10-08-2025, 12:02 AM
Desde tiempos inmemoriales ha formado parte del imaginario colectivo una poderosa figura. Un caballero legendario, capaz de mover, influenciar e incluso corromper en ciertos casos a cualquier hombre. Ya seas un poderoso cazador de recompensas, o el más cobarde de los piratas, todo es igual, no hay forma de escapar a su influencia. Y cuanto más cerca lo tengas y más lo conozcas más poderosa será ésta. Por ello mismo, son realmente pocos los que por una u otra razón resisten la tentación del legendario y poderoso caballero, Don Dinero.
Esta leyenda, al igual que muchas otras, era bien conocida en el Reino Mogaro, donde ciertas personas de la capital se valían de ella para su propio beneficio "Así es como funciona el mundo. Si necesitas algo solo tienes que pedirlo, y si no funciona, es tan sencillo como ir echando billetes hasta que funciona" Era una frase que se repetía bastante en algunos locales selectos, donde parte de la gente más poderosa del reina se creía alejada de la plebe. Pero parecían ignorar que gran parte del servicio que les atendía pertenecía a aquel grupo al que menospreciaban y maltrataban, o simplemente tal vez eran tan arrogantes que no les importaba lo más mínimo. Tal vez fue esa leyenda la que motivó el elaborado plan que se había puesto en marcha a la llegada del grupo revolucionario, o puede que la certeza de que la forma más sencilla de llevar a un hombre a un sitio es quitándole algo que le importe, ya sea una persona, un objeto realmente valioso o mismamente la cartera. Y el plan parecía haber salido a la perfección, pues el Comandante del Oeste dio la orden de dirigirse hacia el callejón por el que habían perdido de vista al joven. Con lo que sí que no contaban fue, además de los poderes de la susu susu no mi pues desconocían que Kisuke fuera el usuario de esta poderosa fruta, de la peculiar pero sobre todo llamativa forma en la que el humano y el panda decidirían moverse, dado que daban por hecho que siendo una celebridad como él y viendo a todas luces que trataban de pasar desapercibidos, tratarían de llamar la atención lo menos posible.
Su extravagante método de desaparición, digna de un elaborado truco de magia, provocó primero asombro y más adelante pánico en la gente de las cercanías. Hombres, mujeres y niños acababan de ser testigos de como una densa nube negra había aparecido frente a sus ojos y en un parpadeo habían secuestrado no a uno si no a dos de los cuatro científicos que acababan de llegar - ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Ayuda! - se escuchaban gritos de gente que huía del lugar por miedo a verse envueltos en alguna clase de reyerta, aunque también había gente que si bien se notaba asustada, no había llegado a entrar en pánico y se limitaba a tratar de terminar sus quehaceres lo más rápido posible para así poder marcharse. Aquellos con buen oído podían incluso escuchar entre el alboroto silbidos que provenían de algunos de los mendigos, quien parecían estar comunicándose de alguna manera. Si bien las acciones del líder revolucionario causaron revuelo, este revuelo permitió al invidente gigante, quien llevaba en su hombro derecho al mink lince, caminar sin ningún tipo de obstáculo hacia el callejón.
En el callejón, a unos quince metros de la entrada, se encontraba el chico de hacía unos instantes, y frente a él un hombre relativamente alto. Medía algo más de metro ochenta, tenía el pelo corto, así como un bigote y una media barbas, todo de color negro. Su indumentaria se componía por una capucha de color verde oscuro, además de unos pantalones desgastados de color negros, así como unas botas marrones. A lo largo del callejón, así como vigilando la otra salida, había varios hombres más, vestidos con unas indumentarias parecidas a las de este - ¿Entonces, era él o no era él? - preguntaba el hombre al chico de hacía unos instantes, mientras le mostraba un cartel de recompensa algo desgastado - No... no lo sé - el otro hombre, calmado, le dio al joven el cartel para que lo viera mejor - No le he visto bien porque eran todos muy grandes, y me daba miedo que me pillaran, pero ahora que lo dices puede que sí - el hombre miró al chico - No hace falta que mientas, no pasa nada - el joven negó con la cabeza - No, no. Es solo que diría que este era más viejo - el hombre asintió, cogiendo la bolsa del chico - Claro, este cartel es de hace casi dos años, después de lo que pasó en Sabaody - llevó una mano a la cabeza del chico, acariciándole la cabeza mientras le daba una bolsa - Lo has hecho muy bien, John. Ve a cuidar a tu madre - el joven asintió, dirigiéndose a una de las paredes del callejón, la izquierda mirando desde la calle principal - Y no hagas trabajos peligrosos, aunque si ese hombre que ha venido resulta ser Kisuke Kageyama seguramente no tengas que volver a hacerlos. - el chaval asintió antes de mover unos tablones, colándose por un agujero que había en la pared del edificio contiguo, antes de tapar nuevamente el agujero, mientras los otros hombres se preparaban para la llegada de los cuatro individuos que habían atraído hacia aquel lugar.
- ¿Tiene unas monedas, mi señor? - el mendigo de la esquina que había entre el callejón y la calle principal se dirigió al invidente monje, quien a cada paso que daba hacía temblar levemente la tierra alrededor de sus pies. El hombre esperó entonces a que el coloso pasara de largo, entrando en el callejón, y una vez se hubo alejado algo más de cinco metros se puso de pie, haciendo una seña a otros dos hombres, entrando los tres juntos detrás de los revolucionarios - Tened mucho cuidado, no vaya a ser que hayamos metido la pata y... - el hombre de la capucha verde hablaba con algunos de sus compañeros, dándoles indicaciones sobre cómo actuar a continuación - No tienes que preocuparte Rob, es él. Estamos de suerte - el hombre de antes afirmó, lo cual hizo que los ojos del primero se abrieran como platos. Antes de que pudiera decir nada, el primero siguió hablando - Pero ha desaparecido, él y el panda - Rob se rascó entonces la cabeza, algo confuso - Oh.... bueno.... sí... tiene sentido... - levantó la mirada, dirigiéndose al gigante quien se encontraba a siete metros y medio de él - ¿Podrías devolverle este dinero a Kisuke? Siento las molestias, pero teníamos que asegurarnos de que era él.
Mientras esto sucedía, algunas de las personas que habían salido corriendo habían llegado a alertar al sargento de la guardia que estaba al mando de la patrulla de la zona, quien rápidamente había ordenado desplegar a toda la patrulla en grupos, yendo una junto a la mujer que había dado la alarma - ¡Por ahí! - indicó esta, guiando a los guardias hasta la entrada al callejón, quienes parecían no haberse percatado de aquel científico que sobresalía por encima de los edificios - ¿Qué está sucediendo aquí? - gritó uno de ellos.
Esta leyenda, al igual que muchas otras, era bien conocida en el Reino Mogaro, donde ciertas personas de la capital se valían de ella para su propio beneficio "Así es como funciona el mundo. Si necesitas algo solo tienes que pedirlo, y si no funciona, es tan sencillo como ir echando billetes hasta que funciona" Era una frase que se repetía bastante en algunos locales selectos, donde parte de la gente más poderosa del reina se creía alejada de la plebe. Pero parecían ignorar que gran parte del servicio que les atendía pertenecía a aquel grupo al que menospreciaban y maltrataban, o simplemente tal vez eran tan arrogantes que no les importaba lo más mínimo. Tal vez fue esa leyenda la que motivó el elaborado plan que se había puesto en marcha a la llegada del grupo revolucionario, o puede que la certeza de que la forma más sencilla de llevar a un hombre a un sitio es quitándole algo que le importe, ya sea una persona, un objeto realmente valioso o mismamente la cartera. Y el plan parecía haber salido a la perfección, pues el Comandante del Oeste dio la orden de dirigirse hacia el callejón por el que habían perdido de vista al joven. Con lo que sí que no contaban fue, además de los poderes de la susu susu no mi pues desconocían que Kisuke fuera el usuario de esta poderosa fruta, de la peculiar pero sobre todo llamativa forma en la que el humano y el panda decidirían moverse, dado que daban por hecho que siendo una celebridad como él y viendo a todas luces que trataban de pasar desapercibidos, tratarían de llamar la atención lo menos posible.
Su extravagante método de desaparición, digna de un elaborado truco de magia, provocó primero asombro y más adelante pánico en la gente de las cercanías. Hombres, mujeres y niños acababan de ser testigos de como una densa nube negra había aparecido frente a sus ojos y en un parpadeo habían secuestrado no a uno si no a dos de los cuatro científicos que acababan de llegar - ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Ayuda! - se escuchaban gritos de gente que huía del lugar por miedo a verse envueltos en alguna clase de reyerta, aunque también había gente que si bien se notaba asustada, no había llegado a entrar en pánico y se limitaba a tratar de terminar sus quehaceres lo más rápido posible para así poder marcharse. Aquellos con buen oído podían incluso escuchar entre el alboroto silbidos que provenían de algunos de los mendigos, quien parecían estar comunicándose de alguna manera. Si bien las acciones del líder revolucionario causaron revuelo, este revuelo permitió al invidente gigante, quien llevaba en su hombro derecho al mink lince, caminar sin ningún tipo de obstáculo hacia el callejón.
En el callejón, a unos quince metros de la entrada, se encontraba el chico de hacía unos instantes, y frente a él un hombre relativamente alto. Medía algo más de metro ochenta, tenía el pelo corto, así como un bigote y una media barbas, todo de color negro. Su indumentaria se componía por una capucha de color verde oscuro, además de unos pantalones desgastados de color negros, así como unas botas marrones. A lo largo del callejón, así como vigilando la otra salida, había varios hombres más, vestidos con unas indumentarias parecidas a las de este - ¿Entonces, era él o no era él? - preguntaba el hombre al chico de hacía unos instantes, mientras le mostraba un cartel de recompensa algo desgastado - No... no lo sé - el otro hombre, calmado, le dio al joven el cartel para que lo viera mejor - No le he visto bien porque eran todos muy grandes, y me daba miedo que me pillaran, pero ahora que lo dices puede que sí - el hombre miró al chico - No hace falta que mientas, no pasa nada - el joven negó con la cabeza - No, no. Es solo que diría que este era más viejo - el hombre asintió, cogiendo la bolsa del chico - Claro, este cartel es de hace casi dos años, después de lo que pasó en Sabaody - llevó una mano a la cabeza del chico, acariciándole la cabeza mientras le daba una bolsa - Lo has hecho muy bien, John. Ve a cuidar a tu madre - el joven asintió, dirigiéndose a una de las paredes del callejón, la izquierda mirando desde la calle principal - Y no hagas trabajos peligrosos, aunque si ese hombre que ha venido resulta ser Kisuke Kageyama seguramente no tengas que volver a hacerlos. - el chaval asintió antes de mover unos tablones, colándose por un agujero que había en la pared del edificio contiguo, antes de tapar nuevamente el agujero, mientras los otros hombres se preparaban para la llegada de los cuatro individuos que habían atraído hacia aquel lugar.
- ¿Tiene unas monedas, mi señor? - el mendigo de la esquina que había entre el callejón y la calle principal se dirigió al invidente monje, quien a cada paso que daba hacía temblar levemente la tierra alrededor de sus pies. El hombre esperó entonces a que el coloso pasara de largo, entrando en el callejón, y una vez se hubo alejado algo más de cinco metros se puso de pie, haciendo una seña a otros dos hombres, entrando los tres juntos detrás de los revolucionarios - Tened mucho cuidado, no vaya a ser que hayamos metido la pata y... - el hombre de la capucha verde hablaba con algunos de sus compañeros, dándoles indicaciones sobre cómo actuar a continuación - No tienes que preocuparte Rob, es él. Estamos de suerte - el hombre de antes afirmó, lo cual hizo que los ojos del primero se abrieran como platos. Antes de que pudiera decir nada, el primero siguió hablando - Pero ha desaparecido, él y el panda - Rob se rascó entonces la cabeza, algo confuso - Oh.... bueno.... sí... tiene sentido... - levantó la mirada, dirigiéndose al gigante quien se encontraba a siete metros y medio de él - ¿Podrías devolverle este dinero a Kisuke? Siento las molestias, pero teníamos que asegurarnos de que era él.
Mientras esto sucedía, algunas de las personas que habían salido corriendo habían llegado a alertar al sargento de la guardia que estaba al mando de la patrulla de la zona, quien rápidamente había ordenado desplegar a toda la patrulla en grupos, yendo una junto a la mujer que había dado la alarma - ¡Por ahí! - indicó esta, guiando a los guardias hasta la entrada al callejón, quienes parecían no haberse percatado de aquel científico que sobresalía por encima de los edificios - ¿Qué está sucediendo aquí? - gritó uno de ellos.
Info
Contenido Oculto
Contenido Oculto

![[Imagen: 2yI4PYN.png]](https://i.imgur.com/2yI4PYN.png)