01-10-2023, 06:39 PM
Ni podía ni quería prestar atención a los cualquiera que estaban intentando hacerse los interesantes. El tío con alas de mantis y el otro que entre el pelo de la cabeza y el de la barba no se aclaraba ni él - y a saber cómo tenía el de los huevos - hacían que la atención que podía depositar en ellos fuera nimia. El marine del bigote parecía tener actitud y decisión, como si la vida le hubiera puesto las barreras que necesitaba en los momentos que necesitaba... y el otro tío musculado a su lado... para qué mentir, su silencio me atraía lo mismo que el tipo calicó con narcolepsia.
Pareciera que mi posición hubiera quedado clara al colocarme en defensa de Cipriana, y es que no iba a permitir que nada ni nadie de los presentes me quitasen el sustento de, por lo menos, un par de años a todo trapo. Era la más baja de las recompensas que tenían ocho cifras, que eran las que me interesaban, y seguramente supondría menos esfuerzo que dedicarme a capturar y/o matar a los pazguatos de las recompensas más bajas. Siempre era mejor enfrentar a una persona que a dos, por más que esas dos fueran mas débiles. Y nada me impedía dedicarme a ir a por los demás después, si me sobraba tiempo, energías y ganas... pero debía priorizar, que la avaricia rompía el saco. Por un momento pensé que ojalá estuviera aquí Juancar, mi conocido Cazarrecompensas que se transformaba en un caballo amarillo que sabía artes marciales, porque quizá entre los dos sí que podríamos intentar ir a por presas más grandes. Pero a veces la vida no es como queremos.
En ese instante, porque duró verdaderamente un instante, un ser salió del agua propinando un corte al calicó del cigarro, y deslizándose por la plataforma, haciendo que todos nos pusiésemos en guardia. Dijo algo en un momento de histeria, a tiempo que se escuchaba un fuerte golpe en un lateral y un sonido asqueroso de algo pegajoso al otro. Miré a ambas plataformas: Un monstruo enorme rojo y un chico que se... ¿recomponía de una sustancia negra?. Negué con la cabeza. Estábamos de cojones.
Frente a nosotros ahora estaba lo que pareciera ser un gyojin, completamente negro con una mirada y una cara bastante rara y desagradable, blandiendo una espada que lamía dando bastante asquete. Y antes de que pudiéramos saber siquiera quién era o qué quería de nosotros - que podía resultar obvio, pero no medió palabra - los presentes se lanzaron a su ataque.
El marine del bigote se transformó en una criatura extraña que pareciera una culebra — ¿¡Eh!? — se me escapó al verle. Ese tío me sonaba de algo. Pero no era tiempo de ponerme a hacer memoria, pues a tiempo que el marine atacaba, el machote de los músculos blandía una espada de forma ofensiva y el recién cortado apuntaba con la mano desnuda emulando que tenía una pistola. Arqueé una ceja ¿pero qué cojones?. No era momento para jugar a tonterías ni chorraditas, había que ponerse serio.Así pues, ahora era mi turno.
Atrasé el pie izquierdo, apoyándolo por completo y flanqueando mi cadera, flexionando ligeramente mis rodillas y colocando el kanabo - que hasta entonces llevaba apoyado en el hombro izquierdo - de forma vertical, sujetándolo ahora con ambas manos a en la parte más atrasada de mi postura, paralelo a mi hombro y por detrás de mi cabeza. Arrugué el ceño y apreté las cejas mientras mi espalda se hinchaba ligeramente por la postura y por la tensión de los músculos, mientras miraba fijamente al hombre pez y buscaba el momento y la apertura perfecta para realizar movimientos útiles en una contienda desorganizada en la que cada uno estaba haciendo la guerra por su lado.
— Sparking... — dije con voz ronca, tamborileando con los dedos de la diestra en el mango del kanabo, fijo como una estatua. Inmóvil como una torre.
Pareciera que mi posición hubiera quedado clara al colocarme en defensa de Cipriana, y es que no iba a permitir que nada ni nadie de los presentes me quitasen el sustento de, por lo menos, un par de años a todo trapo. Era la más baja de las recompensas que tenían ocho cifras, que eran las que me interesaban, y seguramente supondría menos esfuerzo que dedicarme a capturar y/o matar a los pazguatos de las recompensas más bajas. Siempre era mejor enfrentar a una persona que a dos, por más que esas dos fueran mas débiles. Y nada me impedía dedicarme a ir a por los demás después, si me sobraba tiempo, energías y ganas... pero debía priorizar, que la avaricia rompía el saco. Por un momento pensé que ojalá estuviera aquí Juancar, mi conocido Cazarrecompensas que se transformaba en un caballo amarillo que sabía artes marciales, porque quizá entre los dos sí que podríamos intentar ir a por presas más grandes. Pero a veces la vida no es como queremos.
En ese instante, porque duró verdaderamente un instante, un ser salió del agua propinando un corte al calicó del cigarro, y deslizándose por la plataforma, haciendo que todos nos pusiésemos en guardia. Dijo algo en un momento de histeria, a tiempo que se escuchaba un fuerte golpe en un lateral y un sonido asqueroso de algo pegajoso al otro. Miré a ambas plataformas: Un monstruo enorme rojo y un chico que se... ¿recomponía de una sustancia negra?. Negué con la cabeza. Estábamos de cojones.
Frente a nosotros ahora estaba lo que pareciera ser un gyojin, completamente negro con una mirada y una cara bastante rara y desagradable, blandiendo una espada que lamía dando bastante asquete. Y antes de que pudiéramos saber siquiera quién era o qué quería de nosotros - que podía resultar obvio, pero no medió palabra - los presentes se lanzaron a su ataque.
El marine del bigote se transformó en una criatura extraña que pareciera una culebra — ¿¡Eh!? — se me escapó al verle. Ese tío me sonaba de algo. Pero no era tiempo de ponerme a hacer memoria, pues a tiempo que el marine atacaba, el machote de los músculos blandía una espada de forma ofensiva y el recién cortado apuntaba con la mano desnuda emulando que tenía una pistola. Arqueé una ceja ¿pero qué cojones?. No era momento para jugar a tonterías ni chorraditas, había que ponerse serio.Así pues, ahora era mi turno.
Atrasé el pie izquierdo, apoyándolo por completo y flanqueando mi cadera, flexionando ligeramente mis rodillas y colocando el kanabo - que hasta entonces llevaba apoyado en el hombro izquierdo - de forma vertical, sujetándolo ahora con ambas manos a en la parte más atrasada de mi postura, paralelo a mi hombro y por detrás de mi cabeza. Arrugué el ceño y apreté las cejas mientras mi espalda se hinchaba ligeramente por la postura y por la tensión de los músculos, mientras miraba fijamente al hombre pez y buscaba el momento y la apertura perfecta para realizar movimientos útiles en una contienda desorganizada en la que cada uno estaba haciendo la guerra por su lado.
— Sparking... — dije con voz ronca, tamborileando con los dedos de la diestra en el mango del kanabo, fijo como una estatua. Inmóvil como una torre.
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![[Imagen: mz3XEoL.png]](https://i.imgur.com/mz3XEoL.png)