22-10-2025, 12:52 PM
La explosión lo sacudió antes de que pudiera entenderla. Ubbe se quedó aturdido durante unos segundos. Un fogonazo blanco, el calor mordiendo la piel, el rugido dentro del pecho. Por instinto, su cuerpo reaccionó antes que su cabeza: los músculos se contrajeron, las piernas se flexionaron y el corazón empezó a latir como un tambor de guerra. Ya estaba a punto de saltar, de lanzarse hacia la dirección del disparo, de arrancar el arma de las manos del que había osado atacarlos y destruirlo por completo.
El barro se agrietó bajo sus pies. Todo su cuerpo temblaba de pura energía contenida. Pero antes de que su impulso se volviera acto, su compañero buccaneer se cruzó frente a él. Un muro de carne y acero. El aire caliente que había estallado a su alrededor aún zumbaba, y, sin embargo, bastó con la voz grave de su nuevo hermano para cortarlo todo.
Ubbe lo miró desde atrás, respirando por la boca, con el cuerpo aún tenso, los brazos marcados por la sangre y el barro. Por un segundo, no supo si gruñir o reír.
"¿Qué haces, melenas? Si me dejas ahora, lo parto en dos y nos ahorramos el sermón." Pensó Ubbe en sus adentros.
Pero no se movió. Solo escuchó.
Las palabras del rubio lo alcanzaban como una cuerda echada en mitad del fuego. Lo oía hablar con calma, negociar, incluso bromear… y aunque por dentro su instinto pedía venganza, algo más profundo se impuso. Confía en él. Aunque se conocian desde hacía poco, poca gente había dejado una marca tan grande en Ubbe. Quizá Kal, su antiguo mentor y compañero. De hecho, en cierta manera, este Bucaneer le recordaba a Kal, quizá por eso su instinto le decía que podia confiar en el.
En este momento su enorme compañero era el ancla, el que sabía cuándo apretar y cuándo morderse la lengua. Y si decidía que este no era el momento de matar, entonces no lo era.
Ubbe inspiró hondo, dejando que el aire húmedo le llenara los pulmones. Sentía el sabor del metal en la lengua, la sangre seca en la boca, y aun así se obligó a soltar la tensión. Bajó los hombros. Lentamente.
No apartó la vista de James ni un segundo. Su mirada era fija, felina, calculando cada pequeño movimiento del pistolero. Si el tipo llegaba a pestañear con mala intención, si movía el dedo hacia el gatillo, si respiraba más rápido de lo debido… le destrozaría el cráneo ahí mismo.
Pero no lo hizo. Se quedó detrás de Sigurd, quieto, sólido, respirando lento. Por dentro, el pensamiento se repitió como un mantra que lo mantenía firme:
"Confío en ti Sigerd. Tú llevas el timón. Pero si alguien dispara otra vez… yo seré la tormenta."
El barro se agrietó bajo sus pies. Todo su cuerpo temblaba de pura energía contenida. Pero antes de que su impulso se volviera acto, su compañero buccaneer se cruzó frente a él. Un muro de carne y acero. El aire caliente que había estallado a su alrededor aún zumbaba, y, sin embargo, bastó con la voz grave de su nuevo hermano para cortarlo todo.
Ubbe lo miró desde atrás, respirando por la boca, con el cuerpo aún tenso, los brazos marcados por la sangre y el barro. Por un segundo, no supo si gruñir o reír.
"¿Qué haces, melenas? Si me dejas ahora, lo parto en dos y nos ahorramos el sermón." Pensó Ubbe en sus adentros.
Pero no se movió. Solo escuchó.
Las palabras del rubio lo alcanzaban como una cuerda echada en mitad del fuego. Lo oía hablar con calma, negociar, incluso bromear… y aunque por dentro su instinto pedía venganza, algo más profundo se impuso. Confía en él. Aunque se conocian desde hacía poco, poca gente había dejado una marca tan grande en Ubbe. Quizá Kal, su antiguo mentor y compañero. De hecho, en cierta manera, este Bucaneer le recordaba a Kal, quizá por eso su instinto le decía que podia confiar en el.
En este momento su enorme compañero era el ancla, el que sabía cuándo apretar y cuándo morderse la lengua. Y si decidía que este no era el momento de matar, entonces no lo era.
Ubbe inspiró hondo, dejando que el aire húmedo le llenara los pulmones. Sentía el sabor del metal en la lengua, la sangre seca en la boca, y aun así se obligó a soltar la tensión. Bajó los hombros. Lentamente.
No apartó la vista de James ni un segundo. Su mirada era fija, felina, calculando cada pequeño movimiento del pistolero. Si el tipo llegaba a pestañear con mala intención, si movía el dedo hacia el gatillo, si respiraba más rápido de lo debido… le destrozaría el cráneo ahí mismo.
Pero no lo hizo. Se quedó detrás de Sigurd, quieto, sólido, respirando lento. Por dentro, el pensamiento se repitió como un mantra que lo mantenía firme:
"Confío en ti Sigerd. Tú llevas el timón. Pero si alguien dispara otra vez… yo seré la tormenta."
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