02-10-2025, 10:02 PM
Moja tomó la carta con gesto sobrio. No pronunció palabra, simplemente asintió mientras la guardaba en la chaqueta, como si aquel sobre fuese un tesoro que debía proteger. La mirada felina del mink se cruzó un instante con la de Bertram, captando de inmediato la tensión en el joven pelirrojo. La firmeza en sus ojos rojos… no era un gesto en vano.
Y entonces lo escuchó.
El bosque, que hasta ese momento había sido un mar de sonidos tranquilos, ramas moviéndose por el viento, pájaros escondidos en las copas, insectos ocultos en la hierba, empezó a revelar un compás distinto. Pasos torpes, demasiado pesados, demasiado cercanos. Las ramas crujían con brusquedad, los arbustos se agitaban sin el cuidado propio de un cazador. De pronto, entre los troncos, comenzaron a asomar figuras. Hombres armados con machetes oxidados, lanzas improvisadas, algún viejo mosquete. Sus ropas eran harapos remendados, las caras cubiertas de mugre y cicatrices. Se movían como lobos hambrientos, cerrando el círculo alrededor de los dos marines.
Moja no se inmutó. Su respiración siguió siendo calmada, pero su cola golpeó el aire de un lado a otro, marcando el compás de la tensión. Un claro, rodeados, en inferioridad numérica. Pero… no son soldados. Son bandidos. Esto no es una batalla, es una caza mal planeada. Moja no desenfundó arma alguna. Dio un paso al frente, sus ojos dorados brillando como brasas encendidas. Sentía el cosquilleo eléctrico de la adrenalina recorrerle el cuerpo, esa sensación que tantas veces lo había acompañado en combates pasados: el instante en que el peligro se convertía en certeza.
Uno de los bandidos, un hombre con barba enmarañada y una navaja curva, lanzó la primera amenaza:
-¡Dejad lo que tengáis y quizás os dejemos salir vivos!-
Moja lo miró fijamente, sin responder. Avanzó dos pasos más, hasta quedar en medio del claro. El silencio fue aplastante. Los bandidos dudaron por un instante, pero el líder gritó una orden, y la horda cargó con gritos desordenados.
Fue entonces cuando Moja se movió.
Su cuerpo explotó en velocidad felina. El primero que se abalanzó recibió un zarpazo en el pecho que lo lanzó contra el suelo. El segundo, que blandía una lanza, apenas alcanzó a ver un destello negro antes de que su arma se partiera en dos y su cuerpo rodara entre las hojas. Cada golpe de Moja era rápido, certero, devastador. No había furia ciega en su estilo: era un baile disciplinado, calculado, como si cada enemigo fuese solo un obstáculo más en su ruta. El claro se llenó de polvo, gritos y el sonido metálico de armas cayendo. Moja, firme en el centro, no mostraba miedo ni ira; solo la convicción fría de un marine que sabía que aquella emboscada sería la perdición de sus atacantes.
La batalla acababa de empezar.
Y entonces lo escuchó.
El bosque, que hasta ese momento había sido un mar de sonidos tranquilos, ramas moviéndose por el viento, pájaros escondidos en las copas, insectos ocultos en la hierba, empezó a revelar un compás distinto. Pasos torpes, demasiado pesados, demasiado cercanos. Las ramas crujían con brusquedad, los arbustos se agitaban sin el cuidado propio de un cazador. De pronto, entre los troncos, comenzaron a asomar figuras. Hombres armados con machetes oxidados, lanzas improvisadas, algún viejo mosquete. Sus ropas eran harapos remendados, las caras cubiertas de mugre y cicatrices. Se movían como lobos hambrientos, cerrando el círculo alrededor de los dos marines.
Moja no se inmutó. Su respiración siguió siendo calmada, pero su cola golpeó el aire de un lado a otro, marcando el compás de la tensión. Un claro, rodeados, en inferioridad numérica. Pero… no son soldados. Son bandidos. Esto no es una batalla, es una caza mal planeada. Moja no desenfundó arma alguna. Dio un paso al frente, sus ojos dorados brillando como brasas encendidas. Sentía el cosquilleo eléctrico de la adrenalina recorrerle el cuerpo, esa sensación que tantas veces lo había acompañado en combates pasados: el instante en que el peligro se convertía en certeza.
Uno de los bandidos, un hombre con barba enmarañada y una navaja curva, lanzó la primera amenaza:
-¡Dejad lo que tengáis y quizás os dejemos salir vivos!-
Moja lo miró fijamente, sin responder. Avanzó dos pasos más, hasta quedar en medio del claro. El silencio fue aplastante. Los bandidos dudaron por un instante, pero el líder gritó una orden, y la horda cargó con gritos desordenados.
Fue entonces cuando Moja se movió.
Su cuerpo explotó en velocidad felina. El primero que se abalanzó recibió un zarpazo en el pecho que lo lanzó contra el suelo. El segundo, que blandía una lanza, apenas alcanzó a ver un destello negro antes de que su arma se partiera en dos y su cuerpo rodara entre las hojas. Cada golpe de Moja era rápido, certero, devastador. No había furia ciega en su estilo: era un baile disciplinado, calculado, como si cada enemigo fuese solo un obstáculo más en su ruta. El claro se llenó de polvo, gritos y el sonido metálico de armas cayendo. Moja, firme en el centro, no mostraba miedo ni ira; solo la convicción fría de un marine que sabía que aquella emboscada sería la perdición de sus atacantes.
La batalla acababa de empezar.
*Pienso* -Hablo- Narro
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