[T1, Autonarrada] Aullidos en el viento
#1
Dia 5 de Otoño, año 16



Desde luego, Roshwan no era el destino que uno escogería para pasar las vacaciones, se dijo Kibai mientras dejaba caer su macuto para limpiarse la nieve de la gorra y los hombros. Frotándose las manos vigorosamente, cargó de nuevo la bolsa, ajustándola sobre los hombros. Unos de los oficiales de la base le había pedido ir a recoger un cargamento de clavos, tuercas y demás utilería a un comerciante local, cosa que al mink no le molestaba, al fin y al cabo era un recluta recién llegado a la base, aunque hubiese preferido algo que no le hicese parecer un sonajero a cada paso que daba. El comerciante no era lo que se dijese muy formal, y la mayoría de los bienes iban envueltos descuidadamente en papel, lo que provocaba que entrechocasen a cada paso que daba. Por añadidura, algunas de las cosas ni siquiera estaban listas para recoger, de modo que Kibai, que había salido pasada la media tarde del cuartel, calculaba que llegaría de vuelta tras la puesta de sol. 

"Por suerte esta noche no hay luna llena" pensó Kibai. "No me gustaría que esa fuese la primera impresión que tuviesen los mandos de mi, aún no al menos"

Al poco rato de salir del establecimiento del artesano, mientras caminaba al lado de un campo de cultivo cercado por una valla de madera, Kibai escuchó unos gritos procedentes de uno de los edificios anexos al mismo, una gran estructura de madera que aquellos humanos llamaban graneros. Mirando a ambos lados y sin ver a nadie más, Kibai se ajustó mejor la bolsa, superó la valla de un salto y se dirigió a paso ligero hacia el edificio.

Nada más llegar, un intenso olor a sangre animal le asaltó. En el interior, al menos media docena de ovejas yacían muertas en el suelo, con marcas de garras y mordiscos en el cuerpo. Junto a los cadáveres, una mujer humana de edad avanzada se lamentaba en alto, siendo abrazada por una joven de pelo castaño que lloraba amargamente a su vez, mientras un hombre con uniforme de alguacil procuraba calmarlas.

"La tercera vez este mes, ¡maldita sea! ¿Como voy a arreglármelas ahora?"

"Abuela, no nos queda otra, he ahorrado algo de dinero este último año" le contestó la joven frotándose la nariz con el dorso de la mano. "Esos dos hombres que se anuncian en el mercado han cazado a esas fieras antes, sus precios son caros, si, pero se asegurarán que esto no vuelva a pasar."

"Es lo mejor que puede hacer, señora" corroboró el alguacil. "La noche está cayendo y el frío aumenta, es inútil intentar una búsqueda ahora, tendrá que confiar en ellos."

Kibai, paralizado en la puerta, no quitaba los ojos de los cadáveres del ganado. Aunque había aprendido a tolerar que los humanos consumiesen animales con pelaje, eso y verlos muertos delante de él eran dos cosas muy distintas. Tratando de calmarse, golpeó con los nudillos tres veces en una de las columnas del granero. Los tres humanos del interior soltaron un respingo y se volvieron casi al unísono.

El mink levantó ambas manos en un gesto pacífico.

"Lo siento, no pretendía asustarles" 

Acto seguido, recordando el protocolo, dejó caer el macuto con un sonoro tintineo metálico a un lado y se estiró, haciendo un cortés saludo militar.

"Soldado Kibai, de la Marina ¿necesitan ayuda?"

El aguacil se acercó, con más curiosidad que impresión.

"No, tranquilo, solamente otro ataque de lobos al ganado. Ultimamente se han multiplicado, pero es algo que pasa todos los años. Esas bestias están hambrientas y el ganado es un bocado demasiado apetecible, me temo."

"¿No han probado a que alguien vigile a los animales?" preguntó Kibai. Para su sorpesa aquella pregunta desencadenó una nueva oleadad de lágrimas por parte de la joven. El alguacil la miró con lástima, antes de girarse de nuevo hacia el mink.

"El hermano de la chica se ofreció a dormir con el ganado, por si acaso. Ha desaparecido y hay sangre en el montón de paja donde se había tumbado" susurró el hombre. "Creo que es posible que se lo hayan llevado los lobos, a veces arrastran con ellos  presas para dar de comer a sus cachorros. Formaría una patrulla para ir a buscarlo pero, honestamente creo que es inútil y entre la oscuridad y el frío estaríamos dando palos de ciego."

Kibai notó como el pelaje se le erizaba y las garras amenazaban con salir.

"Da aviso al cuartel de la Marina. Creo que puedo moverme en la oscuridad algo mejor que vosotros. Si me dejáis examinar donde durmió puede que consiga rastrearlo. Pero lleva antes a esta gente a casa, no quiero que vean como huelo la sangre de su hermano"

El alguacil asintió y tras hablar brevemente con las dos mujeres, ambas parecieron asentir y se dirigieron hacia una de las casas cercanas. La joven no dijo nada, pero Kibai notó sus ojos en su espalda mientras se quedaba solo en el granero.
Una vez escuchó el sonido de la puerta al cerrarse, entró rapidamente al interior del granero. No se le habia escapado que aunque las ovejas estaban muertas por obra de un animal, ninguna estaba muy mordisqueada, no faltaban patas, ni habían arrancado mucha carne. Casi como si solamente quisiesen matarlas...

La zona donde había estado acostado el muchacho era un montón de paja que aún guardaba la forma. Una pequeña mancha de sangre machaba el suelo, al lado de una manta de lana gruesa que el chico habría usado a buen seguro para taparse. Kibai dio gracias, pues la lana retenía excelentemente el olor del chico, y la sangre también. Con ello en mente, salió de nuevo al exterior, dónde localizó un rastro de huellas, casi totalmente borradas a causa de la nieve que seguía cayendo, las cuales partían hacia el bosque. Le extrañó ver en un primer lugar marcas de huellas humanas entre ellas, pero lo achacó a una primera inspección del alguacil. Calándose mejor la gorra sobre los ojos, emprendió la marcha hacia la línea de árboles que cerraba el horizonte.




Tras aproximadamente una hora de marcha, con el sol ya totalmente oculto, Kibai empezó a perder la esperanza. La nieve seguía cayendo y hacía rato que las huellas se habían esfumado. El olor del chico no era facil de distinguir, cosa que no le cuadraba para nada, pues lo normal es que se hubiese resistido más, lo que habría dejado ramas rotas, sangre de heridas u otro rastro que seguir. Pero no había nada, como si se lo hubiese tragado la tierra.

Mientras se disponía a volver por donde había venido y a presentar sus disculpas a la familia del muchacho, sus orejas se alzaron cuando un aullido lastimero llegó transportado por el viento hasta donde estaba. Kibai lo ditinguió perfectamente, era un lobo, aunque no sonaba precisamente bien. Era un aullido propio de un animal herido o asustado. Con presteza, giró sobre sus talones y se internó de nuevo en el bosque.

Tras unos minutos, un olor nuevo llegó a su nariz, humo, a todas luces procedente de una hoguera, así como el aroma de algo cocinándose a la brasa. Frunciendo el ceño, Kibai aguzó el oído, poniendo atención en no pisar ninguna rama ni hojas caídas para avanzar más discretamente en aquella dirección. Al poco rato, un leve sonido de risas comenzó a llegar hasta él, y leves destello de luz se reflejaban en los árboles cercanos. Todos los indicios conducían a un pequeño claro en el centro de un círculo de grandes pinos. El mink se agachó, avanzando casi apoyando garras y pies para parapetarse detrás de unos arbustos, en una posición que le permitió observar la escena.

Dos hombres parecían discutir con ellos en el claro, mientras que un tercero vigilaba un trozo de carne que estaba sobre la hoguera, dandole la vuelta de vez en cuando para evitar que se quemase. Al otro lado, una jaula contenía a un lobo, bastante joven, que se agazapaba contra el extremo más alejado de la portezuela. Y apoyado la pared de la jaula estaba un joven humano de no más de doce años, con las manos atadas a la espalda y una mordaza en la boca.

Apretando los dientes, Kibai se disponía a saltar al claro, pero se obligó a esperar, escuchando la conversación.

"Te aseguro que el chico puede ser útil, si conseguimos que colabore, ganaremos el doble en futuros negocios, entre cobrar por protección del ganado, y por entregar al lobo"

"Mira, ya te he dicho que no me fío, nos ha visto la cara. Yo digo que lo quitemos de en medio, y aquí no ha pasado nada"

"Chicos, chicos... No tenéis visión de futuro." intervino el que estaba en la hoguera mientras daba la vuelta al trozo de carne. "Es más sencillo aceptar encontrar a las fieras, les entregamos al cachorro, y de paso que tendremos que caputar a otro para el siguiente asalto, usamos al chico como cebo para los lobos. Así el cuerpo estará medio devorado, y nosotros habremos hecho lo posible."

Los ojos del niño comenzaban a llenarse de lágrimas y pugnaba por soltarse. A su lado, el joven lobo hizo un intento de empujar la jaula, pero fue recibido con un trozo de brasa ardiente que el hombre de la hoguera le arrojó de una patada.

"Tranquila, bestia, ya te llegará tu turno."

Kibai no pudo soportarlo más. Respirando hondo, agarró el pomo de Raimei y se adentró en el claro.

"Creo que ya habéis hecho bastante mal por esta noche, panda de malnacidos."

Los tres hombres se volvieron de un salto hacia él. Kibi observó como sus ojos iban rapidamente de su uniforme antes de mirarse entre ellos. Sin embargo, al ver que no aparecía nadie más, uno de ellos se echó a reír.

"Ja, mira por donde, tenemos que entregar un lobo muerto, y ya ni tenemos que buscar a otro para llevarlo a la siguiente granja."

Otro echó mano a un grueso garrote de madera, a la vez que sonreía malévolamente mientras apuntaba a Kibai con él.

"Si, aunque tendremos que domesticarlo primero, parece que le gusta faltar al respeto demasiado a la ligera"

Kibai mantuvo el semblante impasible, mientras recorría lentamente la distancia que le separaba de los tres rufianes, describiendo un leve círculo para situar la hoguera entre el grupo y él. El mink señaló a un batuburrillo de objetos, entre los que asomaba un rolo de cuerda.

"Ahí tenéis suficiente cuerda para los tres. Deponed las armas y ataos los pies unos a los otros. Nadie tiene por qué salir herido. Ya se ha derramado suficiente sangre por esta noche."

El hombre que había estado sentado en la hoguera le dirigió una mirada perpleja. Acto seguido, desclavó el espetón de hierro del trozo de carne que había estado asando y contempló la afilada punta de hierro.

"Y por qué exactamente deberíamos hacerlo, Marine?. Está claro que estás aquí solo, asi que lo único que tenemos que hacer es darte una paliza de muerte, y después dejar que las bestias del bosque te devoren. No me suenas de nada, ni llevas ningún galón de rango, así que serás uno de esos aspirante a adalid de la justicia que vienen y se van antes de que nadie los guarde en su memoria. En una semana, nadie te se acordará de ti, y podremos seguir con nuestra prolífica labor."

Con un suave gesto, Kibai extendió las garras.

"Os lo he avisado. En nombre de la Marina, quedáis arrestados por estafa, asalto, y secuestro."

Uno de los hombres dio un paso atrás al ver las garras del mink, pero rapidamente se recompuso, y los tres comenzaron a moverse para rodear la hoguera.

"Somos tres contra uno, bestia. No tienes nada que hacer."

Kibai notó como una sonrisa se le escapaba entre los labios, mientras soltaba los enganches de su capa.

"Si, tienes toda la razón, sois tres. Pero estamos en el bosque, hay una tormenta de nieve... y la noche puede ser muy oscura."

Con un movimiento rápido, Kibai sujetó la capa con ambas manos y pateó un montón de nieve hacia la hoguera, convirtiendo las llamas en un montón de brasas siseantes. Acto seguido se lanzó hacia delante cubriendo las brasas con su capa para sofocarlas de todo antes de pegar un salto hacia dónde los hombres habían estado antes de comenzar a moverse.

Con satisfacción, escuchó una sarta de maldiciones de los tres rufianes, que intentaban a tientas orientarse. En apenas unos segundos, los ojos de Kibai se habían adaptado lo suficiente para ver en la noche. Lanzándose hacia delante, golpeó con la base metálica de la vaina de Raimei a uno de los hombres en la nuca, el cual se desplomó con un quejido. Al oírlo , los otro dos movieron sus armas hacia su dirección, no acertando en Kibai por centímetros. El mink recogió el garrote de madera y golpeó con el a otro de los hombres, pero su víctima se dobló sin llegar a caer, y el tercero aprovechó para lanzar una estocada con el espetón, dejando un largo arañazo en su muslo derecho. 

Pocas veces había olido su propia sangre, y aunque el dolor le asaltó momentaneamente, un torrente de adrenalina lo sustituyó con rapidez. Kibai clavó las garras en el pecho del segundo atacante y lo elevó en el aire antes de estrellarle contra el suelo. El hombre soltó un quejido y no se movió más.

El último de sus rivales, empuñando el espetón de hierro lo movia a ambos lados, tratando de ubicarse mientras se dirigía hacia el sonido de las brasas, seguramente con intención de reavivarlas para obtener un mínimo de luz. Sin embargo Kibai no pensaba permitírselo. Cuando finalmente llegó hasta la hoguera y sacó la capa de las brasas para alumbrar la escena, el mink ya estaba encima de él. Con un firme golpe envió el espetón volando fuera del alcance de su adversario, que se quedó mirandole de frente, súbitamente consciente de su situación.

"Tú... Pero... ¿Cómo...?"

Kibai le clavó la mirada con una sonrisa cansada antes de estrellar el garrote contra su sien izquierda, dejándolo sin sentido. 

"Ni que fuese humano."

Una vez hubo atado a los tres rufianes de pies y manos, Kibai reavivó el fuego y desató al chico, que cayó de rodillas llorando a lágrima tendida. Tras abrigarlo con una de las capas del botín de aquellos hombres, Kibai le ordenó que esperase un momento, antes de abrir la jaula del lobo, que, tras despedirse con un extraño movimiento de cabeza que parecía de agradecimiento, se perdió en la noche.

Kibai agarró el extremo de la cuerda que ataba a los tres hombres y sonrió al chico.

"Bueno, creo que es hora de que los dos volvamos a tu casa. Tu hermana estaba muy preocupada, y yo tengo unos clavos que entregar que llegan muy, muy tarde."
[Imagen: gvCFAP2.png]


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[T1, Autonarrada] Aullidos en el viento - por Kibai - 03-10-2025, 10:31 PM

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