Sobre el oleaje [Pasado, Social (Individual)]
#2
Stroud se levantó del taburete, poniéndose en pie sobre la cubierta del Alba del Deber. Aún quedaba para que saliese el sol, y aún más para llegar a Roshwan, y el mar de estrellas todavía brillaba por encima del colosal South Blue. Otros Marines recién graduados, y algunos que ya llevaban años de servicio, iban de aquí para allá por el lugar; la mayoría en silencio, haciendo sus rondas de vigilancia. Su labor aquella noche, sin embargo, era más sencilla, una que iba más con su carácter calmado y atento: vigilancia desde un solo punto. No necesitaba pasearse arriba y abajo, de proa a popa y vuelta. Solo tenía que permanecer donde estaba y no dejar escapar nada, ni a bordo ni en el mar. Por distraído que pudiese parecer mientras tallaba la figurilla de madera, sus ojos no descansaban ni un segundo, y cualquier pequeño estímulo bastaba para captar su atención. Tenía, además, los instintos de un auténtico explorador; algo le decía cuándo estaban fuera de peligro y cuándo no. Sabía cuándo aparcar cualquier entretenimiento y enfocar la totalidad de su atención en sus alrededores. Según había escuchado de sus difuntos padres, esto le venía de familia, aunque él mismo no estaba muy seguro de creérselo. Quién sabe.

Se aproximó al enorme pasamanos de hierro, a medida que el sonido del oleaje parecía hacerse más intenso. Sintió la espuma en la piel, el viento pasando por sus lados como una flecha. Era curioso cómo aquellas enormes naves, con sus revestimientos de piedra marina, podían surcar aguas tan calmas a 13 o 14 nudos, incluso sin necesidad de grandes vientos ni corrientes. "¿Cómo es posible que los piratas nos lleven tanta ventaja?", se preguntó, sacudiendo la cabeza levemente. La superioridad moral de la Marina era incuestionable, pero también lo eran la militar y la tecnológica.

Cita:El cielo nocturno le traía recuerdos, siempre lo hacía. Por unos instantes, empapado por el agua del mar y el salitre, y sintiendo el viento, volvió a aquella noche de año y medio atrás, cuando solo llevaba unos meses en la Academia de South Blue. Les habían asegurado durante el día que recordarían siempre aquella velada en alta mar, y, desde luego, habían tenido razón. Todos se habían ido a dormir a los camarotes como de costumbre, como hacían siempre que tenían ejercicios en alta mar, después de una jornada agotadora limpiando, trabajando, vigilando. Aquella vez, sin embargo, el estruendo del trueno despertó a los cadetes en mitad de la noche, casi pareciendo sincronizarse con la voz del instructor: "¡A cubierta de entrenamiento, ya! ¡Todos! ¡Vamos!", les apresuraba. Stroud no tardó en prepararse, lo cual resultaba sorprendente teniendo en cuenta que siempre iba hecho un pincel y completamente equipado en todos los ejercicios. Cuando salió a cubierta, se encontró con una lluvia helada, un suelo resbaladizo y agua entrando hasta por el cuello del uniforme. Los faroles del barco se tambaleaban violentamente con el viento, proyectando sombras borrosas. Entre los aparejos, el viento silbaba como un gemido del mismo barco. A lo largo de toda la cubierta se formaban decenas de enormes charcos, en los que las botas de los apresurados cadetes salpicaban con cada paso.
"¡Todos a escalar!", ordenó el férreo instructor. "¡A los mástiles!"

Stroud no perdió el tiempo y se apresuró a ponerse en fila frente al palo mayor de la embarcación. La voz del instructor repicaba dando órdenes. Bajo las ráfagas de viento, el mástil oscilaba, cubierto de cuerdas empapadas y ásperas contra las manos. Frente a él, al cabo de apenas unos segundos, su turno llegó cuando el primer cadete cayó violentamente contra el suelo de la cubierta desde unos metros de altura, mascullando algo sobre sus costillas. El joven Redgrave asintió con la cabeza, miró a su alrededor para asegurarse de que hubiese ayuda en camino, y se aproximó al enorme mástil, y empezó a escalar, agarrándose de los cabos y los salientes en la propia madera y el acero. Un rayo iluminó brevemente la embarcación, revelando rostros tensos y decididos, y algunas siluetas que se atrevían a escalar. Sus manos resbalaban al intentar trepar, su piel se quemaba con el roce de las cuerdas mojadas. Jadeaba. Aun bajo la lluvia, sudaba. Estaba empapado en sudor. Sabía que no era lluvia. La lluvia era inapreciable. No se fijó en la sangre que empezaba a emanar de los callos que se le rompían, o no se quiso fijar. Con el frío, las manos perdían sensibilidad, pero eso era, hasta cierto punto, una ventaja. Sin embargo, debía apretar las cuerdas con todas sus fuerzas para no soltarse.

A medida que escalaba, los murmullos y comentarios de cubierta se iban ahogando, quedando más y más lejos. Stroud no tenía ni idea de cuánto había avanzado, ni de cuánto le quedaba. Antes de cada nuevo relámpago, el olor a mar mezclado con ozono lo embriagaba. No debía entretenerse. La luz de los rayos daba una ventaja crucial, por breve que fuese, al intentar maniobrar en noche cerrada: un mero flashazo era suficiente para calcular sus dos, tal vez tres, próximos movimientos. La lona del velamen, empapada y pesada, se le pegó a la cara mientras intentaba sujetarla, pero continuó. Esperó, por un instante, no mancharla demasiado de sudor y sangre. El tiempo parecía estirarse; cada segundo allí arriba parecía un minuto entero, pero Stroud sabía que no debía perder la calma ni la paciencia. Un rayo, luz, paso arriba, un nuevo cabo, el pie desliza, lo asegura, lo fija, el mástil se tambalea, equilibra. Un momento de silencio abrupto, el viento se calma por unos segundos, y entonces arrecia con más fuerza. Los antebrazos le ardían, y a su alrededor las poleas chirriaban como en una canción. La tela de la vela golpeó como un látigo.

Lo logró. Con el pulso acelerado y sintiendo como si se le fuesen a caer los brazos, logró aferrarse a la última cruceta del mástil y se situó en la cima. Observó a su alrededor, contemplando la vertiginosa vista de toda la cubierta del navío y los cadetes allá abajo, luchando contra el viento y las inclemencias del mar. El viento lo golpeaba tan fuerte en la cara que, por un segundo, pensó que lo tiraría. Otro rayo abrió los cielos, iluminando su silueta recortada contra el cielo negro. Stroud fue parte del selecto puñado de cadetes que aquella noche se ganó el aprobado en aquella prueba.
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RE: Sobre el oleaje [Pasado, Social (Individual)] - por Stroud Nanashi - 15-08-2025, 10:14 PM

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