03-10-2025, 12:52 PM
El traslado por la cordillera hasta el faro nos llevó cerca de una hora. El calor de Mystoria, que ya era sofocante en condiciones normales, se había intensificado considerablemente por el incendio cercano. Sentí cómo el sudor empapaba mi uniforme antes siquiera de haber recorrido 200 metros. Mis branquias se contraían involuntariamente, buscando humedad en un aire que se volvía más seco y cargado de ceniza con cada paso. Luego de llegar al faro inicie el descenso a pie por el sendero serpenteante. Durante la marcha, iba bebiendo las ultimas gotas de agua de mi cantimplora. El líquido estaba tibio, casi caliente, pero mi cuerpo lo agradeció de todas formas. Continué el descenso, notando cómo el paisaje cambiaba gradualmente. Las rocas grises y áridas de la zona alta daban paso a una base más oscura y arcillosa. Mis botas se hundían ligeramente en el terreno con cada paso, señal de que la composición del suelo era diferente aquí abajo.
Pasados 45 minutos desde que dejamos a Joe, la visibilidad comenzó a deteriorarse. El humo negro y denso se acercaba hacia nosotros en oleadas, obligándome a cubrirme la boca y nariz con parte de mi uniforme. Mis ojos ardían por la irritación, y tuve que parpadear constantemente para mantener la vista clara. Luego de una hora exacta llegamos finalmente al faro. Parecía que algún tipo de ser había ido al encuentro de Joe quien se había quedado atrás, pero nosotros teníamos otros problemas por resolver La escena que encontré me golpeó con fuerza. La trompa del elefante, que apenas ayer había visto cubierta de vegetación densa y verde, ahora era un páramo carbonizado. Las llamas avanzaban implacables hacia la cordillera donde se alzaba el faro blanco, consumiendo todo a su paso. Me posicioné en el borde de la linde y miré hacia abajo. A 50 metros por debajo de nuestra posición, pude ver algo que inmediatamente captó mi atención. Riachuelos de agua que fluían hacia el mar. La base arcillosa de la cordillera estaba filtrando agua, probablemente de alguna fuente subterránea o de los lagos cercanos.
“Ahí está nuestra ventaja” – exclamé, señalando los riachuelos a mis compañeros.
El viento soplaba con fuerza, trayendo consigo olas de calor que me recordaban al vapor del volcán donde habíamos conseguido la piedra fuego. Pero esto era diferente. Este calor era más extenso, más invasivo, y venía acompañado del humo que dificultaba cada respiración. Evalué rápidamente la situación. El fuego se encontraba aproximadamente a 300 metros del faro y avanzaba a un ritmo constante. Por la velocidad a la que se movían las llamas, calculé que tendríamos tal vez un par de horas antes de que alcanzara la estructura del faro. Pero no podíamos esperar tanto. Una vez que las llamas llegaran a la base arcillosa, el calor podría desestabilizar toda la cordillera. Bajé corriendo los 50 metros que nos separaban de los riachuelos y, tras llegar al primer riachuelo, metí las manos en el agua.
Cerré los ojos y me concentré. El Gyojin Karate no era solo sobre golpear con fuerza, era sobre manipular el agua misma. Coloqué ambas manos en el riachuelo y sentí el flujo del líquido bajo mis palmas. Con un movimiento como si estuviera entrenando las técnicas de este arte, intenté dirigir el agua hacia arriba, hacia donde las llamas se acercaban. El primer intento fue modesto. Conseguí levantar aproximadamente 20 litros de agua a una altura de 5 metros antes de que cayera de vuelta. No era suficiente. Necesitaba más volumen, más altura, más control.
“Karl, Apolo”– les llamé sin dejar de concentrarme en el agua – “déjenme en esta zona e intentare mover el agua lo más que pueda.”
Volví a intentarlo, esta vez con una técnica diferente. En lugar de intentar levantar el agua directamente, intenté crear una corriente que la impulsara hacia arriba usando la pendiente natural de la cordillera. Esta vez los litros de agua fluyeron hacia arriba formando un arco que alcanzó 8 metros de altura antes de caer sobre una sección del terreno que aún no había sido alcanzada por las llamas. El siseo del agua al tocar la tierra caliente fue inmediato. Vapor blanco se elevó del suelo, contrastando con el humo negro de las llamas. No era mucho, pero era un comienzo. Respiré profundo, ignorando el ardor en mi garganta por el humo. Esto iba a requerir mucho trabajo coordinado entre los tres. Miré hacia el horizonte. El fuego seguía avanzando, implacable y hambriento. El faro se alzaba detrás de nosotros, blanco y estoico, esperando ser defendido. Las piedras elementales que habíamos conseguido con tanto esfuerzo no servirían de nada si ese edificio se quemaba. Ajusté mi postura sobre el terreno arcilloso, planté mis pies firmemente, y coloqué mis manos sobre el siguiente riachuelo. El calor del ambiente me golpeaba la espalda, el sudor corría por mi rostro, y cada respiración era un esfuerzo consciente.
Pero éramos la División 9, y no íbamos a dejar que este fuego nos detuviera.
Pasados 45 minutos desde que dejamos a Joe, la visibilidad comenzó a deteriorarse. El humo negro y denso se acercaba hacia nosotros en oleadas, obligándome a cubrirme la boca y nariz con parte de mi uniforme. Mis ojos ardían por la irritación, y tuve que parpadear constantemente para mantener la vista clara. Luego de una hora exacta llegamos finalmente al faro. Parecía que algún tipo de ser había ido al encuentro de Joe quien se había quedado atrás, pero nosotros teníamos otros problemas por resolver La escena que encontré me golpeó con fuerza. La trompa del elefante, que apenas ayer había visto cubierta de vegetación densa y verde, ahora era un páramo carbonizado. Las llamas avanzaban implacables hacia la cordillera donde se alzaba el faro blanco, consumiendo todo a su paso. Me posicioné en el borde de la linde y miré hacia abajo. A 50 metros por debajo de nuestra posición, pude ver algo que inmediatamente captó mi atención. Riachuelos de agua que fluían hacia el mar. La base arcillosa de la cordillera estaba filtrando agua, probablemente de alguna fuente subterránea o de los lagos cercanos.
“Ahí está nuestra ventaja” – exclamé, señalando los riachuelos a mis compañeros.
El viento soplaba con fuerza, trayendo consigo olas de calor que me recordaban al vapor del volcán donde habíamos conseguido la piedra fuego. Pero esto era diferente. Este calor era más extenso, más invasivo, y venía acompañado del humo que dificultaba cada respiración. Evalué rápidamente la situación. El fuego se encontraba aproximadamente a 300 metros del faro y avanzaba a un ritmo constante. Por la velocidad a la que se movían las llamas, calculé que tendríamos tal vez un par de horas antes de que alcanzara la estructura del faro. Pero no podíamos esperar tanto. Una vez que las llamas llegaran a la base arcillosa, el calor podría desestabilizar toda la cordillera. Bajé corriendo los 50 metros que nos separaban de los riachuelos y, tras llegar al primer riachuelo, metí las manos en el agua.
Cerré los ojos y me concentré. El Gyojin Karate no era solo sobre golpear con fuerza, era sobre manipular el agua misma. Coloqué ambas manos en el riachuelo y sentí el flujo del líquido bajo mis palmas. Con un movimiento como si estuviera entrenando las técnicas de este arte, intenté dirigir el agua hacia arriba, hacia donde las llamas se acercaban. El primer intento fue modesto. Conseguí levantar aproximadamente 20 litros de agua a una altura de 5 metros antes de que cayera de vuelta. No era suficiente. Necesitaba más volumen, más altura, más control.
“Karl, Apolo”– les llamé sin dejar de concentrarme en el agua – “déjenme en esta zona e intentare mover el agua lo más que pueda.”
Volví a intentarlo, esta vez con una técnica diferente. En lugar de intentar levantar el agua directamente, intenté crear una corriente que la impulsara hacia arriba usando la pendiente natural de la cordillera. Esta vez los litros de agua fluyeron hacia arriba formando un arco que alcanzó 8 metros de altura antes de caer sobre una sección del terreno que aún no había sido alcanzada por las llamas. El siseo del agua al tocar la tierra caliente fue inmediato. Vapor blanco se elevó del suelo, contrastando con el humo negro de las llamas. No era mucho, pero era un comienzo. Respiré profundo, ignorando el ardor en mi garganta por el humo. Esto iba a requerir mucho trabajo coordinado entre los tres. Miré hacia el horizonte. El fuego seguía avanzando, implacable y hambriento. El faro se alzaba detrás de nosotros, blanco y estoico, esperando ser defendido. Las piedras elementales que habíamos conseguido con tanto esfuerzo no servirían de nada si ese edificio se quemaba. Ajusté mi postura sobre el terreno arcilloso, planté mis pies firmemente, y coloqué mis manos sobre el siguiente riachuelo. El calor del ambiente me golpeaba la espalda, el sudor corría por mi rostro, y cada respiración era un esfuerzo consciente.
Pero éramos la División 9, y no íbamos a dejar que este fuego nos detuviera.
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Belico
Gastos
Atributos
Inventario

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