El inicio de la travesía [Presente Absoluto, Viaje entre islas]
#4
Suspirando y dejando escapar algo de vaho, Stroud dejó el compás y las cartas de navegación sobre la mesa por un instante, y volvió a subir las escalerillas a cubierta, situándose tras la barandilla del navío y apoyándose sobre la madera a medio helar. Desde allí, vio que se le había olvidado cargar algo más importante que sus propias pertenencias: los víveres que había encargado, que lo esperaban a un lado del barco. Bajó en un abrir y cerrar de ojos, y, en un sorprendente ejercicio de levantamiento de potencia, recogió los dos pequeños barriles, ambos marcados con el símbolo de la Marina: uno, lleno de carne salada y galletas marineras, y el otro, de ron. A bordo tenían, claro, una pequeña provisión de agua potable, pero no duraría mucho en buen estado. Apenas se había despedido formalmente de nadie, más que de sus superiores, a quienes había informado que partiría hacia Cabos Gemelos (con una parada por el camino, claro) a más tardar, y quienes habían dado por finalizado su período de instrucción y servicio en Roshwan. En aquella isla helada, había pasado de soldado raso a casi contramaestre, por lo que podía darse por contento. Sujetando ambos barriles, y justo cuando se disponía a volver a subir, observó cómo a lo lejos, entrecerrando los ojos por algunos instantes, una silueta familiar se aproximaba por el puerto, parándose a charlar con un chico sentado sobre un barril. Kibai era reconocible a leguas. Se preguntó en silencio qué hablaría con aquel muchacho mientras volvía a la bodega a depositar las provisiones y a poner algunas cosas en marcha. Ya solo faltaba Bertram, y debían partir pronto; lo mejor sería estar listo.

Absorto como estaba en el análisis de sus mapas, se sorprendió cuando Kibai entró en la lúgubre bodega de la goleta, alzando ambas cejas. Hizo el saludo militar, esbozando una sonrisa hacia el mink. "Bienvenido a bordo, soldado," saludó con amabilidad, aun con su invariable y característico tono seco. Stroud afirmó ante las palabras de Kibai. "Bueno, habrá que ver cómo aguanta. Tengo mis dudas. Es un buen barco, pero una travesía hasta el Cabos Gemelos no es cualquier cosa," musitó, trazando un recorrido con su dedo índice sobre la superficie de uno de los mapas náuticos, mientras parecía hacer algún cálculo mentalmente. "No parece que nos vayamos a encontrar ninguna tormenta," afirmó, alzando la vista y dando un par de toquecitos sobre el cristal del barómetro de la bodega, "no en nuestro trayecto a Isla del Kárate. Y si nos encontramos alguna, hacedme el favor de quitarme el carné de navegante," dijo, en un raro alarde de ironía. Lo cierto era que su formación como navegante era rudimentaria, sí, pero suficiente como para navegar por mares como aquellos sin demasiados problemas. Era consciente, sin embargo, de que pronto le sería indispensable ampliar sus conocimientos teóricos, si quería estar a la altura, y más si se dirigían al cementerio de piratas. Su división y, por ende, la Marina, contaban con él. Abrió un pequeño estuche, tal vez la posesión más preciada que había traído consigo, y extrajo una regla paralela, un transportador náutico sencillo y un sextante, apoyándolos todos ordenadamente sobre la superficie de madera, junto a los mapas náuticos. La ruta ya estaba preparada, pero más le valía tener todo a mano, listo para cualquier cálculo improvisado.

Repentinamente, tanto él como Kibai notaron cómo la goleta se hundía ligeramente hacia un lado, como si un peso monstruoso se hubiera apoyado repentinamente sobre el navío. "¡Demonios! ¿Qué ha sido eso?," exclamó, algo alarmado. El joven Redgrave sujetó sus valiosos artefactos, asegurándose de que no rodasen y se cayesen al suelo de la bodega, para luego salir disparado por las escaleras a ver qué había ocurrido. Al emerger, lo entendió todo, viendo la dichosa mascota de Bertram. "Vamos a tener que mantenerlo más bien en el centro de gravedad del barco, o nos va a fastidiar la navegación," afirmó, rascándose la cabeza y acercándose a saludar al pelirrojo con el gesto militar apropiado. "Buenos días, Bertram, estamos listos para partir," dijo, mientras el joven Gaufrid se sentaba en babor. "Por cierto, ¡tendríamos que ponerle nombre al navío! Da mala suerte ir en un barco sin nombre, dicen," afirmó.

"¡Bien, muchachos! ¡Todos a bordo, zarpamos hacia Isla del Kárate! ¡Arriad las velas!," declamó a la tripulación con su invariable tono, subiendo las escalerillas tras las que se encontraba el timón del navío. Colocó sus manos sobre el mismo, sintiendo la madera congelada, y recorrió las vetas, notando cómo el hielo se fundía al tacto. El viento del norte soplaba constante, tal y como había previsto en sus cálculos, inflando las velas. Comenzó a girar el timón, no sin cierto esfuerzo, debido a su estado de semicongelación, y la vela mayor se extendió con un golpe seco de la tela, alzando el enorme emblema azul de la Marina. El barco apenas tardó unos segundos en comenzar a moverse, y toda la tripulación pudo sentir el viento del mar, frío y limpio, rasgando su piel. El barco salía del puerto, la travesía había comenzado.


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RE: El inicio de la travesía [Presente Absoluto, Viaje entre islas] - por Stroud Nanashi - 10-10-2025, 09:27 PM

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