Eternidad [Priv. Uker] [Presente relativo]
#5
—Cocinero —. Repitió la profesión en voz alta, deteniéndose en cada sílaba para memorizarlo, era más fácil eso que su nombre. De paso, miró a su supuesto compañero de tripulación, buscando un distintivo en su apariencia que le sirviera de referencia para no olvidarlo en lo que restara del día, algo que, finalmente, encontró en su cabello: mechones blancos sobresaliendo de su lóbulo frontal…sí, serían suficiente para servirle de guía. Terminó por asentir, ahora más seguro que antes. Si seguía al cocinero no tenía porque volver a perderse en el pueblo y tampoco de regreso al barco…era lo bueno de pertenecer a un grupo.

—Sí, caminemos por la sombra…aunque tampoco es que haya mucha —. A su alrededor había puestos y carpas ocupando la poca sombra que, a esa hora del día, daban los techos de las pequeñas edificaciones. Suspiró…no debió salir del barco sin un compañero…lo anotaría para recordarlo una próxima vez, debía dejar de ser tan necio; sin embargo, al menos el pelinegro canoso parecía querer ayudarlo.

Sus ojos brillaron con emoción al escucharlo, una que ni siquiera sus lentes pudieron ocultar. —¿En serio? ¿En serio vas a ayudarme? —Unió sus propias manos como si fuera a rezar y alzó su mirada para encontrar el cielo celeste, limpio, pulcro, hermoso, como si el día se alineara con su sentimiento de haber encontrado a un ángel guía que lo llevaría a donde quisiera. —¡Muchas gracias, cocinero!

Tuvo la intención de ponerse en marcha enseguida, de tomar la mano del pelinegro y dejar que lo guiara hasta donde pudieran encontrar las plantas medicinales que necesitaba, pero, fueron las propias palabras del otro hombre que lo detuvieron. Su cabeza se inclinó hacia un lado, su ceño se frunció apenas y volvió a morder su labio en el mismo sitio que antes, abriendo la herida que ya se había provocado. Se detuvo solo porque una pregunta llegó directo hacia él.

—¿Oeste? —Intentó recordar algo sobre direcciones. Intentó escuchar en su mente la voz del antiguo navegante del barco de piratas traficantes con los que estuvo viajando por años antes de venderlos a la marina, pero las palabras del viejo sonaron como grillos, incluso su rostro y sus gestos no eran más que sombras en medio de la niebla… ¿El oeste? Sus dientes volvieron a hacer de las suyas, tomando la rabia de la concentración con sus labios ya magullados hasta que una revelación llegó a su mente: —¡Es lo contrario al este!

¿Y dónde estaba el este? Era donde se escondía el sol ¿O era al revés? En cualquiera de los casos solo tendría que buscar en qué lado del cielo estaba el sol, pero… ¿De qué serviría? Alzó su cabeza, la luz del sol estaba casi en medio del cielo…no ayudaba en nada. ¿Cómo es que los navegantes podían leer el sol o incluso las estrellas? El cielo, para él, se veía igual sin importar a donde mirara.

—¿Girar mi cuerpo? Pero… —La confusión de instaló en su rostro. ¿Por qué era importante de todos modos? Si estaban en una tripulación, seguro tenían un navegante, aunque no recordaba como se viera, pero lo importante es que ese navegante no es él. —El norte está hacia donde estemos mirando, si giro mi cuerpo estaría apuntando hacia mi norte y no mi oeste —No tenía sentido, nada tenía sentido con su argumento. —, pero si insistes en que lo señale…

Levantó una de sus manos, la izquierda, para ser precisos, y señaló a una dirección cualquiera de la isla. —Supongo que el oeste debería estar a mi izquierda —. ¿Era su izquierda? Sí, debía serlo, lo recordaba porque es la mano con la que no suele escribir. —Entonces ¿Acerté? Podemos irnos ahora a buscar las plantas ¿no? De todos modos, no puedo regresar al barco sin ellas…

Quiso tomar la muñeca del cocinero para moverse del lugar, de hecho, eso hizo, ya podía el pelinegro ir hablándole en el camino, aunque…había algo mal, se supone que debía ser el otro quien guiara el camino y no él, o de lo contrario, ambos terminarían perdidos en quien sabe dónde.

Se detuvo en seco y se giró apenas para ver a su compañero. —¡Ah! Perdón…solo…quería salir del bullicio de la calle y del sol —. Al menos ahora caminaban bajo la sombra de unas carpas vacías —…pero mejor será que tu guíes el paso —. Le sonrió antes de aflojar su mano de la muñeca ajena, dejando entre ambos un silencio que hizo al pelirosa consciente de algo más: el ruido en su estómago, el hambre.

No lo había pensado mucho hasta ahora, pero ni siquiera se molestó en comer demasiado cuando salió del barco esta mañana. Chasqueó la lengua y suspiró al verse expuesto de tal manera frente al atractivo cocinero de la tripulación. Volvió a sonrojarse y a tapar la mitad inferior de su cara con una de sus manos antes de proponer algo más.

—Tal vez…tal vez antes de ir a ese mercado prefiera comer algo… ¿Te molesta si vamos a un restaurante antes? Puedo entender si tienes otras cosas que hacer y en todo caso buscaría la forma de encontrar el lugar y volver al barco por mi cuenta…ya he viajado solo antes —. Y siempre terminaba perdido y desorientado hasta que un buen samaritano lo encontraba.

Sin esperar a que el pelinegro le respondiera, giró su cabeza para ver sus alrededores, había varios locales, aunque ninguno parecía convencerlo de entrar, hasta que, diagonal a donde estaban ambos hombres y cruzando la calle, pudo ver un sitio que, dentro de todo, no parecía tan terrible: “La tortuga reina” …además, su nombre le resultaba curioso ¿Tendrían tortugas en el menú? Eso sería algo exótico y ¿No era ilegal? Bueno, cada isla tendría sus reglas y tampoco es que él fuera la mejor persona para recordar leyes.

—Vamos ahí —. Cruzó la calle sin mucho cuidado, esperando que el cocinero lo siguiera y, en un abrir y cerrar de ojos, pronto estuvieron en la entrada del local. Un olor a mariscos recibió a ambos, aunque no era algo que el médico pudiera notar, mucho menos si no se esforzaba.

Las mesas, a esa hora del día, estaban casi todas ocupadas. El bullicio de los cubiertos y vasos chocando y los murmullos incesantes del hablar de las personas, habrían sido suficientes como para que el pelirosa decidiera salir e ir a otro sitio, pero…algo o, mejor dicho, alguien, llamó su atención lo suficiente para hacerlo parar en seco.

—¡Así como lo oyen! —Un hombre, flaco y desgarbado, que tuvo que arreglar sus lentes grandes y de vidrio grueso, cuando se movió bruscamente para levantarse de su silla, habló tan alto como para que todos en el restaurante guardaran silencio y lo miraran. —¡No soy un loco! En serio, soy arqueólogo, lingüista e historiador y les aseguro a todos ustedes —Ya no hablaba solo con los de su mesa, si no con todos en el local —…que la fuente existe.

—¿Fuente? —Ladeó su cabeza, interesado en las palabras, más que nada por simple curiosidad de saber porque un hombre de ciencias hablaba como un completo lunático frente a desconocidos en un restaurante/bar. El hombre, que tan lejos no estaba de él, lo miró directamente al escucharlo, escudriñó al pelirosa con sus ojos grandes, en especial tras las gafas, y salió de su silla para acercársele, incluso pasó uno de sus brazos por sus hombros, como si lo conociera de toda la vida.

—Así es, amigo —. ¿Amigo? ¿Lo conoce? No, no creía conocerlo, alzó una ceja, dudoso del tipo de lentes. —Cualquier tesoro palidece ante lo que busco. Cuentan las leyendas y mitos que, en los mares más peligrosos del mundo, hay un archipiélago con una isla cuya flora y fauna es tan bella que incluso las más bellas flores en las que puedas pensar se avergonzarían de estar en presencia de las nativas de ese lugar. Un sitio en dónde el sol brilla con más intensidad, en donde las aguas son tan cristalinas que parecen un espejo bien pulido —Mientras hablaba, el hombre gesticulaba con la mano que no se mantenía en los hombros del médico. —y, para rematar, nada muere en esa isla, todo lo que nace y vive en ella es eternamente joven, siempre estará en su mejor momento. Las flores, una vez nacen, no se cierran, los animales, una vez llegan a su mejor condición física, no desmejoran…no hay enfermedades, ni vejez…solo…un paraíso eterno.

—¡Ya siéntate, Otto! Asustas a los clientes —. Un mesero, con las manos ocupadas por dos bandejas de comida, le habló desde el otro extremo del lugar. —Tú lo dijiste, son leyendas y nada más, nadie está tan loco para embarcarse en busca de un cuento para hacer dormir a los niños…tráele algo real a los marinos, un mapa o que se yo, algo que los convenza de viajar contigo —. El mesero dejó las bandejas de comida en una mesa llena de tipos que parecían más interesados en su próxima comida que en las palabras del supuesto historiador y, luego, se acercó hacia los recién llegados, haciendo que Otto se apartara del médico.
 
—Perdón por eso, Otto insiste en sus desvaríos de la isla de la juventud…

—¡No! Ni siquiera me dejaste terminar…no es la isla ¡Es la fuente! ¡Gracias a la fuente la isla es eterna! —El mesero movió la cabeza de lado a lado y volvió a dirigirse al pelirosa y al pelinegro.

—¿Mesa para dos?

Karmas


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RE: Eternidad [Priv. Uker] [Presente relativo] - por Hyákinthos - 21-09-2025, 11:35 PM

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