09-10-2025, 11:21 PM
(Última modificación: 10-10-2025, 12:27 PM por Stroud Nanashi.
Razón: Añadir off
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[Reino de Roshwan.
Inicio del viaje a Isla del Kárate,
Inicio del viaje a Isla del Kárate,
día 19 de otoño del año 16]
Bajo el cielo gris pálido del amanecer, el joven Stroud Redgrave llegó al puerto de Roshwan, en las mismas cercanías de Pushkin, la ciudad que lo había alojado durante los últimos meses. El sonido de su bostezo fue ahogado por los constantes graznidos de las gaviotas, que volaban sobre los muelles, chillando entre los mástiles de los barcos pesqueros y los tejados de los almacenes de la zona. Por una vez, no nevaba; sin embargo, el suelo aún estaba cubierto por un manto bastante uniforme de nieve sucia de un par de días atrás. El ambiente estaba impregnado de un olor penetrante a sal, alquitrán y pescado, mezclado con el humo de los altos hornos. Sonaban martillos y herramientas aquí y allá, como una orquesta desacompasada, pertenecientes a los carpinteros que revisaban cascos y remendaban tablones. A lo lejos, repicaba una campana portuaria de cuando en cuando, anunciando la partida o la llegada de nuevas embarcaciones.
El joven rubio, por una vez, llevaba puesto su abrigo de la Marina, más por una cuestión de uniforme y protocolo que de necesidad. Sentía que era su deber dar debida despedida a la isla de Roshwan, que lo había visto crecer como Marine durante sus primeros meses en el cuerpo, así como iniciar adecuadamente su travesía hacia mares desconocidos. Durante los días anteriores, tanto él como, suponía, el resto de la División 84 habían recibido órdenes urgentes de arriba, del tipo que uno ni se plantea cuestionar: debían poner en orden sus asuntos y partir inmediatamente hacia el Grand Line. Después de una llamada de Den Den Mushi con Bertram, habían acordado que el protocolo consistiría en viajar primeramente a la Isla del Kárate, donde Bertram, Kibai y él mismo recogerían rápidamente a uno de los más recientes miembros de la división, Moja. Solo entonces, la División al completo partiría hacia el Reino de Samba, donde recibirían más instrucciones y partirían hacia los Cabos Gemelos. No tenía ni idea de qué hacía Moja en un lugar como aquel, pero las órdenes eran las que eran, y, naturalmente, dejar a un miembro de la 84 atrás simplemente no era una opción.
Por todas partes circulaban carretillas cargadas de cajas y barriles, chirriando por los tablones húmedos del embarcadero. Habían tenido suerte: el oleaje era suave, rozando suavemente contra los navíos allí atracados, provocando crujidos en la madera y el metal. Había poco hielo, no como otras veces, que chapoteaba contra el muelle. Las condiciones, pese a lo que hubiera imaginado apenas unos días atrás, eran bastante óptimas para iniciar una travesía como aquella, o esa impresión le daba. Se había entrenado para ejercer como navegante de la División, así que más le valía ir con los ojos bien abiertos. Caminó por el lugar, cargando al hombro una bolsa de tela con sus escasas pertenencias, en busca de la goleta en que viajarían durante los próximos días. Repentinamente, se dio de bruces con el navío: casco pintado de blanco y azul, reluciente bajo la escarcha, y el emblema de la Marina pintado en la vela principal, agitada por el viento. Subió a bordo, la pasarela rechinando al subir a bordo. Olía a madera tratada con aceite y cuerda nueva; el navío estaba en perfecto estado de revista. Las velas crujían al tensarse.
Parecía haber sido el primero en llegar, por lo que, esperando al resto de la División, bajó hasta la bodega, dejando su bolsa en un rincón y colgando su abrigo del perchero. La estancia era simple, escasamente decorada, pero serviría para lo importante: guardar sus pertenencias y darles un sitio cubierto en el que dormir: nada que no hubieran hecho mil veces durante su formación. Recorrió la pared de madera con las manos, notando el barniz fresco y sintiendo el oleaje a escasa distancia. Encendió una de las lámparas de aceite y observó los instrumentos náuticos colgados a un lado de la bodega, prestando especial atención al barómetro clavado en la pared, con el mercurio bajando. De su mochila extrajo una pequeña carpeta, en la que había guardado algunas cartas de navegación, mapas y diagramas por doquier, que extendió sobre la única mesa del lugar, más bien parecida a una barra de bar situada a un lado de la bodega. Examinó los documentos, efectuando algunos cálculos rápidos entre las islas. De vez en cuando, volvía su mirada hacia el barómetro, asegurándose de que los resultados siguiesen siendo aceptables. Al cabo de unos minutos, suspiró, asintiendo con la cabeza y colocando el compás con cuidado junto a uno de los mapas. Su intuición no le fallaba: el momento parecía propicio para embarcarse en una nueva aventura. En cuanto sus compañeros estuviesen listos, partirían hacia la Isla del Kárate.
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