08-08-2025, 03:44 PM
Aquellos días en el barco no habían sido los mejores. Y eso es quedarse corto. Las risas que solían acompañar mis pasos por la cubierta se habían apagado como una vela bajo la lluvia. El viento salado no me sabía a nada, y ni siquiera los crujidos del barco, que normalmente me daban cierta paz, lograban distraerme. Lo único que hacía era mirar el techo de mi camarote, con los brazos extendidos sobre la cama, sintiendo cómo cada respiración se volvía más pesada que la anterior. Me dolía todo. No solo el cuerpo, lleno de golpes y moretones que aún no sanaban del todo, sino algo mucho más profundo: el orgullo. Me sentía inútil. Fracasado. Derrotado. Aquel maldito marine perro... Nos aplastaron como si no valiéramos nada. Como si nuestras ganas, nuestros sueños, no significaran absolutamente una mierda. Aspros estaba a mi lado en esa pelea, y aún así, no fue suficiente. Ni nuestras fuerzas combinadas bastaron para detenerlo. ¿Qué clase de pirata aspiraba a ser si no podía ni proteger a mis nakamas, ni plantarle cara a alguien que seguramente ni siquiera estaba dando todo de sí? Pensé que tal vez esta sensación era lo que otros llamaban “ser débil”. No solo perder… sino sentir que no tuviste nunca la más mínima oportunidad. Y eso, eso es lo que más me dolía. Durante días no me moví del camarote. No entrené. No escribí ni dibujé en mis libretas. Ni siquiera abrí los frascos con insectos que tanto me gustaba observar. Y mientras el barco seguía su curso, yo me quedaba atrapado en ese rincón, como si la derrota se hubiera instalado en mis huesos. Y entonces empecé a preguntarme: si no entreno… si no me muevo… ¿me estaré volviendo aún más débil? ¿No será esto justo lo que quiere ese marine? ¿Que me pudra en mi propia culpa?
Esa noche, el silencio del barco pesaba más que cualquier ancla. No sé exactamente qué me llevó a levantarme. Tal vez fue el sonido sutil de las velas que crujían al compás del viento, o el leve vaivén del mar que se colaba por las paredes de madera como un susurro lejano. Tal vez era solo la soledad haciéndose insoportable. Me senté en el borde de la cama, con los pies colgando, el cuerpo todavía adormecido por tantos días de inactividad, y por un momento dudé. Dudé de mí mismo, de mis fuerzas, de si podía siquiera ponerme de pie sin sentir que me hundía de nuevo en esa bruma espesa que era la derrota. Pero lo hice. Con pasos lentos, como quien despierta de un mal sueño, abrí la puerta del camarote y salí a la cubierta. La brisa nocturna me recibió como una bofetada suave, fresca, pero necesaria. Era extraño: el mundo seguía su curso sin mí. Las estrellas, colgadas del cielo como luciérnagas eternas, no parecían saber que había perdido. El mar tampoco. Todo se movía con naturalidad, y eso dolía. Caminé despacio, sin rumbo, con las manos en la nuca, intentando no hacer ruido. Quería evitar miradas, aunque sabía que probablemente a esa hora nadie estaría despierto. No quería cruzarme con Aspros, Garnet ni con nadie de la tripulación. No podía soportar esas miradas, ni las que se notaban demasiado preocupadas, ni las otras, las que callaban demasiado. Ninguno me juzgaba, lo sabía, y aun así sentía que todos lo hacían. Pero también entendía que no lo hacían con malicia. Era preocupación genuina. Desde que subí a este barco, me habían abierto un lugar sin pedirme nada a cambio. Me habían dejado ser yo. Y eso… eso no lo había tenido nunca.
Cuando anduve sobre la cubierta, el crujido de la madera bajo mis botas me pareció más fuerte de lo normal, como si el barco mismo se estremeciera por mi presencia. Aún estaba medio adormilado, los pensamientos sombríos revoloteaban en mi cabeza como moscas molestas, cuando lo vi. Una figura enorme. Imponente. Estaba parada cerca de la barandilla, justo al borde donde las estrellas se fundían con el mar. Llevaba una capa negra que le cubría desde la cabeza hasta los pies, una silueta casi fantasmal, inmóvil, como si fuera parte del paisaje. Mi corazón dio un brinco. Por un instante, sentí que todo el aire de mis pulmones se evaporaba. ¿Qué demonios era eso? ¿Un espía? ¿Un enemigo? ¿Alguien que había burlado nuestras defensas mientras todos dormían? Me quedé quieto, evaluando. Mis manos se tensaron en un puño. La figura no se movía. Solo estaba ahí, mirando hacia el horizonte, dándome la espalda, como si no existiera nada más que esa línea invisible donde el mar besa al cielo. Pero yo no era de esos que se echaban para atrás. Aunque me temblaran las piernas por dentro, aunque la duda me comiera los huesos como un perro hambriento, avancé. Me aclaré la garganta, tomé una bocanada de aire y levanté la voz, sin dejar que se me quebrara. -Oye tú, pringao.- Las palabras salieron con más fuerza de la que esperaba. -Este es el barco de los Alas Negras. Si no quieres recibir una soberana paliza, márchate. O si no, probarás el sabor de los puños del que se convertirá en el pirata más grande de todos los tiempos.- Me quedé mirandole, bastante serio. -Es decir, yo. Kenzo Fujiwara.- Aclaré, por si acaso.
Esa noche, el silencio del barco pesaba más que cualquier ancla. No sé exactamente qué me llevó a levantarme. Tal vez fue el sonido sutil de las velas que crujían al compás del viento, o el leve vaivén del mar que se colaba por las paredes de madera como un susurro lejano. Tal vez era solo la soledad haciéndose insoportable. Me senté en el borde de la cama, con los pies colgando, el cuerpo todavía adormecido por tantos días de inactividad, y por un momento dudé. Dudé de mí mismo, de mis fuerzas, de si podía siquiera ponerme de pie sin sentir que me hundía de nuevo en esa bruma espesa que era la derrota. Pero lo hice. Con pasos lentos, como quien despierta de un mal sueño, abrí la puerta del camarote y salí a la cubierta. La brisa nocturna me recibió como una bofetada suave, fresca, pero necesaria. Era extraño: el mundo seguía su curso sin mí. Las estrellas, colgadas del cielo como luciérnagas eternas, no parecían saber que había perdido. El mar tampoco. Todo se movía con naturalidad, y eso dolía. Caminé despacio, sin rumbo, con las manos en la nuca, intentando no hacer ruido. Quería evitar miradas, aunque sabía que probablemente a esa hora nadie estaría despierto. No quería cruzarme con Aspros, Garnet ni con nadie de la tripulación. No podía soportar esas miradas, ni las que se notaban demasiado preocupadas, ni las otras, las que callaban demasiado. Ninguno me juzgaba, lo sabía, y aun así sentía que todos lo hacían. Pero también entendía que no lo hacían con malicia. Era preocupación genuina. Desde que subí a este barco, me habían abierto un lugar sin pedirme nada a cambio. Me habían dejado ser yo. Y eso… eso no lo había tenido nunca.
Cuando anduve sobre la cubierta, el crujido de la madera bajo mis botas me pareció más fuerte de lo normal, como si el barco mismo se estremeciera por mi presencia. Aún estaba medio adormilado, los pensamientos sombríos revoloteaban en mi cabeza como moscas molestas, cuando lo vi. Una figura enorme. Imponente. Estaba parada cerca de la barandilla, justo al borde donde las estrellas se fundían con el mar. Llevaba una capa negra que le cubría desde la cabeza hasta los pies, una silueta casi fantasmal, inmóvil, como si fuera parte del paisaje. Mi corazón dio un brinco. Por un instante, sentí que todo el aire de mis pulmones se evaporaba. ¿Qué demonios era eso? ¿Un espía? ¿Un enemigo? ¿Alguien que había burlado nuestras defensas mientras todos dormían? Me quedé quieto, evaluando. Mis manos se tensaron en un puño. La figura no se movía. Solo estaba ahí, mirando hacia el horizonte, dándome la espalda, como si no existiera nada más que esa línea invisible donde el mar besa al cielo. Pero yo no era de esos que se echaban para atrás. Aunque me temblaran las piernas por dentro, aunque la duda me comiera los huesos como un perro hambriento, avancé. Me aclaré la garganta, tomé una bocanada de aire y levanté la voz, sin dejar que se me quebrara. -Oye tú, pringao.- Las palabras salieron con más fuerza de la que esperaba. -Este es el barco de los Alas Negras. Si no quieres recibir una soberana paliza, márchate. O si no, probarás el sabor de los puños del que se convertirá en el pirata más grande de todos los tiempos.- Me quedé mirandole, bastante serio. -Es decir, yo. Kenzo Fujiwara.- Aclaré, por si acaso.
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
