Suspiré fuertemente hacia el atardecer luego de cortar el último tronco de madera. El sudor me corría por las sienes; bajé el hacha y me arrodillé frente al árbol cortado en diagonal.
—Te agradezco… que tu madera tenga un buen uso —murmuré para mí misma hacia el árbol que acababa de talar, como había hecho con todos los demás.
Me puse de pie y comencé a caminar hacia la cabaña de mi empleador, que había quedado aparentemente mudo ante mi regreso al anochecer, tal como le había prometido, cargando las piletas sobre mis hombros.
—Sabe usted, señorita… usted pudo haber sido un muy buen hombre —me decía el anciano mientras saltaba la pila de troncos a su lado y me entregaba el dinero correspondiente a mi trabajo.
Me limité a sonreír de oreja a oreja.
—Hombres y mujeres no son muy diferentes entre sí, buen señor.
Y con ello, me despedí antes de que pudiera responderme aquella oración.
—Gracias por permitirme el trabajo. Si algún día me necesita y sigo en la isla, no dude en llamar por mi nombre, Lan Caihe —dije. Y con ello, tomando mi piel de lobo, me retiré hacia el interior del pueblo.
No me apetecía, definitivamente, pasar la noche sola, así que mi primer movimiento fue dirigirme directo al bar. El primero que vi llevaba por nombre “A pierna suelta” y no dudé ni un minuto en entrar. Con una sonrisa en el rostro y mi piel de lobo a la espalda, me senté en una de las mesas libres y esperé a que alguien me atendiera. Al levantar un brazo, uno de los meseros, ajetreado por la cantidad de personas que había, me hizo una seña, y así lo aguardé.
Mientras tanto, observé a mi alrededor y me quité la capucha con cabeza de lobo que llevaba colocada. Saqué de uno de los bolsillos una pipa y le vertí un poco de hierba; de otro bolsillo extraje un pequeño encendedor rústico que había hecho con algo de aceite, algodón, pólvora y poco más. Prendí la pipa mientras recorría con la mirada el lugar, dándome cuenta de que mi figura había atraído a más de un curioso. Pero, en principio, no reparé en ellos, sino en una especie de juego de apuestas que se desarrollaba frente a mí.
—¿¡TÚ MOVISTE LA MESA!?
—¡NO, JODER, TE DIGO QUE EL CHAVAL TIENE LOS DADOS TRUCADOS!
—¡TRUCADA ESTÁ TU HERMANA!
Y así fue como comenzó todo. Esa simple frase me hizo carcajear como nunca antes, aunque era verdad que la primera calada de hierba había hecho efecto rápidamente también. Me descojoné allí, observando todo con aquella gran carcajada, justo cuando el mesero me trajo el primer trago de cerveza.
—Se lo agradezco, buen mozo —le dije, para luego ver cómo iba corriendo a atender a otros clientes.
“Todos maleantes… aunque no somos diferentes… qué hipócrita”, pensé, mientras observaba con atención el siguiente juego y escuchaba los murmullos sobre trampas, dados trucados y comentarios malintencionados hacia el pequeño que llevaba ventaja.
De repente, todo tomó otro tono. Tuve que levantar mi tarro, pues las cosas comenzaron a volar; se estaban tirando objetos entre sí y dándose golpes con un estilo marcial propio de la isla. Mi sonrisa se ensanchó y tuve una buena idea, sin que me importara todo lo demás.
Me levanté de la silla y encaminé mis pasos hacia el pelirrojo que se encontraba recogiendo los berries, mientras el camarero intentaba calmar el ambiente y algunos otros abucheaban o aplaudían el estruendo, siendo poco probable que aquello se calmara rápido.
—¡Buenas! —dije, exhalando el humo de la calada y colocando mi tarro en la mesa, que ahora sujetaba con la mano libre—. ¿Jugamos?
Saqué de mi busto una bolsa de cuero medio llena de berries que usaba. Si lo perdía, de todas maneras hacía buen día para dormir entre los árboles o en algún cobertizo.
—Vi que tienes habilidad, ¿te animas? —pregunté, sonriéndole al niño, mostrando aquella bolsa que sin duda tal vez quisiera agregar a su fortuna.
—Te agradezco… que tu madera tenga un buen uso —murmuré para mí misma hacia el árbol que acababa de talar, como había hecho con todos los demás.
Me puse de pie y comencé a caminar hacia la cabaña de mi empleador, que había quedado aparentemente mudo ante mi regreso al anochecer, tal como le había prometido, cargando las piletas sobre mis hombros.
—Sabe usted, señorita… usted pudo haber sido un muy buen hombre —me decía el anciano mientras saltaba la pila de troncos a su lado y me entregaba el dinero correspondiente a mi trabajo.
Me limité a sonreír de oreja a oreja.
—Hombres y mujeres no son muy diferentes entre sí, buen señor.
Y con ello, me despedí antes de que pudiera responderme aquella oración.
—Gracias por permitirme el trabajo. Si algún día me necesita y sigo en la isla, no dude en llamar por mi nombre, Lan Caihe —dije. Y con ello, tomando mi piel de lobo, me retiré hacia el interior del pueblo.
No me apetecía, definitivamente, pasar la noche sola, así que mi primer movimiento fue dirigirme directo al bar. El primero que vi llevaba por nombre “A pierna suelta” y no dudé ni un minuto en entrar. Con una sonrisa en el rostro y mi piel de lobo a la espalda, me senté en una de las mesas libres y esperé a que alguien me atendiera. Al levantar un brazo, uno de los meseros, ajetreado por la cantidad de personas que había, me hizo una seña, y así lo aguardé.
Off
Mientras tanto, observé a mi alrededor y me quité la capucha con cabeza de lobo que llevaba colocada. Saqué de uno de los bolsillos una pipa y le vertí un poco de hierba; de otro bolsillo extraje un pequeño encendedor rústico que había hecho con algo de aceite, algodón, pólvora y poco más. Prendí la pipa mientras recorría con la mirada el lugar, dándome cuenta de que mi figura había atraído a más de un curioso. Pero, en principio, no reparé en ellos, sino en una especie de juego de apuestas que se desarrollaba frente a mí.
—¿¡TÚ MOVISTE LA MESA!?
—¡NO, JODER, TE DIGO QUE EL CHAVAL TIENE LOS DADOS TRUCADOS!
—¡TRUCADA ESTÁ TU HERMANA!
Y así fue como comenzó todo. Esa simple frase me hizo carcajear como nunca antes, aunque era verdad que la primera calada de hierba había hecho efecto rápidamente también. Me descojoné allí, observando todo con aquella gran carcajada, justo cuando el mesero me trajo el primer trago de cerveza.
—Se lo agradezco, buen mozo —le dije, para luego ver cómo iba corriendo a atender a otros clientes.
“Todos maleantes… aunque no somos diferentes… qué hipócrita”, pensé, mientras observaba con atención el siguiente juego y escuchaba los murmullos sobre trampas, dados trucados y comentarios malintencionados hacia el pequeño que llevaba ventaja.
De repente, todo tomó otro tono. Tuve que levantar mi tarro, pues las cosas comenzaron a volar; se estaban tirando objetos entre sí y dándose golpes con un estilo marcial propio de la isla. Mi sonrisa se ensanchó y tuve una buena idea, sin que me importara todo lo demás.
Off
Me levanté de la silla y encaminé mis pasos hacia el pelirrojo que se encontraba recogiendo los berries, mientras el camarero intentaba calmar el ambiente y algunos otros abucheaban o aplaudían el estruendo, siendo poco probable que aquello se calmara rápido.
—¡Buenas! —dije, exhalando el humo de la calada y colocando mi tarro en la mesa, que ahora sujetaba con la mano libre—. ¿Jugamos?
Saqué de mi busto una bolsa de cuero medio llena de berries que usaba. Si lo perdía, de todas maneras hacía buen día para dormir entre los árboles o en algún cobertizo.
—Vi que tienes habilidad, ¿te animas? —pregunté, sonriéndole al niño, mostrando aquella bolsa que sin duda tal vez quisiera agregar a su fortuna.
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