06-08-2025, 11:39 AM
El olor de la tierra húmeda seguía impregnando la escena, acompasando el ritmo de su respiración. Krysser mantenía su postura baja, con el cuerpo relajado, pero la mente alerta. Los lobos no se habían ido, de hecho, estaban allí, a su alrededor. No era la primera vez que el mink se encontraba rodeado por depredadores, pero sí era una de aquellas raras veces que sentía que no había caza en sus ojos, tan solo expectativa.
Sus sentidos trataban de percibirlo todo. Los músculos tensos en los aprendices detrás de él, el temblor de la hierba bajo las patas de los lobos, hasta el crujido lento de una rama que algún cánido distraído había pisado sin querer. Y el viento. Uno de los lobos mostró los colmillos, pero no parecía ser por mostrar amenaza, sino por costumbre.
Krysser no respondió con violencia. Al contrario, agachó aún más el cuerpo, llevó las orejas hacia atrás y mantuvo la mirada baja. No era sumisión, era comprensión. Había aprendido hacía mucho que algunos códigos no requerían palabras. Que el respeto no se gritaba, se mostraba con cada músculo relajado, con cada decisión consciente de no actuar. Y, entonces, vio como sucedió el cambio.
Primero sucedió en el que parecía el alfa. Su rabo dejó de erguirse como una bandera de guerra y empezó a agitarse con calma, dibujando curvas en el aire como si borrara la tensión con cada movimiento. Después en los otros, las patas dejaron de anclar sus cuerpos al suelo con tensión, y se movieron, se acercaron, olisquearon. Uno rozó el pantalón de Toriko con el lomo, otro empujó con el hocico la pierna del otro aprendiz, casi con curiosidad infantil. El peligro, que había sido una cuerda tensa, ahora era un río que fluía tranquilo entre ellos.
Krysser no cambió su expresión. Pero por dentro, algo en él se afianzó. No era orgullo, era esa certeza que solo se gana al ver cómo el mundo, incluso en su parte más salvaje, responde a la calma con más calma.
Y entonces el momento se rompió. Una figura surgió del sendero del bosque, como si el viento mismo lo empujara hacia adelante. No podía confundirse con otra cosa, su paso era firme, decidido, y su voz retumbó en el aire como un tambor de guerra bien acompasado.
—¡KYAAAA! ¿Quién eres tú? Mis alumnos me han contado todo lo ocurrido. Yo soy el encargado de estos chicos. Mi deber es forjar el camino de estos chicos.
Krysser alzó la vista con serenidad. No por sorpresa, sino para observar a aquella persona.
El hombre que gritaba no era joven, pero tampoco frágil. Sus músculos hablaban de años de disciplina. Su kimono blanco ondeaba ligeramente al ritmo de su entrada, como si el mismo viento le hiciera reverencia. Era calvo por arriba, pero los cabellos de sus costados eran largos, blancos como las nubes viejas, recogidos con cierto desorden digno de quien tiene demasiadas cosas en la cabeza como para preocuparse del peinado.
Sus ojos eran otra cosa. No los de un fanfarrón, tampoco los de un anciano excéntrico. Eran ojos que habían visto demasiadas cosas. Duros, sabios, y muy exigentes. La mirada de un maestro que no temía corregir con ella fríamente. Hablaba con cierto toque de teatralidad, sí, pero también con honestidad. Y cuando vino la inclinación, cuando se inclinó hacia él, no como un maestro altivo, sino como alguien agradecido, el mink bajó también ligeramente la cabeza, solo un segundo, como quien devuelve un gesto sin necesidad de hacer un ritual de ello.
-Debo agradecerte la gran lección que les has impartido. Además veo que también has dado buen trato a nuestros guardianes - Dijo señalando a los lobos.
Krysser escuchó sus palabras con atención, sin interrumpir, y entonces vino la oferta, una invitación al Estadio Ki.
-Estoy en deuda contigo. Como agradecimiento, te invito formalmente al Estadio Ki, si es que deseas probar tus fuerzas con otros guerreros en algún momento. Sería un honor para nosotros tu presencia. Y una gran ayuda para estos estudiantes tan necios.
Aquel era un lugar de combate conocido mundialmente, aunque no para el joven tigre. Sin embargo, era muy consciente de su inexperiencia. Krysser, abrumado, la dejó flotar en el aire unos segundos. El silencio volvió, aunque esta vez era más ligero, más respirable. Y, finalmente, se pronunció.
-Agradezco la invitación... -Dijo al fin, con voz grave y sin adornos. -Es un honor, de verdad, pero... -Hizo una pausa. Su mirada se desvió brevemente hacia los árboles, hacia el sendero aún abierto entre sombras y ramas altas. -No estoy preparado. Aún no soy lo bastante fuerte para algo así. -Incluso sin saber demasiado al respecto, entendía lo que aquello significaba, y sabía bien que no estaba preparado.
Volvió a mirar al maestro, sin miedo ni soberbia.
-Volveré. Cuando esté listo.
Tras aquella promesa, su atención volvió una última vez hacia los aprendices y los lobos, sosteniendo la mirada un instante, y luego se giró despacio, con paso firme, dejando atrás el claro. Aunque no su recuerdo de él.
El bosque volvió a cerrarse a su alrededor, como un telón, y el mink desapareció entre los árboles, con la serenidad de quien sabe que no toda victoria se gana con los puños, y que el tiempo es el mejor maestro para volverse verdaderamente sabio. Algún día volvería a aquella isla a demostrar lo mucho que había mejorado, y esperaba que aquellos dos chicos también se hicieran más fuertes en su ausencia.
Sus sentidos trataban de percibirlo todo. Los músculos tensos en los aprendices detrás de él, el temblor de la hierba bajo las patas de los lobos, hasta el crujido lento de una rama que algún cánido distraído había pisado sin querer. Y el viento. Uno de los lobos mostró los colmillos, pero no parecía ser por mostrar amenaza, sino por costumbre.
Krysser no respondió con violencia. Al contrario, agachó aún más el cuerpo, llevó las orejas hacia atrás y mantuvo la mirada baja. No era sumisión, era comprensión. Había aprendido hacía mucho que algunos códigos no requerían palabras. Que el respeto no se gritaba, se mostraba con cada músculo relajado, con cada decisión consciente de no actuar. Y, entonces, vio como sucedió el cambio.
Primero sucedió en el que parecía el alfa. Su rabo dejó de erguirse como una bandera de guerra y empezó a agitarse con calma, dibujando curvas en el aire como si borrara la tensión con cada movimiento. Después en los otros, las patas dejaron de anclar sus cuerpos al suelo con tensión, y se movieron, se acercaron, olisquearon. Uno rozó el pantalón de Toriko con el lomo, otro empujó con el hocico la pierna del otro aprendiz, casi con curiosidad infantil. El peligro, que había sido una cuerda tensa, ahora era un río que fluía tranquilo entre ellos.
Krysser no cambió su expresión. Pero por dentro, algo en él se afianzó. No era orgullo, era esa certeza que solo se gana al ver cómo el mundo, incluso en su parte más salvaje, responde a la calma con más calma.
Y entonces el momento se rompió. Una figura surgió del sendero del bosque, como si el viento mismo lo empujara hacia adelante. No podía confundirse con otra cosa, su paso era firme, decidido, y su voz retumbó en el aire como un tambor de guerra bien acompasado.
—¡KYAAAA! ¿Quién eres tú? Mis alumnos me han contado todo lo ocurrido. Yo soy el encargado de estos chicos. Mi deber es forjar el camino de estos chicos.
Krysser alzó la vista con serenidad. No por sorpresa, sino para observar a aquella persona.
El hombre que gritaba no era joven, pero tampoco frágil. Sus músculos hablaban de años de disciplina. Su kimono blanco ondeaba ligeramente al ritmo de su entrada, como si el mismo viento le hiciera reverencia. Era calvo por arriba, pero los cabellos de sus costados eran largos, blancos como las nubes viejas, recogidos con cierto desorden digno de quien tiene demasiadas cosas en la cabeza como para preocuparse del peinado.
Sus ojos eran otra cosa. No los de un fanfarrón, tampoco los de un anciano excéntrico. Eran ojos que habían visto demasiadas cosas. Duros, sabios, y muy exigentes. La mirada de un maestro que no temía corregir con ella fríamente. Hablaba con cierto toque de teatralidad, sí, pero también con honestidad. Y cuando vino la inclinación, cuando se inclinó hacia él, no como un maestro altivo, sino como alguien agradecido, el mink bajó también ligeramente la cabeza, solo un segundo, como quien devuelve un gesto sin necesidad de hacer un ritual de ello.
-Debo agradecerte la gran lección que les has impartido. Además veo que también has dado buen trato a nuestros guardianes - Dijo señalando a los lobos.
Krysser escuchó sus palabras con atención, sin interrumpir, y entonces vino la oferta, una invitación al Estadio Ki.
-Estoy en deuda contigo. Como agradecimiento, te invito formalmente al Estadio Ki, si es que deseas probar tus fuerzas con otros guerreros en algún momento. Sería un honor para nosotros tu presencia. Y una gran ayuda para estos estudiantes tan necios.
Aquel era un lugar de combate conocido mundialmente, aunque no para el joven tigre. Sin embargo, era muy consciente de su inexperiencia. Krysser, abrumado, la dejó flotar en el aire unos segundos. El silencio volvió, aunque esta vez era más ligero, más respirable. Y, finalmente, se pronunció.
-Agradezco la invitación... -Dijo al fin, con voz grave y sin adornos. -Es un honor, de verdad, pero... -Hizo una pausa. Su mirada se desvió brevemente hacia los árboles, hacia el sendero aún abierto entre sombras y ramas altas. -No estoy preparado. Aún no soy lo bastante fuerte para algo así. -Incluso sin saber demasiado al respecto, entendía lo que aquello significaba, y sabía bien que no estaba preparado.
Volvió a mirar al maestro, sin miedo ni soberbia.
-Volveré. Cuando esté listo.
Tras aquella promesa, su atención volvió una última vez hacia los aprendices y los lobos, sosteniendo la mirada un instante, y luego se giró despacio, con paso firme, dejando atrás el claro. Aunque no su recuerdo de él.
El bosque volvió a cerrarse a su alrededor, como un telón, y el mink desapareció entre los árboles, con la serenidad de quien sabe que no toda victoria se gana con los puños, y que el tiempo es el mejor maestro para volverse verdaderamente sabio. Algún día volvería a aquella isla a demostrar lo mucho que había mejorado, y esperaba que aquellos dos chicos también se hicieran más fuertes en su ausencia.
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