[Pasado] Cien ritmos de soledad
#1
Día 5 de verano, Año 16

Me había acostumbrado al clima de Samba. El calor ya no me golpeaba como el primer día que llegué. A menos, claro, que nos remontemos a la selva Anozama, ese lugar tenía su propio sol y su propio infierno húmedo. Quitando eso, el aire de Samba era distinto: lleno de vida, de risas y de música que obligaba al cuerpo a moverse aunque uno no quisiera. Era como si el mismo reino latiera al compás de un tambor invisible. No existía el silencio allí. En todo el tiempo que llevaba, no recordaba un solo segundo de calma. Todo era caótico, vivo, desordenado… y, pese a todo, increíblemente hermoso. Podría haberme quedado a vivir si no fuera porque la quietud también tiene su encanto.

Avancé entre las piernas de la multitud, esquivando tobillos como si fueran pilares de un templo que solo yo podía ver. No era fácil: cada paso torpe era un riesgo, cada salto una aventura. Las risas estridentes de los niños se mezclaban con los acordes de guitarras y tambores, con las voces de vendedores que intentaban imponerse al bullicio. Olía a fruta madura, a cuero, a sudor, a azúcar. A vida. Entre aquel mare magnum de colores y sonidos, un olor familiar me hizo detenerme: naranjas. «Legalmente» podría haber comprado una, pero lo cierto es que era mucho más divertido aprovechar mis dotes enanas. Me escabullí entre la gente y los puestos, y tomé la más pequeña de todas, brillante como un sol en miniatura. La hice rodar con los pies, como si estuviera en un número de circo, hasta que cayó al suelo. Se había chafado un poco por un lado, pero aún servía. Me refugié bajo un tenderete y la pelé con cuidado.

El sabor ácido me hizo fruncir la nariz, pero no pude evitar sonreír. Me encantaba el gusto de la naranja… aunque detestaba cómo el jugo se empeñaba en pegarse a las manos. Mientras comía, escuchaba el murmullo constante del mercado, los gritos, las canciones, las conversaciones entremezcladas en un idioma que era casi ritmo.

Cuando terminé, me limpié las manos en un trozo de tela vieja y seguí mi camino hasta toparme con el Centro de Danza de Samba. Era un edificio colorido, lleno de cintas, flores y adornos, con un aire de fiesta permanente. Desde fuera ya se oían risas, pasos y palmadas al compás de la música. Pude imaginar las danzas que ocurrían dentro: cuerpos que giraban, pies que golpeaban el suelo con precisión y alegría.

Entré, movida por la curiosidad. El aire olía a humanidad (así lo llamaba yo): una mezcla de sudor, perfume y movimiento. Tuve que esquivar a varios niños que corrían de un lado a otro como si su objetivo fuera atropellarme. Nunca había sentido la muerte tan cerca. Un sonido agudo y desafinado cortó de pronto el ambiente, haciéndome fruncir el ceño. Seguí el ruido hasta llegar a una sala lateral donde una mujer trataba de tocar la flauta. Tratar era la palabra clave. Aquello debía de rozar la tortura auditiva— Válgame Dios… —murmuré, horrorizada.

Decidí seguir explorando, buscando algo que mereciera más la pena. Y entonces la encontré: una danza distinta, más elegante, más contenida. Desde el umbral, observé a las parejas girando, con pasos que eran un equilibrio entre la fuerza y la delicadeza. Algunos tropezaban, otros parecían volar. Me quedé allí, fascinada. El ruido del mundo desapareció un poco, y por primera vez desde que llegué a Samba, tuve la sensación de que el caos podía tener ritmo.
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[Pasado] Cien ritmos de soledad - por Alana Sahiba - 06-10-2025, 11:00 AM

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