Encuentro Predestinado - Presente Relativo
#1
El sol aún no había escalado del todo sobre el horizonte cuando Krysser ya estaba en pie. El aire de la isla del Kárate tenía un frescor particular a esas horas, una mezcla de sal marina que el viento arrastraba desde la costa y el perfume verde del bosque interior, húmedo por el rocío de la madrugada. Sus orejas captaban el zumbido distante de insectos que comenzaban su jornada, el batir de alas de algún ave tempranera y, más lejos, el rugido sordo de las olas golpeando contra las rocas. Su afinado olfato era capaz de captar aún mucho más, cada rastro de cada ser vivo del lugar, ya de sobra conocidos por el cazador felino, eran caminos que podía seguir, hilos de los cuales podía tirar en cualquier momento hasta sus presas.

Ya llevaba semanas en aquel lugar. Lo suficiente para que la tierra no se sintiera ajena bajo sus pies, para que el murmullo del bosque fuera tan familiar como su propia respiración. Los humanos de las aldeas costeras lo miraban con menos recelo que el primer día, las miradas curiosas y temerosas habían dejado paso a un reconocimiento silencioso. No porque Krysser buscara ser parte de su vida cotidiana, sino porque su presencia se había vuelto un elemento más del paisaje, como los árboles viejos o las rocas musgosas.

Esa mañana, como tantas otras, su destino era la espesura. No buscaba caza, ni entrenamiento, ni siquiera un propósito concreto. Simplemente, el bosque era parte de él, y él parte del bosque. Caminaba sin prisas, apoyando el peso en la punta de los pies, dejando que el suelo blando amortiguara sus pasos. La luz se filtraba entre las copas de los árboles en haces dorados, dibujando un mosaico cambiante sobre la tierra. El aire estaba vivo, y el olor a corteza húmeda, a hojas en descomposición, al leve dulzor de las flores silvestres que crecían a la sombra, impregnaba el ambiente.

A mitad de camino, Krysser se detuvo, no por sentir peligro alguno, sino por costumbre. Cerró los ojos y dejó que el resto de sus sentidos hicieran el trabajo. La brisa le trajo el aroma de agua dulce, el riachuelo del cual se abastecía debía de estar a menos de cien pasos. Más cerca, percibió el roce sutil de garras diminutas contra la corteza, detectando rápidamente una ardilla, trepando con una nuez en la boca. Más lejos, el graznido ronco de un cuervo interrumpía la calma. Cada sonido, cada olor, encajaba en un patrón que él conocía y entendía. 

Cuando llegó al riachuelo, se agachó sobre una roca cubierta de musgo y hundió las manos en el agua fría. Bebió un par de sorbos, dejando que la frescura le despejara el último rastro de sueño. El agua corría cristalina sobre piedras lisas, y pequeños peces plateados se deslizaban entre las sombras. Krysser los observó con atención, no por hambre, sino por simple interés. El movimiento de la corriente y la forma en que la luz jugaba sobre las escamas era un espectáculo silencioso difícil de igualar por el hombre.

Decidió seguir el cauce del agua. El riachuelo serpenteaba entre raíces retorcidas y arbustos bajos, guiándolo a través de zonas que pocos humanos pisaban, zonas tranquilas para asentarse. Un tronco caído que servía de puente natural, un claro donde la hierba crecía más alta que su cintura, un árbol milenario cuya corteza estaba marcada con viejas cicatrices de garras y de puños, marcadas después de muchos días entrenando en aquel lugar al que durante este tiempo consideró un hogar, aunque fuera temporal.

En aquel claro pequeño, se dejó caer contra el tronco de un árbol caído. Cerró los ojos un instante, escuchando. El bosque tenía su propio ritmo, uno que solo revelaba a quienes sabían escucharlo. Krysser respiró hondo. No necesitaba más confirmación, estaba en casa. No por pertenecerle, sino porque había aprendido a escucharla, a moverse con ella, a entender sus reglas.
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Encuentro Predestinado - Presente Relativo - por Krysser - 11-08-2025, 07:58 PM

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