24-09-2025, 09:56 AM
El primero en realizar su movimiento fue, como era de esperar, el líder del grupo revolucionario. El comandante apareció entre una nube de hollín negro, justo frente a los ojos de los guardias que portaban las armas de fuego. Aterrados por aquella espantosa visión de un hombre emergiendo de la oscuridad como si de un demonio se tratara, los hombres dudaron por un instante. Y un mero instante fue lo que Kageyama necesitó para desenvainar sus dos preciadas katanas, con las cuales comenzó a cortar a diestro y siniestro. Aquellos pobres guardias, quienes se encontraban allí cumpliendo con la tarea que les había sido encomendada, no tuvieron la más mínima posibilidad ante aquel hombre. Algunos se encomendaron a sus dioses, otros lamentaron no poder volver a ver a sus familias nunca más mientras la vida se escapaba de sus cuerpos. Los más afortunados, o tal vez aquellos lo suficientemente inteligentes que trataron de defenderse interponiendo sus armas entre sus cuerpos y el torbellino de dolor y muerte que tenían enfrente, lograron que las heridas recibidas no fueran fatales, aunque eso no les permitió seguir peleando. En un abrir y cerrar de ojos aquella nube de hollín y muerte se disipó, quedando en pie una única persona. Un hombre grande y corpulento, con pelo negro algo cano y portando una katana en cada mano. El hombre comenzó a caminar hacia el final del pasillo, sin siquiera mirar atrás, confiando plenamente en las capacidades de su subordinado, dejando a su paso un reguero de gotas de sangre.
Mientras aquel peligroso hombre seguía caminando por el empedrado suelo, los otros guardias del pasillo se giraron. Algunos se horrorizaron al ver la facilidad pasmosa con la que sus compañeros habían mordido el polvo, mientras a otros les hervía la sangre. Y no era para menos, pues un desconocido no sólo había decidido irrumpir en aquel lugar si no que iba sembrando la muerte a su paso. Por la cabeza de algunos de aquellos hombres que se encontraban en el pasillo pasó la idea de rendirse y pedir clemencia. Suplicar por sus vidas y pedir a aquellos asaltantes que les permitieran volver a casa con sus familias. Pero la visión de sus compañeros que yacían en el suelo les hizo dudar de que aquella opción fuera a ser fructuosa. Aquel mar de dudas desapareció cuando los primeros guardias arremetieron no contra aquel misterioso y peligroso hombre, si no contra el enorme gigante que parecía ser su compañero, quien se mantenía inmóvil frente a la enorme puerta que daba acceso al arsenal. Envalentonados por sus compañeros y con la firme creencia de que aquella era su mejor baza para sobrevivir a aquello, cargaron contra la pierna izquierda del gigante, dispuestos a darlo todo en aquel movimiento.
Al girar a mano derecha al final del pasillo, dejando a su espalda aquella gran puerta de metal, Kisuke pudo ver a unos escasos cinco metros lo que parecía una puerta de madera, abierta. Aquel umbral daba a lo que parecía una gran sala de descanso, de treinta metros por treinta metros. En esta había numerosas mesas y sillas, así como algunas hamacas en la parte más alejada, además de una puerta en la mitad de la pared de la izquierda. Sobre algunas de las mesas había comidas y bebidas a medio terminar, mientras que en otras había cartas y pequeñas cantidades de dinero, las cuales eran indicativo de que los guardias que había junto a estas habían estado jugando. Los hombres que se encontraban en aquella sala, quienes estaban disfrutando de un merecido descanso en mitad de su larga jornada laboral, se habían visto interrumpidos por la irrupción de los rebeldes, habiéndose llegado a levantar de sus sillas y hamacas algunos de ellos, algo confusos. Aquella reacción se propagó al escuchar los sonidos provenientes de la pelea del pasillo - No cabe duda, ese es... - dijo uno de los hombres, señalando al revolucionario - ¡Avisad al capitán de que un comandante de la Revolución nos está atacando! - advirtió a sus compañeros más alejados. Aquellas palabras sirvieron también para que los más dubitativos se terminaran de levantar de sus sillas y se prepararan para combatir al líder revolucionario. Aquellos guardias se formaron en dos grupos, siendo el más cercano de cincuenta personas y el más alejado de cuarenta. Uno de los hombres más alejados fue el encargado de dar la voz de alarma, llamando con no uno si no dos den den mushi a la vez, contactando simultáneamente con el castillo y con sus compañeros en la otra sala - Avisad al Sir Capitán de que necesitamos refuerzos ¡El revolucionario Kisuke Kageyama nos está atacando! - advirtió el hombre - No conocemos sus intenciones ni si está acompañado
Antes siquiera de que la frase concluyera, un chirrido alertó al hombre de pelo negro de que la puerta que se encontraba a su espalda había comenzado a abrirse. Si el espadachín se giraba, podría ver a su espalda otra sala, más grande todavía que la que tenía enfrente, la cual estaba repleta de cañones, municiones y pólvora. De ella comenzaron a salir más de un centenar de guardias que se agruparon en una estrecha formación. Los guardias, quienes desconocían por completo que el úrsido mink les acechaba desde el subsuelo, habían optado por tratar de emboscar al comandante revolucionario, quien se encontraba diez metros por delante de ellos.
Mientras aquel peligroso hombre seguía caminando por el empedrado suelo, los otros guardias del pasillo se giraron. Algunos se horrorizaron al ver la facilidad pasmosa con la que sus compañeros habían mordido el polvo, mientras a otros les hervía la sangre. Y no era para menos, pues un desconocido no sólo había decidido irrumpir en aquel lugar si no que iba sembrando la muerte a su paso. Por la cabeza de algunos de aquellos hombres que se encontraban en el pasillo pasó la idea de rendirse y pedir clemencia. Suplicar por sus vidas y pedir a aquellos asaltantes que les permitieran volver a casa con sus familias. Pero la visión de sus compañeros que yacían en el suelo les hizo dudar de que aquella opción fuera a ser fructuosa. Aquel mar de dudas desapareció cuando los primeros guardias arremetieron no contra aquel misterioso y peligroso hombre, si no contra el enorme gigante que parecía ser su compañero, quien se mantenía inmóvil frente a la enorme puerta que daba acceso al arsenal. Envalentonados por sus compañeros y con la firme creencia de que aquella era su mejor baza para sobrevivir a aquello, cargaron contra la pierna izquierda del gigante, dispuestos a darlo todo en aquel movimiento.
Al girar a mano derecha al final del pasillo, dejando a su espalda aquella gran puerta de metal, Kisuke pudo ver a unos escasos cinco metros lo que parecía una puerta de madera, abierta. Aquel umbral daba a lo que parecía una gran sala de descanso, de treinta metros por treinta metros. En esta había numerosas mesas y sillas, así como algunas hamacas en la parte más alejada, además de una puerta en la mitad de la pared de la izquierda. Sobre algunas de las mesas había comidas y bebidas a medio terminar, mientras que en otras había cartas y pequeñas cantidades de dinero, las cuales eran indicativo de que los guardias que había junto a estas habían estado jugando. Los hombres que se encontraban en aquella sala, quienes estaban disfrutando de un merecido descanso en mitad de su larga jornada laboral, se habían visto interrumpidos por la irrupción de los rebeldes, habiéndose llegado a levantar de sus sillas y hamacas algunos de ellos, algo confusos. Aquella reacción se propagó al escuchar los sonidos provenientes de la pelea del pasillo - No cabe duda, ese es... - dijo uno de los hombres, señalando al revolucionario - ¡Avisad al capitán de que un comandante de la Revolución nos está atacando! - advirtió a sus compañeros más alejados. Aquellas palabras sirvieron también para que los más dubitativos se terminaran de levantar de sus sillas y se prepararan para combatir al líder revolucionario. Aquellos guardias se formaron en dos grupos, siendo el más cercano de cincuenta personas y el más alejado de cuarenta. Uno de los hombres más alejados fue el encargado de dar la voz de alarma, llamando con no uno si no dos den den mushi a la vez, contactando simultáneamente con el castillo y con sus compañeros en la otra sala - Avisad al Sir Capitán de que necesitamos refuerzos ¡El revolucionario Kisuke Kageyama nos está atacando! - advirtió el hombre - No conocemos sus intenciones ni si está acompañado
Antes siquiera de que la frase concluyera, un chirrido alertó al hombre de pelo negro de que la puerta que se encontraba a su espalda había comenzado a abrirse. Si el espadachín se giraba, podría ver a su espalda otra sala, más grande todavía que la que tenía enfrente, la cual estaba repleta de cañones, municiones y pólvora. De ella comenzaron a salir más de un centenar de guardias que se agruparon en una estrecha formación. Los guardias, quienes desconocían por completo que el úrsido mink les acechaba desde el subsuelo, habían optado por tratar de emboscar al comandante revolucionario, quien se encontraba diez metros por delante de ellos.
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