01-09-2025, 05:19 PM
Hace 5 años, Año 11
Villa Foosha siempre me había parecido un lugar seguro, pero desde aquel día en que el bosque de Dawn me marcó con cicatrices en el rostro y en el alma, comprendí que todo rincón podía esconder algo que cambiara mi destino. Pasaron los años, y en cada uno de mis entrenamientos sentía que la cicatriz en forma de cruz ardía, recordándome la promesa que me hice a mí mismo: volverme fuerte, no solo con la espada, sino también con la mente. En una de mis escapadas habituales al bosque de Dawn, con la libreta que había usado durante años, hojeé las páginas llenas de dibujos, anotaciones y mapas improvisados. Había escrito sobre animales, plantas, tipos de rocas, e incluso dejaba avisos sobre las ubicaciones de bandidos para evitar cruzarme con ellos. Pero entonces, mientras pasaba las páginas, me di cuenta de algo: había una zona en blanco. El centro del bosque.
—El corazón del Gran Bosque Dawn…, nunca he llegado allí. —pensé mientras miraba la mancha vacía en mi mapa.
La curiosidad pudo más que la prudencia. Decidí que debía estudiar esa zona como había hecho con las demás. Preparé mis cosas: lápiz, libreta, vendas, un poco de agua y mi espada de entrenamiento. El aire del bosque se volvió distinto conforme avanzaba. Cuanto más me acercaba al centro, menos animales encontraba. El silencio era casi antinatural.
De pronto, vi marcas en los árboles. Rasguños profundos. Pasé mi mano por ellos.
—No…, estas garras no son como las que he visto antes. Son enormes. —reflexioné en silencio.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Sin embargo, mi curiosidad no se apagó. Avancé hasta que encontré algo que captó mi atención: una planta extraña, distinta a cualquiera que hubiera visto en el bosque. Me agaché, abrí mi libreta y comencé a dibujarla con detalle, anotando su textura y el patrón de sus hojas. Por un momento olvidé las garras, absorto en el estudio.
Seguí mi camino y entonces lo vi: una cueva. Desde fuera, parecía común, pero lo que había dentro me dejó sin aliento. Un lobo. Pero no cualquier lobo. Era inmenso, más grande de lo que jamás había imaginado. Mis ojos se abrieron de par en par.
—Los lobos de Dawn… ¡por fin! —me dije, con el corazón acelerado. Llevaba años queriendo localizar su hábitat, y ahora lo tenía frente a mí.
Me escondí tras unos arbustos y observé. Tomé notas rápidas: “La manada obedece a un alfa. Patrón jerárquico fuerte. Cuerpos robustos, garras afiladas. Claramente los depredadores más peligrosos del bosque”.
El sol comenzaba a caer, y decidí regresar. Pero mi sentido de la orientación, siempre nefasto, me jugó una mala pasada. Me perdí en el corazón del bosque. Tratando de encontrar el camino de vuelta, escuché un ruido. Giré la cabeza y vi un jabalí, enorme, embistiendo hacia algo pequeño. Una cría de lobo.
—¡No! —grité, sin pensarlo.
Eché a correr. Mis pies se movieron antes que mi razón. Me lancé, tomé a la cría en mis brazos y salí corriendo, esquivando como pude la embestida del jabalí. El animal bufó y se fue, perdiendo interés.
Me detuve en un claro, jadeando. Coloqué a la cría en el suelo. Estaba herida, con un corte en el lomo.
—Tranquilo, tranquilo… no voy a hacerte daño —le dije, acercándome despacio.
El pequeño lobo gruñó, mostrando los dientes. Sus ojos brillaban de desconfianza.
—Por supuesto que no confía en mí… Soy un humano, además uno con una cicatriz espantosa. —
Entonces tuve una idea. Tomé una roca afilada del suelo y me hice un corte en la palma de la mano. El dolor fue inmediato, pero lo soporté. Levanté la mano para que la cría lo viera.
—Mira… yo también sangro. No soy tu enemigo. —
El lobo me observó sorprendido, como si entendiera lo que estaba haciendo. Poco a poco dejó de gruñir, aunque mantenía la desconfianza. Con mi otra mano, saqué las vendas improvisadas que llevaba en mi bolsa.
—Déjame ayudarte, pequeño. Si no curo esto, no podrás seguir. —mi voz temblaba, pero hablé con suavidad.
Me acerqué despacio, mostrándole primero cómo vendaba mi propia mano. Luego hice señas con calma indicándole que haría lo mismo con su herida. La cría, aún temblorosa, se dejó curar. Mis manos no eran las de un sanador, y mis materiales eran pocos, pero logré cubrir el corte y detener el sangrado.
—Eso es… lo lograste. —le dije, sonriendo con alivio.
El lobo bajó la cabeza, como si aceptara mi ayuda. Pero cuando intentó caminar, sus patas flaquearon. Sin pensarlo, lo tomé en brazos.
—No te preocupes. Te llevaré de vuelta a tu hogar. —Caminé en dirección a la cueva, guiándome por las marcas de garras que había visto antes. El corazón me latía fuerte, sabiendo lo que me esperaba: enfrentar a toda una manada.
Cuando me acerqué a la entrada, los lobos salieron al instante. Los gruñidos retumbaron en mis oídos. Se acercaban, mostrando los colmillos. Mi cuerpo temblaba, pero no retrocedí.
—¡Esperen! —grité, alzando la voz.— ¡Vengo en paz! —Coloqué a la cría en el suelo con cuidado. Los lobos se tensaron, a punto de saltar sobre mí.
—Solo lo traje de vuelta… estaba herido. No podía dejarlo morir. —
Mi corazón gritaba dentro de mí: —¡Van a matarme!—
Entonces, un aullido profundo cortó el aire. El resto de la manada retrocedió al instante. Desde la cueva apareció el alfa, majestuoso, con cicatrices que contaban historias de batallas antiguas. Su mirada se posó en mí, luego en la cría vendada.
Di un paso atrás, temblando, pero hablé con firmeza.
—Tu cría estaba en peligro. Solo la ayudé. —me señalé la mano herida.— Mira, lo ves. —
El alfa me observó largo rato. Su mirada era dura, pero también… sabia. Se acercó, olfateó la venda de la cría y luego la mía. Tras un instante eterno, inclinó la cabeza ligeramente. Una reverencia. El resto de los lobos bajaron las orejas, obedeciendo. La cría, antes de entrar a la cueva cargada por su alfa, me lanzó una última mirada. Una mezcla de gratitud y curiosidad. Yo respiré hondo, sintiendo que apenas había sobrevivido a algo imposible. Me di media vuelta y emprendí el regreso a casa.
