10-10-2025, 10:46 PM
Asere, el aire olía a hierro, sal y desafío. Todavía tenía la garganta seca de tanto vuelo, el pecho abierto al frío que me muerde como bestia vieja, pero ahí estaba, el mar partiéndose frente a mí, seis barcos soltando monstruos de carne y acero, no tuve que oírlos para saber cuántos eran, el viento me trajo sus pisadas, su miedo, su hambre de sangre, tosí, escupí algo oscuro, y sonreí. -Coño- , pensé, -hoy el fuego me va a doler aunque no arda.-
Esa frase, coño, esa maldita frase me atravesó el pecho como lanza. No era para mí, pero igual me alcanzó, los hombres se movían en formación torpe, fusiles oxidados, antorchas chorreando aceite, gritando órdenes que se mezclaban con el rugido del mar. Yo, descalzo sobre la arena fría, sentí los latidos de la tierra como un tambor de guerra, la guadaña vibró en mi mano, ansiosa, viva. —Asere —le murmuré a la hoja — hoy vas a beber más de lo que te gusta. —
La mujer con cuerpo de montaña avanzó sin esperar, su risa quebrando el aire, mientras que el mink la siguió con esa ferocidad animal que se siente antes de que se vea, un rugido profundo que se mezcló con el viento. Yo bajé las alas y eché a andar, lento, como quien entra en un templo, porque para mí, el combate siempre fue eso, una misa. El primer golpe es la oración, la sangre el incienso, y el silencio antes del choque, eso es fe.
Cuando el primer grupo llegó corriendo hacia nosotros, sentí el tiempo hacerse pesado. Mi oído, afinado por años de peligro, me permitió distinguir cada paso en la arena, cada respiración ansiosa, cada dedo temblando sobre un gatillo vi como un chamaquito disparó. El estampido rebotó en mis costillas, y el proyectil me rozó el hombro, quemando piel, tosí y me encorvé, pero la guadaña ya estaba girando.
-Fuaaaash- El sonido del metal cortando aire es casi música, corté en arco, y la arena se levantó como humo, no maté a nadie, no aún, pero la hoja chocó con fuerza suficiente para partir el mango de un fusil y mandar a su dueño al suelo. Mi brazo vibró hasta el codo, y la tos volvió, dura, como si el frío me recordara que sigo viejo. La mujer montaña rugió una carcajada a mi lado, partiendo en dos a un hombre que había intentado sorprenderla, y el mink coño, el mink se movía como si el suelo no lo tocara, sus garras eran relámpagos.
Levanté la guadaña otra vez, esta vez a dos manos. El filo silbó, y la sangre saltó como un recuerdo rojo, me moví por instinto, guiado por el olfato, sudor, pólvora, miedo, oh el miedo siempre huele igual. Apreté la mandíbula, di un paso atrás, y abrí las alas, apenas un poco, lo suficiente para que la brisa me levantara medio palmo y desde arriba, vi los demás grupos acercándose desde los barcos, antorchas en alto, reflejos en el agua.
—Coño, asere —murmuré, alzando la guadaña al cielo gris —El fuego todavía no se prende, ¡pero el volcán no está muerto! — El primer hombre que intentó clavarme la bayoneta se encontró con mi rodilla en el pecho. Oí el crujido, y sin dejarlo caer, giré el mango del arma y lo barrí con la hoja, mandándolo girando hacia la arena, pero no daba abasto, por cada uno que caía, tres más bajaban de los barcos.
Vi el brillo de los cañones en las cubiertas, las mechas encendiéndose, los capitanes gritando órdenes. La mujer rugió algo que se pareció a un nombre, y el estruendo del primer cañonazo nos partió el cielo, la arena explotó a pocos metros, lluvia de fuego y metralla cayendo sobre nosotros. Yo solo tuve tiempo de cubrirme con las alas, y la guadaña firmemente plantada en la tierra, el olor a pólvora me llenó el pecho, y con él, el recuerdo de mi tribu, del volcán, del fuego —Asere, si me toca morir, que sea caliente —susurré.
Esa frase, coño, esa maldita frase me atravesó el pecho como lanza. No era para mí, pero igual me alcanzó, los hombres se movían en formación torpe, fusiles oxidados, antorchas chorreando aceite, gritando órdenes que se mezclaban con el rugido del mar. Yo, descalzo sobre la arena fría, sentí los latidos de la tierra como un tambor de guerra, la guadaña vibró en mi mano, ansiosa, viva. —Asere —le murmuré a la hoja — hoy vas a beber más de lo que te gusta. —
La mujer con cuerpo de montaña avanzó sin esperar, su risa quebrando el aire, mientras que el mink la siguió con esa ferocidad animal que se siente antes de que se vea, un rugido profundo que se mezcló con el viento. Yo bajé las alas y eché a andar, lento, como quien entra en un templo, porque para mí, el combate siempre fue eso, una misa. El primer golpe es la oración, la sangre el incienso, y el silencio antes del choque, eso es fe.
Cuando el primer grupo llegó corriendo hacia nosotros, sentí el tiempo hacerse pesado. Mi oído, afinado por años de peligro, me permitió distinguir cada paso en la arena, cada respiración ansiosa, cada dedo temblando sobre un gatillo vi como un chamaquito disparó. El estampido rebotó en mis costillas, y el proyectil me rozó el hombro, quemando piel, tosí y me encorvé, pero la guadaña ya estaba girando.
-Fuaaaash- El sonido del metal cortando aire es casi música, corté en arco, y la arena se levantó como humo, no maté a nadie, no aún, pero la hoja chocó con fuerza suficiente para partir el mango de un fusil y mandar a su dueño al suelo. Mi brazo vibró hasta el codo, y la tos volvió, dura, como si el frío me recordara que sigo viejo. La mujer montaña rugió una carcajada a mi lado, partiendo en dos a un hombre que había intentado sorprenderla, y el mink coño, el mink se movía como si el suelo no lo tocara, sus garras eran relámpagos.
Levanté la guadaña otra vez, esta vez a dos manos. El filo silbó, y la sangre saltó como un recuerdo rojo, me moví por instinto, guiado por el olfato, sudor, pólvora, miedo, oh el miedo siempre huele igual. Apreté la mandíbula, di un paso atrás, y abrí las alas, apenas un poco, lo suficiente para que la brisa me levantara medio palmo y desde arriba, vi los demás grupos acercándose desde los barcos, antorchas en alto, reflejos en el agua.
—Coño, asere —murmuré, alzando la guadaña al cielo gris —El fuego todavía no se prende, ¡pero el volcán no está muerto! — El primer hombre que intentó clavarme la bayoneta se encontró con mi rodilla en el pecho. Oí el crujido, y sin dejarlo caer, giré el mango del arma y lo barrí con la hoja, mandándolo girando hacia la arena, pero no daba abasto, por cada uno que caía, tres más bajaban de los barcos.
Vi el brillo de los cañones en las cubiertas, las mechas encendiéndose, los capitanes gritando órdenes. La mujer rugió algo que se pareció a un nombre, y el estruendo del primer cañonazo nos partió el cielo, la arena explotó a pocos metros, lluvia de fuego y metralla cayendo sobre nosotros. Yo solo tuve tiempo de cubrirme con las alas, y la guadaña firmemente plantada en la tierra, el olor a pólvora me llenó el pecho, y con él, el recuerdo de mi tribu, del volcán, del fuego —Asere, si me toca morir, que sea caliente —susurré.
