23-10-2025, 07:45 PM
“El destino puede llegar a ser cruel y caprichoso, pero la justicia es inherente al mismo y, por mucho que tarde en llegar, todo acaba en el lugar que merece."
Querido lector, si alguien le hubiese dicho esta frase al joven Fyodor, lo más seguro es que hubiese recibido una mirada de advertencia que habría equivalido a un puñetazo en la cara por parte de alguien con menos sangre fría para controlar sus impulsos. Pese a eso, yo si estoy de acuerdo con esa frase y sé de buena tinta que el Fyodor adulto también lo estaría. Pero todos hemos sido jóvenes y la dureza con la que se había criado el joven lunarian hacía que viera el mundo con unos ojos completamente diferentes, aunque, afortunadamente, esta visión del mundo no duraría mucho más.
Capítulo 4: Día de suerte.
Los años fueron pasando en aquella fabrica y Fyodor, ahora un joven de 14 años, había visto como su cuerpo y mente habían madurado en extremo debido a la dureza del entorno en el que se encontraba. Había crecido hasta alcanzar el 1,60 metros, aunque la falta de los nutrientes necesarios durante su niñez le habían dejado un cuerpo más delgado de lo normal, por no hablar de la diferencia de tamaño respecto a los Tsvetnik, lo que le hacía verse más pequeño. Por otra parte, la ausencia de sol le había provisto a su piel de un extraño tono que, junto a su extraño cuerpo y la sucia bolsa de lino que cubría su cabeza, le daba un aspecto digno de película de terror.
-¡Fyodor!¡Tu turno! - El grito del pequeño capataz, el mismo que le había recibido hace casi 8 años, se sobrepuso al ruido de la fábrica, haciendo que Fyodor guardara las herramientas en su cinturón y, tras colocar una última bala en su cajetilla correspondiente, se levantara, cargando como todos los días la pesada caja que contenía lo necesario para fabricar aquellas balas, y fuese caminando a la misma habitación que le había sido asignada al poco de llegar.
En el trayecto tuvo que esquivar a varios de sus compañeros, los cuales volvían tras haber comido y seguían tratando a Viktor de manera indiferente, como si fuese un fantasma al que no podían ver.
-Hoy tienes 4 horas y más te vale pasarlas en tu cuarto. Tenemos una visita importante que me puede abrir las puertas de los revolucionarios y no quiero que te vean. - Aclaró el pequeño capataz cuando Fyodor, tras subir los dos pisos de escaleras, paso por su lado, haciendo tintinear los materiales del interior de la caja debido al cansancio acumulado por la carga que llevaba.
-Perfecto. Esperaré allí hasta que mandes a alguien. - Respondió antes de abandonar la sala principal de la nave y adentrarse en los laberínticos pasillos que conducían a su habitación.
Unos minutos después, y con las piernas cansadas por la carga, Fyodor llegó a la puerta de su habitación, pudiendo abrirla con sólo apoyar sus grandes alas sobre ella debido a la falta de cerraduras. Una vez dentro y tras cerrar la puerta con el las alas, Fyodor dejó la pesada carga en el suelo antes de proceder a estirar los agarrotados músculos y tirarse en el sucio colchón que era su cama y que ocupaba casi enteramente aquella pequeña habitación, iluminada únicamente por los agujeros en el techo que dejaban pasar unos pocos rayos de luz.
-Por fin... - Suspiró cansado mientras se quitaba el saco de lino de la cabeza, dejando ver su deformado rostro y un largo, enmarañado y sucio cabello que le daba un aspecto más aterrador. Aunque lo que más destacaba era el extraño collar que portaba en su cuello y que le tenía retenido en aquella nave, pese a que no tenía pensado escapar de allí.
Tras unos minutos de descanso, Fyodor se reincorporó, sentándose al borde del colchón y buscando el plato de comida que había dejado preparado por la mañana y que ya debería estar listo.
-¡Hoy tengo suerte! - Una sonrisa cruzó su monstruoso rostro mientras agarraba velozmente las tres enormes cucarachas que estaban en el interior del plato de gachas mohosas, dándose un festín sin saber el cruel destino que les esperaba y que ya había sellado Fyodor tras aplastarles la cabeza con sus dedos. - Una al bote y las otras dos al buche. - Dijo alegre antes de meterse dos de ellas, manchadas con las mohosas gachas todavía, en la boca surcada por afilados colmillos y empezar a masticar mientras agarraba una pequeña y vieja botella de metal de su cinturón y guardaba en ella la tercera cucaracha que se reunía así con otra decena de insectos muertos que había ido recolectando esa semana.
Tras ese peculiar picoteo, Fyodor procedió a agarrar dos grandes y pesadas bolsas del interior de la caja, las cuales tintinearon con un característico ruido metálico en cuanto aterrizaron en el suelo, junto a los pies del pequeño adolescente. Por último, el joven lunarian procedió a sacar con cuidado una bolsa negra, mucho más pequeña que las otras dos y repleta de polvora, dejándola con delicadeza sobre el sucio colchón antes de preparar las herramientas de su cinturón.
Durante estos casi 8 años sólo había tenido que hacer una cosa. Fyodor, siguiendo unos planos ya definidos y tras copiar el movimiento de sus compañeros, se encargaba del montaje de los diversos tipos de munición que encargaban a la fábrica. En ese tiempo había aprendido bastantes cosas sobre armas y municiones, pero lo que más le había impactado era el gusto por esas creaciones y el haber descubierto todo el potencial que tenía gracias a su particular capacidad para analizar el montaje de las balas y que, junto a unas manos que había ido entrenando durante todo ese tiempo y una vista prodigiosa, le permitía trabajar sin necesidad de ver bien lo que estaba haciendo. Por otra parte, la memoria eidetica que tenía le permitía recordar todos los diseños que se le habían presentado con solo haberlos visto y replicado una vez, lo que le convertía en uno de los esclavos más eficientes de la fábrica.
Casi 3 horas después y con toda la munición ya montada, Fyodor se había recostado sobre su mohoso colchón, jugando con una bala entre sus dedos mientras veía a las moscas revolotear por su habitación y que, al igual que las cucarachas, acabarían terminando en su estómago.
-¡Nos hemos perdido!. Te dije que no tendríamos que habernos separado de Leo. – Una infantil voz con tono de preocupación llegó a los oídos de Fyodor, que, como de costumbre, procedió a buscar la bolsa de lino para ocultar su rostro de los demás.
-Shhhhhh. El otro día escuché como Leo le advertía a padre de que había un monstruo en esta fábrica. – Replicó una voz igual de infantil pero con un tono mucho más seguro.
Esto provocó que Fyodor, cansado de todo aquello, se quedará inmóvil, guardando silencio absoluto y esperando que aquellos invitados cruzarán aquel pasillo sin abrir su puerta. Aunque la fortuna es caprichosa y, justo cuando estaban pasando por delante de la habitación de Fyodor, una ráfaga de viento abrió con violencia la puerta, mostrando a los niños la imagen de una esquelética criatura de afilados colmillos, piel oscura, rostro monstruoso, grandes alas negras y ojos rojos como la sangre mirándoles directamente al alma.
-¡AHHHHHHH! - El grito de ambos niños invadió todos los rincones de aquella desértica planta, aunque eso a un Fyodor que ya estaba acostumbrado a esas reacciones no le importaba y estaba cubriéndose de nuevo el rostro con la vieja y sucia bolsa de lino.
Segundos después de levantarse ya con la bolsa puesta y antes de que Fyodor pudiese cerrar de nuevo la puerta de su cuarto para ahogar el grito de los niños, una imponente figura apareció de la nada detrás de los dos pequeños intrusos, que seguían gritando aún más fuerte tras el movimiento de Fyodor, sin poder moverse del sitio e ignorando la aparición del nuevo sujeto que, sin advertencia previa, pateó con fuerza el estómago al joven lunarian, consiguiendo con ello que su pequeño cuerpo saliera volando hasta impactar violentamente con la pared del fondo de su habitación, rompiéndole un ala y un par de costillas en el proceso y haciendo que la bolsa de su cabeza se cayera al sucio suelo.
-Como muevas un solo músculo te pego un tiro en esa cara de mierda que tienes. – La advertencia del desconocido y el dolor que recorría todo su cuerpo consiguieron que Fyodor se quedará completamente paralizado sin saber como reaccionar, tumbado en el suelo mientras se agarraba el costado del dolor y con el rostro pegado al sucio suelo mientras un hilo de sangre le salía de la comisura de sus labios. – Ya hablaré con vosotros dos. De no ser porque me habéis hecho ganar 100.000 berries, yo mismo os encerraría con esa cosa. – Continuó, haciendo callar a los dos niños mientras se adentraba en la pequeña habitación.
-N-n he hecho nada.– Logró articular Fyodor tras haber recuperado algo de aire y con un miedo que no sentía desde que abandonó el barco de Dragov, viendo como un hombre de rostro duro, de casi 2 metros y vestido con un uniforme militar de camuflaje marron, se acercaba calmadamente.
-Entiéndeme. No puedo dejar que aterrorices a los críos de mi jefe y no te pase nada. – Respondió, echando un vistazo a la habitación y agarrando del suelo la pequeña bolsa de pólvora, donde todavía quedaba un poco de aquella volátil sustancia. – Esto es una cuestión de respeto. No es personal. – Continuó, agachándose y usando su mano libre para agarrar con fuerza el sucio cabello de Fyodor, levantándole el rostro del suelo y viendo cómo era en realidad el monstruo del que había oído hablar. – Esperadme al final del pasillo. – Sentenció con voz firme a los 2 niños mientras mantenía la mirada a un Fyodor que, debido a todo lo que había pasado en su niñez, sabía que no podía decir ni hacer nada para evitar lo que estaba a punto de suceder.
Los niños abandonaron sin decir una sola palabra la escena. Sabían de las habilidades de Leo y los motivos que habían llevado a su padre a contratar sus servicios de protección.
-No me gustan nada ni tu mirada ni tu cara... Tienes que sonreír más y ser más amable con los desconocidos. -Empezó mientras sacaba una navaja y cortaba ambas comisuras de los labios de Fyodor para dibujarle una sonrisa, ignorando los gritos de dolor y pataleo del pequeño. -Ya te he ayudado con la sonrisa, pero ahora tengo que arreglar lo del susto que le has dado a los pequeños y estaremos en paz. – Aclaró con un tono más amable mientras levantaba aún más el ahora ensangrentado rostro de Fyodor, guardando la navaja teñida de rojo antes de agarrar la bolsa de pólvora de Fyodor, usando sus dientes para abrirla. - Te aconsejo que cierres la boca. – Continuó el guardaespaldas antes de verter el poco contenido de pólvora que quedaba sobre la cara de Fyodor, dejando mayor cantidad en la zona de la nariz.
Lo siguiente que vio Fyodor fue un fogonazo de luz seguido de un dolor indescriptible que, instantes después, desvaneció la consciencia del joven Lunarian de cara completamente desfigurada y que yacía en el suelo completamente inmóvil. Su verdugo, por otro lado, abandonaba tranquilamente la escena del crimen, sin remordimientos y dejando la vacía bolsa de pólvora encima del cuerpo de Fyodor.
Casi tres horas después, con Fyodor completamente inconsciente, el pequeño dueño de la fábrica paso a buscarle, encontrándose aquella macabra escena y viendo cómo su mejor trabajador ahora yacía casi sin vida sobre un charco de sangre y trozos de carne mutilada.
Las maldiciones del dueño no dejaron a ningún familiar libre de culpa. Viendo la escena cualquiera creería que Fyodor había sido el único culpable de aquel accidente por manejar mal la pólvora y el dueño, sabiendo que tratar de curar a Fyodor le saldría más caro que comprar y adiestrar a un nuevo esclavo, supo que tendría que desmontar el caro collar explosivo y volver a arrastrar un cadáver hasta la fosa común que usaban los miembros de los bajos fondos de aquella zona de la isla para deshacerse de los problemas.
Los siguientes recuerdos de Fyodor fueron confusos. La consciencia le iba y venía de forma intermitente, dejándole únicamente fotografías muy borrosas de un entorno que nunca había visto y, como era de esperar, terminando con el pequeño dueño de la fábrica tirándole a una montaña de cadáveres en diferentes estados de descomposición, mientras un leve ruido salía de la garganta de un Fyodor que no tenía fuerzas para pedir ayuda y que, debido a los daños recibidos en los párpados y ojos, no podía parar de ver a los cadaveres.
-No te rindas, pequeño. – Fyodor no sabía cuánto tiempo había pasado en esa montaña de cadáveres, pero la voz de una mujer logró sacarle momentáneamente del letargo en el que se encontraba, viendo acercarse lo que parecía ser la borrosa figura de una monja que, cargando una gran bolsa a su espalda, bajaba la montaña de cadáveres ágilmente.
Querido lector, si alguien le hubiese dicho esta frase al joven Fyodor, lo más seguro es que hubiese recibido una mirada de advertencia que habría equivalido a un puñetazo en la cara por parte de alguien con menos sangre fría para controlar sus impulsos. Pese a eso, yo si estoy de acuerdo con esa frase y sé de buena tinta que el Fyodor adulto también lo estaría. Pero todos hemos sido jóvenes y la dureza con la que se había criado el joven lunarian hacía que viera el mundo con unos ojos completamente diferentes, aunque, afortunadamente, esta visión del mundo no duraría mucho más.
Capítulo 4: Día de suerte.
Año 12
Los años fueron pasando en aquella fabrica y Fyodor, ahora un joven de 14 años, había visto como su cuerpo y mente habían madurado en extremo debido a la dureza del entorno en el que se encontraba. Había crecido hasta alcanzar el 1,60 metros, aunque la falta de los nutrientes necesarios durante su niñez le habían dejado un cuerpo más delgado de lo normal, por no hablar de la diferencia de tamaño respecto a los Tsvetnik, lo que le hacía verse más pequeño. Por otra parte, la ausencia de sol le había provisto a su piel de un extraño tono que, junto a su extraño cuerpo y la sucia bolsa de lino que cubría su cabeza, le daba un aspecto digno de película de terror.
-¡Fyodor!¡Tu turno! - El grito del pequeño capataz, el mismo que le había recibido hace casi 8 años, se sobrepuso al ruido de la fábrica, haciendo que Fyodor guardara las herramientas en su cinturón y, tras colocar una última bala en su cajetilla correspondiente, se levantara, cargando como todos los días la pesada caja que contenía lo necesario para fabricar aquellas balas, y fuese caminando a la misma habitación que le había sido asignada al poco de llegar.
En el trayecto tuvo que esquivar a varios de sus compañeros, los cuales volvían tras haber comido y seguían tratando a Viktor de manera indiferente, como si fuese un fantasma al que no podían ver.
-Hoy tienes 4 horas y más te vale pasarlas en tu cuarto. Tenemos una visita importante que me puede abrir las puertas de los revolucionarios y no quiero que te vean. - Aclaró el pequeño capataz cuando Fyodor, tras subir los dos pisos de escaleras, paso por su lado, haciendo tintinear los materiales del interior de la caja debido al cansancio acumulado por la carga que llevaba.
-Perfecto. Esperaré allí hasta que mandes a alguien. - Respondió antes de abandonar la sala principal de la nave y adentrarse en los laberínticos pasillos que conducían a su habitación.
Unos minutos después, y con las piernas cansadas por la carga, Fyodor llegó a la puerta de su habitación, pudiendo abrirla con sólo apoyar sus grandes alas sobre ella debido a la falta de cerraduras. Una vez dentro y tras cerrar la puerta con el las alas, Fyodor dejó la pesada carga en el suelo antes de proceder a estirar los agarrotados músculos y tirarse en el sucio colchón que era su cama y que ocupaba casi enteramente aquella pequeña habitación, iluminada únicamente por los agujeros en el techo que dejaban pasar unos pocos rayos de luz.
-Por fin... - Suspiró cansado mientras se quitaba el saco de lino de la cabeza, dejando ver su deformado rostro y un largo, enmarañado y sucio cabello que le daba un aspecto más aterrador. Aunque lo que más destacaba era el extraño collar que portaba en su cuello y que le tenía retenido en aquella nave, pese a que no tenía pensado escapar de allí.
Tras unos minutos de descanso, Fyodor se reincorporó, sentándose al borde del colchón y buscando el plato de comida que había dejado preparado por la mañana y que ya debería estar listo.
-¡Hoy tengo suerte! - Una sonrisa cruzó su monstruoso rostro mientras agarraba velozmente las tres enormes cucarachas que estaban en el interior del plato de gachas mohosas, dándose un festín sin saber el cruel destino que les esperaba y que ya había sellado Fyodor tras aplastarles la cabeza con sus dedos. - Una al bote y las otras dos al buche. - Dijo alegre antes de meterse dos de ellas, manchadas con las mohosas gachas todavía, en la boca surcada por afilados colmillos y empezar a masticar mientras agarraba una pequeña y vieja botella de metal de su cinturón y guardaba en ella la tercera cucaracha que se reunía así con otra decena de insectos muertos que había ido recolectando esa semana.
Tras ese peculiar picoteo, Fyodor procedió a agarrar dos grandes y pesadas bolsas del interior de la caja, las cuales tintinearon con un característico ruido metálico en cuanto aterrizaron en el suelo, junto a los pies del pequeño adolescente. Por último, el joven lunarian procedió a sacar con cuidado una bolsa negra, mucho más pequeña que las otras dos y repleta de polvora, dejándola con delicadeza sobre el sucio colchón antes de preparar las herramientas de su cinturón.
Durante estos casi 8 años sólo había tenido que hacer una cosa. Fyodor, siguiendo unos planos ya definidos y tras copiar el movimiento de sus compañeros, se encargaba del montaje de los diversos tipos de munición que encargaban a la fábrica. En ese tiempo había aprendido bastantes cosas sobre armas y municiones, pero lo que más le había impactado era el gusto por esas creaciones y el haber descubierto todo el potencial que tenía gracias a su particular capacidad para analizar el montaje de las balas y que, junto a unas manos que había ido entrenando durante todo ese tiempo y una vista prodigiosa, le permitía trabajar sin necesidad de ver bien lo que estaba haciendo. Por otra parte, la memoria eidetica que tenía le permitía recordar todos los diseños que se le habían presentado con solo haberlos visto y replicado una vez, lo que le convertía en uno de los esclavos más eficientes de la fábrica.
Casi 3 horas después y con toda la munición ya montada, Fyodor se había recostado sobre su mohoso colchón, jugando con una bala entre sus dedos mientras veía a las moscas revolotear por su habitación y que, al igual que las cucarachas, acabarían terminando en su estómago.
-¡Nos hemos perdido!. Te dije que no tendríamos que habernos separado de Leo. – Una infantil voz con tono de preocupación llegó a los oídos de Fyodor, que, como de costumbre, procedió a buscar la bolsa de lino para ocultar su rostro de los demás.
-Shhhhhh. El otro día escuché como Leo le advertía a padre de que había un monstruo en esta fábrica. – Replicó una voz igual de infantil pero con un tono mucho más seguro.
Esto provocó que Fyodor, cansado de todo aquello, se quedará inmóvil, guardando silencio absoluto y esperando que aquellos invitados cruzarán aquel pasillo sin abrir su puerta. Aunque la fortuna es caprichosa y, justo cuando estaban pasando por delante de la habitación de Fyodor, una ráfaga de viento abrió con violencia la puerta, mostrando a los niños la imagen de una esquelética criatura de afilados colmillos, piel oscura, rostro monstruoso, grandes alas negras y ojos rojos como la sangre mirándoles directamente al alma.
-¡AHHHHHHH! - El grito de ambos niños invadió todos los rincones de aquella desértica planta, aunque eso a un Fyodor que ya estaba acostumbrado a esas reacciones no le importaba y estaba cubriéndose de nuevo el rostro con la vieja y sucia bolsa de lino.
Segundos después de levantarse ya con la bolsa puesta y antes de que Fyodor pudiese cerrar de nuevo la puerta de su cuarto para ahogar el grito de los niños, una imponente figura apareció de la nada detrás de los dos pequeños intrusos, que seguían gritando aún más fuerte tras el movimiento de Fyodor, sin poder moverse del sitio e ignorando la aparición del nuevo sujeto que, sin advertencia previa, pateó con fuerza el estómago al joven lunarian, consiguiendo con ello que su pequeño cuerpo saliera volando hasta impactar violentamente con la pared del fondo de su habitación, rompiéndole un ala y un par de costillas en el proceso y haciendo que la bolsa de su cabeza se cayera al sucio suelo.
-Como muevas un solo músculo te pego un tiro en esa cara de mierda que tienes. – La advertencia del desconocido y el dolor que recorría todo su cuerpo consiguieron que Fyodor se quedará completamente paralizado sin saber como reaccionar, tumbado en el suelo mientras se agarraba el costado del dolor y con el rostro pegado al sucio suelo mientras un hilo de sangre le salía de la comisura de sus labios. – Ya hablaré con vosotros dos. De no ser porque me habéis hecho ganar 100.000 berries, yo mismo os encerraría con esa cosa. – Continuó, haciendo callar a los dos niños mientras se adentraba en la pequeña habitación.
-N-n he hecho nada.– Logró articular Fyodor tras haber recuperado algo de aire y con un miedo que no sentía desde que abandonó el barco de Dragov, viendo como un hombre de rostro duro, de casi 2 metros y vestido con un uniforme militar de camuflaje marron, se acercaba calmadamente.
-Entiéndeme. No puedo dejar que aterrorices a los críos de mi jefe y no te pase nada. – Respondió, echando un vistazo a la habitación y agarrando del suelo la pequeña bolsa de pólvora, donde todavía quedaba un poco de aquella volátil sustancia. – Esto es una cuestión de respeto. No es personal. – Continuó, agachándose y usando su mano libre para agarrar con fuerza el sucio cabello de Fyodor, levantándole el rostro del suelo y viendo cómo era en realidad el monstruo del que había oído hablar. – Esperadme al final del pasillo. – Sentenció con voz firme a los 2 niños mientras mantenía la mirada a un Fyodor que, debido a todo lo que había pasado en su niñez, sabía que no podía decir ni hacer nada para evitar lo que estaba a punto de suceder.
Los niños abandonaron sin decir una sola palabra la escena. Sabían de las habilidades de Leo y los motivos que habían llevado a su padre a contratar sus servicios de protección.
-No me gustan nada ni tu mirada ni tu cara... Tienes que sonreír más y ser más amable con los desconocidos. -Empezó mientras sacaba una navaja y cortaba ambas comisuras de los labios de Fyodor para dibujarle una sonrisa, ignorando los gritos de dolor y pataleo del pequeño. -Ya te he ayudado con la sonrisa, pero ahora tengo que arreglar lo del susto que le has dado a los pequeños y estaremos en paz. – Aclaró con un tono más amable mientras levantaba aún más el ahora ensangrentado rostro de Fyodor, guardando la navaja teñida de rojo antes de agarrar la bolsa de pólvora de Fyodor, usando sus dientes para abrirla. - Te aconsejo que cierres la boca. – Continuó el guardaespaldas antes de verter el poco contenido de pólvora que quedaba sobre la cara de Fyodor, dejando mayor cantidad en la zona de la nariz.
Lo siguiente que vio Fyodor fue un fogonazo de luz seguido de un dolor indescriptible que, instantes después, desvaneció la consciencia del joven Lunarian de cara completamente desfigurada y que yacía en el suelo completamente inmóvil. Su verdugo, por otro lado, abandonaba tranquilamente la escena del crimen, sin remordimientos y dejando la vacía bolsa de pólvora encima del cuerpo de Fyodor.
Casi tres horas después, con Fyodor completamente inconsciente, el pequeño dueño de la fábrica paso a buscarle, encontrándose aquella macabra escena y viendo cómo su mejor trabajador ahora yacía casi sin vida sobre un charco de sangre y trozos de carne mutilada.
Las maldiciones del dueño no dejaron a ningún familiar libre de culpa. Viendo la escena cualquiera creería que Fyodor había sido el único culpable de aquel accidente por manejar mal la pólvora y el dueño, sabiendo que tratar de curar a Fyodor le saldría más caro que comprar y adiestrar a un nuevo esclavo, supo que tendría que desmontar el caro collar explosivo y volver a arrastrar un cadáver hasta la fosa común que usaban los miembros de los bajos fondos de aquella zona de la isla para deshacerse de los problemas.
Los siguientes recuerdos de Fyodor fueron confusos. La consciencia le iba y venía de forma intermitente, dejándole únicamente fotografías muy borrosas de un entorno que nunca había visto y, como era de esperar, terminando con el pequeño dueño de la fábrica tirándole a una montaña de cadáveres en diferentes estados de descomposición, mientras un leve ruido salía de la garganta de un Fyodor que no tenía fuerzas para pedir ayuda y que, debido a los daños recibidos en los párpados y ojos, no podía parar de ver a los cadaveres.
-No te rindas, pequeño. – Fyodor no sabía cuánto tiempo había pasado en esa montaña de cadáveres, pero la voz de una mujer logró sacarle momentáneamente del letargo en el que se encontraba, viendo acercarse lo que parecía ser la borrosa figura de una monja que, cargando una gran bolsa a su espalda, bajaba la montaña de cadáveres ágilmente.
