FIC | Pasado de Rill| Saga de Ilsia
#3
Barrio Barranca y la curandera

Barrio Barranca, en Akarui, era un escalón de piedra húmeda que trepaba desde el muelle hasta perderse entre chimeneas. Rill subió sin prisa, cuidando de no partir tablones con el peso (se notaba dónde cedían: madera gris con veta abierta). Sira iba un paso adelante, señalando con el mentón cuerdas de tender y barriles vacíos: «Ahí guardan recibos en latas de galletas; ahí, notas de la mar en frascos de vidrio». A Rill le gustaba ese orden pobre pero tozudo. Saludaba desde el dintel (no forzaba puertas bajas; era más alto que cualquier arco) y, cuando un perro ladró con desgano, dejó caer su risa para que supiera que no traía problema. El barrio olía a agua de lluvia, a cobre mojado y a pan rehecho. En un pasillo de piedra, dos niños jugaban a estampar un sello que habían tallado en patata; cada golpe dejaba un círculo cojo. «Mejor que aprendan a mirar ahora», pensó Rill, y siguió la pendiente con el kanabō en vertical, como si fuese un poste de amarre con patas.

Lise, la curandera, los recibió en un patio sin techo (un lugar que a Rill le sentaba bien) y les hizo sitio junto a una mesa de madera marcada por cuchillos (dos cortes viejos formaban una V). «Pasen, pero dejen las botas en seco», dijo, y extendió vendas limpias sobre un banco. Mostró muñecas con marcas finas y espaldas con surcos que no parecían de carga normal. «Dicen cantera», murmuró, «pero la cuerda de trabajo no deja este dibujo». Rill no afirmó ni negó; pidió permiso con calma: «¿Puedo anotar lo que veo y cómo lo cuentan?». Lise asintió. Él escribió descripciones sencillas, sin adornos: profundidad, dirección, color. Lise sacó entonces un paquete de formularios con casillas: fecha, nombre (a menudo una X), un apartado de "deuda previa" muy ancho para lo chico de los sueldos. Rill comparó firmas: en varios papeles, la misma curva dura repetida, como si hubieran usado plantilla. «Aquí cantan con la misma garganta», dijo. Lise señaló el sello: relieve nuevo, con una ranura que parecía morder el borde. «Es el sello de ahora», agregó. Rill dibujó el contorno (a la primera salió ladeado; a la segunda, mejor) y anotó materiales: "árnica" sin h, "aceite de hígado" (así, sin precisar pez), "cataplasma de sal y barro". (Escribió "árnica" sin h a propósito; al lado dejó una nota: (se escribe con h, pero conservar forma original del testimonio).

Al salir, una lluvia breve dejó la piedra como espejo sucio. Rill se detuvo a escuchar la música del barrio: cubos golpeando escalones, ventanas cerrándose despacio, voces que se conocen por el nombre. En la baranda de una escalera, un hombre mayor con un sello de lacre colgado al cuello alzó la mano: «Fui escribano, cuando todavía se estiraba bien la tinta». Se llamaba Eno. El temblor en la mano izquierda no le quitaba la precisión (en el papel, ese temblor dibujaba un rizo pequeño al final de cada firma). Abrió una caja con sellos viejos, de antes del "Recuento de Manos". «Estos eran claros», dijo, «no se confunden con la sombra». Rill comparó: el anillo exterior de los viejos era nítido; en los nuevos, la ranura estaba fuera de escuadra. «Llévese calcos», ofreció Eno. «Pero lea aquí primero». Rill tomó papel encerado, frotó con paciencia (a la primera, el calco se movió; dejó la mancha como aviso y probó de nuevo) y fue guardando tiras con números y bordes. «No saque conclusiones hoy», se dijo en voz baja. «Solo ponga en fila». Eno sonrió: «Eso es escribir de verdad: no apurar la marea». Dos vecinas se asomaron con latas de galletas; dentro, recibos enrollados con hilo de pescar. «Para leer en la plaza, si hace falta», dijeron. Rill inclinó la cabeza agradecido y pidió nombres completos (los deletreó, como hace quien respeta cada letra).

De regreso, Barrio Barranca parecía más alto (quizá por la carga de papeles en el cinturón; quizá por el peso de la confianza). En el rellano, Sira le habló al oído: «Dicen que Brench compró sellos nuevos en la isla vecina». Rill respondió sin tono: «Decir no basta; mañana preguntamos con los papeles abiertos». Le pidió a Lise que convocara a quienes quisieran mostrar marcas y recibos al sol («Que vengan con tiempo, y con agua»), y a Eno, que preparara un cuaderno foliado para actas (con hojas gruesas; no se llevan bien con la humedad, pero duran). Antes de bajar, se detuvo en una esquina donde el muro tenía cicatrices de golpes antiguos; apoyó allí el kanabō un segundo (no para asustar a nadie, solo para marcar el lugar en su memoria). «Cada barrio guarda su rumor», pensó, «y a veces el rumor vive en la piedra». Lloviznó otra vez y la tinta de una nota se corrió. (Rill sopló sin ganas; prefería ver las manchas. Le recordaban que la verdad también vive con bordes imperfectos.)

Al copiar en limpio esa tarde en la barcaza, Rill dejó un apunte de libreta. Escribió: "Patio de Lise sin techo (bien para mi altura); mesa con V de cuchillo; vendas limpias". Dibujó la ranura del sello (se torció a la izquierda; lo dejó así) y añadió: "firmas repetidas, ¿plantilla?"; "casilla “deuda previa” demasiado ancha". Notó: "Eno, temblor leve, precisión intacta"; "calcos: primera mancha (conservar)". Corrigió "Dario" a "Dario" por costumbre (otra vez se le fue la tilde; la puso después) y dudó con un apellido: "¿Garrín/Garrido?" (dejar espacio para confirmar). Añadió: "traer hilo fino para latas; pedir a Nerea cartón seco para secar recibos; preguntar por cuerdas de cáñamo vs. soga plástica (marcas distintas)". Cerró con una frase que le gustaba repetir cuando el día olía a papel mojado: "Lo que se cuenta sin apuro, aguanta el peso del muelle".
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FIC | Pasado de Rill| Saga de Ilsia - por Rill - 15-09-2025, 08:31 AM
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