29-09-2025, 09:36 PM
(Última modificación: 29-09-2025, 09:51 PM por Stroud Nanashi.)
La puerta de la taberna se abrió de sopetón, una súbita corriente de aire frío abriéndose camino en la estancia. Una enorme figura entró en el lugar, la madera oscura y gastada crujiendo bajo sus botas, que traían consigo un poco de nieve del exterior. El Marine que acababa de entrar parecía llegado de una playa tropical, carente de cualquier ropa de abrigo, ataviado como únicamente se podía en los días más cálidos del verano. Escasamente iluminado por las lámparas de aceite, que generaban un haz amarillento y sombras largas, Stroud Redgrave se retiró la gorra, por una cuestión de educación, y exhaló algo de vaho. El lugar no estaba mal, para ser Pushkin; era mejor que la mayoría de tugurios de aquella ciudad.
Algunas caras se giraron, examinando al joven, pero no demasiadas; no había demasiada clientela, y, para la poca que había, no era demasiado raro ver entrar a un Marine. Un par de pescadores discutían en voz alta sobre el precio del bacalao en el mercado, y el robusto tabernero limpiaba vasos con un paño. En una esquina, un músico solitario rasgaba suavemente un acordeón, llenando los silencios incómodos (o molestando, según se viese). Crunch Anchor no era ningún local de mala muerte para maleantes y criminales, o, al menos, no más que otros lugares. Más bien, era un negocio humilde, de un par de décadas de vida, que se había convertido en una pequeña institución para los trabajadores de aquella zona de la ciudad. Dada su distancia del cuartel, además, no resultaba extraño que algunos Marines parasen por allí de vez en cuando a calentarse en el frío invernal.
El humo del tabaco barato creaba una neblina tenue, iluminada por el fuego que crepitaba en la enorme chimenea central, constantemente alimentada con madera nueva; si en algo no escatimaban en Roshwan, era en mantener los lugares calientes. Stroud pidió al tabernero una jarra de hidromiel, y se sentó a la distancia justa como para que el calor del hogar no lo abrumase, en una pequeña mesa pegada a la pared. Sus agudos ojos oscuros recorrieron en lugar a un ritmo más calmado del habitual, analizando a los presentes con la tranquilidad de quien intuye que no hay nada que temer. Se detuvieron brevemente en el tablón de anuncios que descansaba tras la barra, sobre el que se agolpaban carteles, papeles y "se buscas" de todo tipo.
La camarera, de un carácter marcadamente seco y distante, no tardó en traerle una jarra escarchada de hidromiel fría que hizo retumbar la mesa. Stroud musitó un "gracias" y dio un trago, acomodándose en el taburete, por supuesto, ligeramente cojo. Reflexionó, inmerso en sus pensamientos, sobre cómo los compañeros iban y venían en aquel oficio. Por mucho que todos se conociesen en el cuartel, y más en uno tan relativamente pequeño como el de Roshwan, siempre había una porción de reclutas que iban, y otros que venían. Cada mes, una o dos habitaciones se vaciaban y volvían a llenar con reclutas frescos. Soldados que eran destinados a otras islas, o que morían, o incluso que abandonaban el cuerpo tras un período frío y exigente en Roshwan.
Algunas caras se giraron, examinando al joven, pero no demasiadas; no había demasiada clientela, y, para la poca que había, no era demasiado raro ver entrar a un Marine. Un par de pescadores discutían en voz alta sobre el precio del bacalao en el mercado, y el robusto tabernero limpiaba vasos con un paño. En una esquina, un músico solitario rasgaba suavemente un acordeón, llenando los silencios incómodos (o molestando, según se viese). Crunch Anchor no era ningún local de mala muerte para maleantes y criminales, o, al menos, no más que otros lugares. Más bien, era un negocio humilde, de un par de décadas de vida, que se había convertido en una pequeña institución para los trabajadores de aquella zona de la ciudad. Dada su distancia del cuartel, además, no resultaba extraño que algunos Marines parasen por allí de vez en cuando a calentarse en el frío invernal.
El humo del tabaco barato creaba una neblina tenue, iluminada por el fuego que crepitaba en la enorme chimenea central, constantemente alimentada con madera nueva; si en algo no escatimaban en Roshwan, era en mantener los lugares calientes. Stroud pidió al tabernero una jarra de hidromiel, y se sentó a la distancia justa como para que el calor del hogar no lo abrumase, en una pequeña mesa pegada a la pared. Sus agudos ojos oscuros recorrieron en lugar a un ritmo más calmado del habitual, analizando a los presentes con la tranquilidad de quien intuye que no hay nada que temer. Se detuvieron brevemente en el tablón de anuncios que descansaba tras la barra, sobre el que se agolpaban carteles, papeles y "se buscas" de todo tipo.
La camarera, de un carácter marcadamente seco y distante, no tardó en traerle una jarra escarchada de hidromiel fría que hizo retumbar la mesa. Stroud musitó un "gracias" y dio un trago, acomodándose en el taburete, por supuesto, ligeramente cojo. Reflexionó, inmerso en sus pensamientos, sobre cómo los compañeros iban y venían en aquel oficio. Por mucho que todos se conociesen en el cuartel, y más en uno tan relativamente pequeño como el de Roshwan, siempre había una porción de reclutas que iban, y otros que venían. Cada mes, una o dos habitaciones se vaciaban y volvían a llenar con reclutas frescos. Soldados que eran destinados a otras islas, o que morían, o incluso que abandonaban el cuerpo tras un período frío y exigente en Roshwan.

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