El torneo de gremios [AVENTURA T3] [PRESENTE ABS.]
#15
La tierra seguía temblando bajo el peso de sus pasos. Sigurd, ese coloso sin camiseta cuya sombra se extendía como un eclipse sobre el campo de batalla, no había detenido su danza brutal ni por un instante. Cada giro de su cuerpo, cada movimiento de sus brazos, era una sentencia. Los cuerpos de aquellos que se atrevieron a interponerse entre él y su libertad caían como muñecos de trapo, sus armaduras astilladas, sus armas volando por los aires como si fueran de papel. Puñetazos secos, codazos que rompían escudos y rodillazos que lanzaban enemigos por los aires componían una coreografía violenta, un espectáculo de pura fuerza desatada. No había estrategia en sus ataques, ni contención alguna, solo la inercia salvaje de una criatura que parecía esculpida por el mismísimo caos. Pero, en medio de esa furia imparable, algo en él cambió por un instante. Su mirada, aún feroz, se deslizó hacia los hombres del gremio de los Soles Púrpura, que ahora luchaban codo con codo con él. En sus rostros no había miedo, sino determinación. Y Sigurd lo sintió. Lo reconoció. Una chispa casi olvidada se encendió en su interior: la camaradería. No era un concepto que manejara con fluidez, pero aquel gesto, aquella muestra de apoyo inesperada, fue como echar leña al fuego de su alma indomable. Entonces rugió. No fueron muchas palabras, ni discurso, ni promesas. Fue un grito, crudo y potente, que sacudió el aire como si una tormenta hubiese brotado desde lo más profundo de su pecho. Era un rugido de guerra, de agradecimiento, de furia compartida. Los hombres del gremio respondieron con el mismo ímpetu, enardecidos por aquella fuerza primitiva que los había hecho sentir, por primera vez en mucho tiempo, que no eran solo soldados… eran parte de algo más grande. Y así, con los pulmones ardientes y los puños alzados, siguieron avanzando junto al titán, mientras el suelo se teñía con los colores de la batalla.

La sangre aún humeaba sobre el suelo batido mientras los ecos de la refriega se desvanecían en el aire denso, saturado de sudor, hierro y ceniza. Durante un instante, como si el mismísimo campo de batalla hubiese contenido la respiración, todo pareció en calma. No era paz, no todavía. Era esa calma que antecede al verdadero caos, un falso silencio que se aferra al aire justo antes del rugido de una tormenta. Los cuerpos caídos formaban un tapiz grotesco, y entre ellos, la figura descomunal de Sigurd se alzaba como una escultura mitológica en el corazón del infierno: siete metros de músculos, heridas y barro, aún jadeante pero desafiante, con el sombrero ladeado cubriéndole parte del rostro. No vestía más que los pantalones y la sombra de sus propias leyendas nacientes. Los Soles Púrpura, esparcidos a su alrededor, se mantenían en pie. Algunos cojeaban, otros se limpiaban la sangre de las cejas, otros simplemente clavaban sus espadas en el suelo y respiraban con pesadez. Pero no había ni uno solo que diese la espalda. El grito de Sigurd seguía retumbando en sus pechos, como un tambor lejano que marcaba el ritmo de una marcha inevitable. Y entonces, como si el mismísimo destino hubiese estado esperando ese momento de suspensión, llegaron. De entre las ruinas, los portones astillados y los escombros, comenzaron a aparecer. Primero una figura, luego tres, luego una docena. Al final, una marea. Cincuenta guerreros más, todos portando los colores de distintos gremios, algunos enmascarados, otros envueltos en armaduras personalizadas, todos con el mismo brillo en los ojos: hambre de gloria… o venganza. Eran espadas contratadas, duelistas con fama propia, aspirantes al reconocimiento absoluto del torneo. No venían por los Soles Púrpura. Venían por el gigante. El terreno volvió a estremecerse, esta vez no por el peso de Sigurd, sino por la tensión que se acumulaba como una descarga contenida. Los miembros del gremio se reagruparon instintivamente, formando un círculo defensivo alrededor del coloso. La balanza se inclinaba otra vez, pero esta vez, no hacia la desesperación. Esta vez, la batalla estaba a punto de reanudarse, más cruel, más salvaje, y más legendaria.

El silencio volvió a caer, esta vez espeso como el aceite derramado sobre las llamas. No era el silencio de la tregua, ni siquiera el de la duda: era un silencio impuesto, el tipo de calma que arrastra consigo una autoridad que no necesita presentación. Primero se vio la punta de una lanza estandarte recortándose contra el cielo de fuego. Luego, las telas ondeantes con escudos bordados con precisión casi ceremonial: la Garra Serena, símbolo de justicia sin clemencia; la Muralla Eterna, bastión de la defensa impenetrable; y por encima de todos, la Espada Celeste, insignia de un gremio que se creía por encima del resto, guiado por la voluntad incuestionable de su líder: Alex D’Artane.

ALEX D'ARTANE


Gremio de la Espada Celeste


Gremio de la Garra Serena


Gremio de la Muralla Eterna


Andando con parsimonia, D’Artane avanzó con la mirada fija en el centro del campo de batalla. Cuando alzó el brazo para detenerse, incluso los más ruidosos entre sus soldados callaron. Y con voz firme, poderosa pero serena, el líder pronunció su ultimátum. -Mira, esto ha llegado lejos, Magnus. Esto es simple. O entregas al bastardo gigantón para derrotarlo, o entre todos nos encargaremos de destrozarte a tí y a tu amiguito.- En nombre de todos los gremios allí representados, exigía la entrega inmediata del gigante que tanto caos había sembrado. Si no lo hacían, declararían la guerra a los Soles Púrpura, y acabarían con todos. Sin excepción. Frente a él, Magnus apenas había girado el rostro. Había observado la llegada de D’Artane sin emoción, como quien ve llegar una tormenta que ya sabía inevitable. Su camisa estaba desgarrada por la batalla, y una delgada línea de sangre le bajaba por la sien, pero su mirada seguía intacta: templada como acero forjado en convicción. Fue entonces cuando Sigurd, aún cubierto de barro y sangre, le extendió el puño con una sonrisa traviesa, proponiéndole algo impensable. Irse juntos, abandonar todo y recorrer el mundo como aliados. El líder de los Soles Púrpura se permitió una pausa. La tensión se podía cortar con una daga. Y entonces, en medio de la amenaza declarada, Magnus simplemente negó con la cabeza… y sonrió. No por burla, no por desprecio. Sonrió con una chispa de gratitud… antes de chocar el puño ofrecido por el gigante, sellando una alianza que ni mil banderas podrían intimidar.

Magnus dio un paso al frente. Y luego otro. Cada pisada parecía más firme que la anterior, como si el suelo mismo reconociera la autoridad que comenzaba a irradiar de aquel hombre maltrecho, cubierto de polvo y sangre, pero inquebrantable. Sus botas resquebrajadas por la batalla rompieron el último resquicio de la línea defensiva del gremio, y de pronto ya no estaba detrás de sus hombres, sino delante. Solo. Ante medio centenar de enemigos y frente a los estandartes de tres de los gremios más poderosos del territorio. El silencio que se generó a su alrededor fue distinto al que había traído Alex D’Artane. Este era el silencio de la expectativa, el suspiro contenido de una decena de arqueros con las cuerdas tensadas, el de las hojas listas para desenvainarse al menor gesto equivocado. Pero Magnus no tembló. Ni vaciló. Se irguió con los hombros rectos, con el mentón en alto y los ojos clavados Alex, como si estuviera mirando no a un grupo de enemigos, sino a futuros subordinados. Su voz se alzó sin necesidad de gritos, clara y potente, como una campana en una torre solitaria. -La verdad es que no me importa lo más minimo tus amenazas, Alex. De hecho, nunca me han importado, la verdad.- Comenzó diciendo. -De hecho, podrías traer a todos tus hombres, que se que tienes muchos mas, y no por ello ibamos a sentir más miedo. Los Soles Púrpuras no le tememos ni a la muerte.- Se giró para mirar a sus hombres y dedicarles una enorme sonrisa llena de complicidad. -Los tiempos están cambiando, y aquellos que no se adapten, serán devorados completamente por la marea.- Entonces extendió los brazos, como si ofreciera un pacto sellado con sangre. Les propuso algo que jamás habrían esperado de un líder de un gremio menor y golpeado. -Os ofrezco la unificación. Unios a los Soles Púrpura. Podríamos hacer grandes cosas, podriamos conseguir muchas recompensas y fama en todos los mares.- Les prometió gloria, recompensas sin fin, fama en los mares y poder para capturar a todos los piratas que se atrevieran a pisar aquellas tierras. Les pintó un futuro dorado, una alianza sin igual. Pero luego, su mirada se tornó más sombría, casi desafiante. Porque si no aceptaban… -Si no aceptais...No sólo os enfrentareis a mí, sino a la tripulación de mercenarios de Sigurd. Y creedme que no querreis eso.- Tendrían que enfrentarse a la leyenda viviente que era Sigurd. Magnus no solía mentir, pero cuando lo hacía, lo hacía con tanta convicción, con tanta fe en su propia mentira, que por un instante, hasta sus enemigos dudaron si acaso no era verdad.


Magnus


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Alas Negras
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RE: El torneo de gremios [AVENTURA T3] [PRESENTE ABS.] - por Kenzo D. Fujiwara - 26-07-2025, 04:35 AM

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