[T2] ¿Por qué hay un gigante en mi cocina?
#7
Habiendo recibido permiso y órdenes directas de partir hacia el lugar de los hechos, Stroud salió del cuartel junto con el resto de su división, escuchando, como de costumbre, a sus compañeros, cuyas bocas exhalaban vaho como auténticas chimeneas en la nieve. No había necesitado armarse, sino que llevaba, como de costumbre, solo sus guantes ceñidos al cinturón. Ya se apañaría para el resto. Las calles de Pushkin, al menos las más lejanas al incidente, aún parecían medio dormidas; los tenderos iban levantando las contraventanas de sus puestos y sacudían la escarcha, y carros cargados con leña y pescados en salazón avanzaban muy despacito, como si los mismos bueyes se hubiesen acabado de levantar. Pushkin empezaba a coger ritmo para el día, como cada amanecer. Al paso de los tres Marines, algunos civiles observaban a la tropa con respeto, mientras que otros lo hacían con una cierta desconfianza. El blanco impecable de sus ropas contrastaba con los colores grises de la urbe, cubierta de nieve embarrada y hollín.

Cuanto más avanzaba su travesía, sin embargo, más barullo había en el ambiente; el suceso del gigante había sido como una piedra en un estanque, en torno al cual se iban formando círculos concéntricos de vecinos alarmados y actividad general. Cuando giraron por una calle adoquinada, un civil de manos temblorosas hizo un ademán en dirección al lugar de los hechos: "¡Es ahí! ¡El gigante está por allí, Marines!", afirmó. No hacía falta, claro. Resultaba evidente. Ya desde allí era posible escuchar el ruido proveniente del caos. Stroud, en cualquier caso, asintió con la cabeza hacia el hombre, agradeciendo el gesto, mientras continuaba caminando en silencio con la división.

Cuando llegaron al lugar, Stroud descubrió una escena, por una vez, tan pintoresca como se la habían descrito, con el gigante de aspecto bonachón y torpe agachado de mala manera en la cocina, haciendo Neptuno sabía qué. Los techos crujían y las pareces temblaban, con ollas que rodaban ocasionalmente por el pavimento del lygar. Apretó la mandíbula, analizando la situación, mientras escuchaba las órdenes de Bertram. Asintió con la cabeza ante sus palabras; el plan le sonaba bien. "Eso está hecho," se limitó a decir, ciñéndose sus guantes a las manos por lo que pudiera pasar.

Antes de nada, observó el edificio, viendo cómo se mezclaban la polvareda y el humo. Aquello podría ser peligroso, especialmente si la familia pasaba mucho tiempo en el interior. Haciendo acopio de sus lecciones de supervivencia, desgarró con mesura varios pedazos de su propia camisa blanca, y colocó con cuidado un montoncito de nieve del suelo en el interior de cada trapo (al menos, de la nieve más limpia que pudo ver a su alrededor). Permitió que la nieve se derritiese, empapando cada uno de los trapos blancos, y se los ciñó al cinturón. Podría serle útil en una situación como aquella.

Mirando a un lado y a otro, buscó un lugar por el que entrar de forma segura. Escuchó a Bertram dirigirse al gigante, ante lo cual alzó una ceja. ¿Realmente iba a ser tan sencillo persuadirlo? Si entendiese un razonamiento como aquel, no estarían en ese embrollo. Se encongió de hombros, prosiguiendo con su labor. La puerta principal no parecía el mejor sitio, parcialmente bloqueada por una viga que podría ceder en cualquier momento, y no podía esperar a que Imai la quitase de en medio; debía buscar otro acceso. Encontró un agujero en la pared que, según acertaba a adivinar, debía de haber sido una ventana hasta hacía pocos minutos. Evitando los fragmentos de cristal, y agarrándose a lo poco que quedaba del marco aún sujeto al ladrillo, se impulsó y entró en la vivienda. Entrar en un lugar como aquel resultaba enormemente bizarro: era una casa, sí, pero las paredes, el techo y el suelo habían empezado a torcerse y agrietarse, como si todo el lugar se estuviese distorsionando, como estar dentro de una caja de cartón que han empezado a apretar por los lados. Debía darse prisa.

El aire estaba cargado con un olor extraño, como de pan a medio cocer, y había un calor sofocante que se mezclaba con el aire helado que se colaba desde el exterior. Siguió el vocerío de la familia, atrapada en algún lugar del edificio. Atravesó un pasillo estrecho de paredes agrietadas, esquivando algunos estantes caídos, notando cómo cualquier sacudida del gigante hacía vibrar todo el lugar. Tras patear una puerta que estaba a medio caer de su quicio, encontró a los Korolev; la madre abrazaba a dos niños, que lloraban constantemente, y el que debía de ser el señor Korolev trataba de mantener la calma, con un brazo ligeramente ensangrentado. Los cuatro parecieron impresionados cuando Stroud hizo acto de presencia, sus ojos clavándose en su ropa blanca e identificándolo inmediatamente. El joven Marine no perdió el tiempo: "¿Podéis caminar? ¡Levantaos, tenemos que salir de aquí!" exclamó, observando a su alrededor. "¿Hay alguien más en el edificio?" inquirió, guiando a la familia a través de los escombros y el humo hacia el exterior. La harina suspendida en el aire y el humo de la cocina hacían que la respiración se fuese volviendo progresivamente más áspera, como tragar polvo. Al poco de salir de la habitación, Stroud dio a cada uno de los Korolev uno de los trapos humedecidos, dándoles indicaciones: "¡Atáoslo alrededor de la boca y la nariz, os ayudará a no respirar el humo! ¡Vamos! No os preocupéis, he venido a ayudar," afirmó, acompañando sus instrucciones de movimientos gestuales que explicaban lo que pretendía. La familia no pareció dudar y siguió sus instrucciones, cubriéndose las vías respiratorias con aquellas máscaras improvisadas.

La travesía hacia el exterior fue más tortuosa que su entrada; la situación parecía haber empeorado, al menos en aquel piso, y los niños tenían serias dificultades para superar los obstáculos. Stroud los tomó en brazos, saltando por encima de una enorme cómoda que bloqueaba el pasillo. Cuando por fin llegaron, al cabo de varios minutos, a la ventana, la pared parecía haberse vuelto aún más inestable, pero seguía pareciendo el mejor lugar de paso disponible. "¡Bien, id pasando todos! ¡Señora Korolev, pase con los niños!" ordenó, dando indicaciones. "Yo sujeto este pedazo de madera para que no ceda, no se preocupe. Usted solo saque una pierna y luego la otra... Así, bien hecho, sin miedo," la reconfortó, a medida que salía hacia el exterior. "Ahora vosotros... ¡Con cuidado! No os cortéis. ¡CON CUIDADO, HE DICHO, LECHES!" exclamó. "Y ahora usted, señor Korolev...", dijo, aunque no hizo falta. El padre de familia parecía estar en una forma física propia de un Marine, y no dudó en impulsarse por la ventana, previa carrerilla. Parecía que todos lo habían logrado. Ahora solo quedaba ayudar a Imai a lidiar con el incendio... ¿Por dónde se bajaba al sótano en aquella casa?


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RE: [T2] ¿Por qué hay un gigante en mi cocina? - por Stroud Nanashi - 11-09-2025, 05:51 PM

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