadie por accidente. Extendí la mano enorme con calma, sin dramatismos. Quería ofrecerle el agarre, un apoyo. Antes de que tuviera siquiera tiempo de tomar aire, el jabalí vino como si fuera un galeón sin timón y se estampó contra mi palma.
Lo alcé hasta la altura de mis ojos; sus ojos pequeños me miraban fieros pero confundidos, como un cachorro que no entiende la vida. Lo posé frente a Hyak, que yacía jadeando en la arena, con la lengua afuera y la ropa llena de barro. Le sonreí con esa sonrisa de abuelo que todo lo arregla con comida y palabras sabias. —Muchacho— Dije en tono tranquilo, aunque mi voz retumbó sobre la playa. —Agradezco las ganas que tienes de traer carne para la tripulación, y mira, lo conseguiste… pero no creo que este único jabalí sea suficiente para calmar mi hambre....—
Yo añadí sin perder la compostura. —Además, ¿Qué te hace pensar que me entusiasmaría que te expongas así por un pedazo de tocino?— Le solté, medio en broma, medio serio. —Ven, levántate. Yo lo llevo a la cocina; a este lo ataremos bien y lo llevamos al cocinero. Pero la próxima vez, muchacho, trae a la familia entera aunque sea.—
Mientras lo decía, apoyé el jabalí en la arena a mi lado, con cuidado de no aplastarlo, y miré alrededor para asegurarme de que no viniera nadie más a armar lío. Me incliné y le ofrecí a Hyak la mano para que se suba a esta, y cuando se puso en pie le "palmeé" la espalda, bah mas bien, en realidad le toque la espalda varias veces con mi meñique.
Por dentro sonaba mi estómago como un tambor: el incidente me había abierto el apetito.
De pronto, el ruido llegó como una ola rompiendo mi tranquilidad: gritos cortos, agudos, y un paso que levantaba arena en una nube detrás. Al principio pensé que eran borrachos peleando, pero el tono de la voz no era de borracho; era de alguien que corre por su vida. Miré hacia el muelle y vi a Hyákinthos, el muchacho pelirrosa ese, corriendo a toda prisa, la cara desencajada de miedo, y detrás de él… un jabalí enorme, con los colmillos a la vista y el lodo volando a cada zancada. Por un segundo me quedé clavado; la escena parecía una de esas historias graciosas que terminan con un buen punchline. Pero aquello era real y olía a desastre.
Lo vi derrumbarse cerca de mis pies, sin fuerzas, y yo me incorporé despacio, porque, como dicta la costumbre: un gigante no se lanza como un meteorito sin antes calcular la distancia y no aplastar a nadie por accidente. Extendí la mano enorme con calma, sin dramatismos. Quería ofrecerle el agarre, un apoyo. Antes de que tuviera siquiera tiempo de tomar aire, el jabalí vino como si fuera un galeón sin timón y se estampó contra mi palma.
¡PUM!
El jabalí, pequeño frente a mi mano, quedó aturdido y tambaleante. No se espabiló para huir, intentó rodear mi mano como si yo fuera una roca en medio del camino, mareado por el golpe. Yo no iba a dejar que le partiera la pata a nadie, así que lo agarré con cuidado por la cola. Sí, por la cola: la agarré entre dos dedos como quien levanta una campanilla. El animal chilló, meneó las patas y por un segundo pensé en lo agradable que sería comérmelo entero, pero me contuve porque no es educación comerse nada crudo, uno nunca sabe donde pudo haber estado ese animal.
Lo alcé hasta la altura de mis ojos; sus ojos pequeños me miraban fieros pero confundidos, como un cachorro que no entiende la vida. Lo posé frente a Hyak, que yacía jadeando en la arena, con la lengua afuera y la ropa llena de barro. Le sonreí con esa sonrisa de abuelo que todo lo arregla con comida y palabras sabias. —Muchacho— Dije en tono tranquilo, aunque mi voz retumbó sobre la playa. —Agradezco las ganas que tienes de traer carne para la tripulación, y mira, lo conseguiste… pero no creo que este único jabalí sea suficiente para calmar mi hambre....—
Yo añadí sin perder la compostura. —Además, ¿Qué te hace pensar que me entusiasmaría que te expongas así por un pedazo de tocino?— Le solté, medio en broma, medio serio. —Ven, levántate. Yo lo llevo a la cocina; a este lo ataremos bien y lo llevamos al cocinero. Pero la próxima vez, muchacho, trae a la familia entera aunque sea.—
Mientras lo decía, apoyé el jabalí en la arena a mi lado, con cuidado de no aplastarlo, y miré alrededor para asegurarme de que no viniera nadie más a armar lío. Me incliné y le ofrecí a Hyak la mano para que se suba a esta, y cuando se puso en pie le "palmeé" la espalda, bah mas bien, en realidad le toque la espalda varias veces con mi meñique.
Por dentro sonaba mi estómago como un tambor: el incidente me había abierto el apetito.
