24-07-2025, 04:55 AM
Y entonces, el campo se convirtió en un infierno. El primero en alcanzar a Sigurd fue un espadachín joven, con la cara desencajada por la ira. Su hoja descendió buscando atravesar el abdomen del coloso, pero antes siquiera de que el ataque llegara a su destino, el gigantón se abalanzó sobre todos ellos. Sin perder un segundo, el enorme brazo, grueso como el tronco de un roble y repleto de músculos tensos como sogas de barco, se alzó como un martillo divino, y de un solo golpe aplastó al atacante contra el suelo con tal fuerza que se oyó un crujido húmedo, como si una sandía hubiera reventado. No hubo pausa. No hubo palabras. El gigante no mostraba ni gozo ni furia, solo una calma espeluznante, como la de un depredador en plena cacería. Los siguientes vinieron en grupo, pero los esfuerzos fueron inútiles. El hacha de Sigurd se movió con una precisión casi animal, letal y brutal, como extensiones naturales de su cuerpo. Atravesó torsos, partió extremidades, abrió gargantas como si fuera papel mojado. Cada tajo dejaba un rastro de sangre en el aire, como pinceladas carmesí pintadas sobre el lienzo del combate. Uno intentó lanzarse sobre su espalda, pero Sigurd se giró en el último segundo y lo tomó por el rostro, aplastándolo contra el suelo hasta que dejó de moverse. Aquel no era un combate. Era una masacre metódica. La fuerza era una cosa… pero lo que verdaderamente los desarmaba, lo que quebraba la moral de los soldados del gremio, era la forma en que Sigurd respondía al odio: con muchísima pasión, sin palabras y sin vacilación. Parecía un espíritu vengativo más que un hombre. El sombrero mexicano se mantenía firme sobre su cabeza, ensombreciendo su rostro, ocultando sus ojos tras una sombra perpetua que lo hacía parecer aún más inhumano. Cada vez que uno caía, otro tomaba su lugar, pero ya empezaban a dudar. Lo notaban en sus pasos: algunos se frenaban, otros retrocedían sin querer. ¿Qué clase de monstruo habían desatado? ¿Qué muro pensaban que podrían derribar con rabia, cuando ese muro respondía con la muerte misma?
La escena que se extendía sobre el campo del torneo era la de una carnicería sin igual, un recuerdo imborrable grabado a fuego en las retinas de los que aún conservaban el aliento para mirar. Allí, en medio del barro pisoteado, las astillas de las armas rotas y el aroma espeso de la sangre reciente, se erguía la imponente figura de Sigurd. Su silueta gigantesca dominaba todo el terreno como una montaña viva: siete metros de músculo crudo, piel curtida y violencia encarnada, con el pecho descubierto cubierto de sangre, que por supuesto no era propia, sino ajena, y el sombrero mexicano aún firme en lo alto, como una corona silenciosa sobre el dios de la guerra. Los cuerpos yacían a su alrededor como hojas caídas al pie de un árbol en otoño, algunos intactos solo en apariencia, otros reducidos a fragmentos de lo que una vez fueron. Espadas rotas, lanzas partidas, escudos partidos por la mitad... Todo formaba parte del mismo paisaje grotesco, una sinfonía de muerte donde la única nota constante era la brutalidad de un solo hombre. Aquel no era el resultado de una lucha, sino el testimonio de una supremacía absoluta. Ningún grito quedaba ya en el aire, solo jadeos, el zumbido de los insectos que se atrevían a acercarse a la sangre caliente, y el pesado silencio del miedo colectivo. Los más valientes habían caído. Los más temerarios, también. Y los que aún vivían sabían que no lo hacían por coraje, sino porque Sigurd, por alguna razón, aún no los había alcanzado. Ese era el poder de un Buccaneer. No se trataba solo de fuerza física, aunque esa era incuestionable, sino de algo más profundo, más primitivo: una conexión con la violencia tan antigua como el mundo, un dominio del caos que volvía su furia un arte y su cuerpo, un arma. Nadie más entre los presentes, ni los guerreros del gremio Garra Serena, ni los pocos espectadores que quedaban, podía entender, y mucho menos igualar, esa magnitud. Solo Sigurd portaba en sus venas la herencia salvaje de un linaje nacido para la guerra. Y en ese instante, bajo la luz sucia del nublado día que teñía de rojo los charcos de sangre, quedó claro que aquel no era un simple combatiente. Era una fuerza. Un castigo. Un titán.
Sin embargo, el campo aún no había terminado de devorar la sangre del último caído cuando el viento trajo consigo nuevos ecos de guerra. La figura de Sigurd, aún de pie en el centro del terreno deshecho, comenzaba a mostrar señales de agotamiento. Su respiración era más pesada, su pecho se alzaba con lentitud, y su piel curtida, manchada de rojo y barro, comenzaba a mostrar magulladuras frescas. Pero lo más evidente no era el daño físico, sino la fatiga que brotaba de su cuerpo como vapor de una caldera sobrecargada. A pesar de todo, su mirada, escondida bajo el ala de aquel sombrero mexicano polvoriento, seguía ardiendo con una intensidad que sólo podía pertenecer a una criatura que aún no había satisfecho su hambre de batalla. Fue en ese momento, entre jadeos y silencio contenido, que Sigurd lanzó unas palabras en dirección a Magnus, su voz como un trueno rasgando el cielo de la tarde. Pero el aire le devolvió otra respuesta. Del extremo opuesto del coliseo improvisado, un nuevo escuadrón de soldados apareció. Otros sesenta hombres, armados, uniformados y determinados, pertenecientes a un tercer gremio que no buscaba justicia, sino supervivencia. Aquello ya no era un duelo ni un ajuste de cuentas, sino una guerra abierta, un intento desesperado por frenar a la bestia antes de que se convirtiera en leyenda. Y sin embargo, en medio de aquella tensión punzante, Magnus sonrió. Una sonrisa fina, serena, pero llena de una satisfacción brutal. Con un gesto de su mano, casi perezoso, dio la orden que nadie esperaba. -Chicos, es nuestra hora. Ayuden a Sigurd a como dé lugar.- Sus soldados, los pocos que aún podían moverse con firmeza, se giraron hacia el recién llegado escuadrón y, sin mediar palabra, se posicionaron junto al gigantón. Por alguna razón, respeto, cálculo, o una fe ciega en la monstruosidad que tenían frente a ellos, decidieron hacer caso a su lider. Así, la balanza se inclinó. De sesenta, solo veinte decidieron continuar con su carga suicida contra Sigurd. Y allí, entre escombros, cadáveres y aliados recién adquiridos, la montaña sin camiseta volvió a tensar los músculos. Sus puños estaban agrietados, su respiración ardía… pero sus ojos aún querían guerra. Y el campo, como si respondiera a su voluntad, tembló nuevamente.
La escena que se extendía sobre el campo del torneo era la de una carnicería sin igual, un recuerdo imborrable grabado a fuego en las retinas de los que aún conservaban el aliento para mirar. Allí, en medio del barro pisoteado, las astillas de las armas rotas y el aroma espeso de la sangre reciente, se erguía la imponente figura de Sigurd. Su silueta gigantesca dominaba todo el terreno como una montaña viva: siete metros de músculo crudo, piel curtida y violencia encarnada, con el pecho descubierto cubierto de sangre, que por supuesto no era propia, sino ajena, y el sombrero mexicano aún firme en lo alto, como una corona silenciosa sobre el dios de la guerra. Los cuerpos yacían a su alrededor como hojas caídas al pie de un árbol en otoño, algunos intactos solo en apariencia, otros reducidos a fragmentos de lo que una vez fueron. Espadas rotas, lanzas partidas, escudos partidos por la mitad... Todo formaba parte del mismo paisaje grotesco, una sinfonía de muerte donde la única nota constante era la brutalidad de un solo hombre. Aquel no era el resultado de una lucha, sino el testimonio de una supremacía absoluta. Ningún grito quedaba ya en el aire, solo jadeos, el zumbido de los insectos que se atrevían a acercarse a la sangre caliente, y el pesado silencio del miedo colectivo. Los más valientes habían caído. Los más temerarios, también. Y los que aún vivían sabían que no lo hacían por coraje, sino porque Sigurd, por alguna razón, aún no los había alcanzado. Ese era el poder de un Buccaneer. No se trataba solo de fuerza física, aunque esa era incuestionable, sino de algo más profundo, más primitivo: una conexión con la violencia tan antigua como el mundo, un dominio del caos que volvía su furia un arte y su cuerpo, un arma. Nadie más entre los presentes, ni los guerreros del gremio Garra Serena, ni los pocos espectadores que quedaban, podía entender, y mucho menos igualar, esa magnitud. Solo Sigurd portaba en sus venas la herencia salvaje de un linaje nacido para la guerra. Y en ese instante, bajo la luz sucia del nublado día que teñía de rojo los charcos de sangre, quedó claro que aquel no era un simple combatiente. Era una fuerza. Un castigo. Un titán.
Sin embargo, el campo aún no había terminado de devorar la sangre del último caído cuando el viento trajo consigo nuevos ecos de guerra. La figura de Sigurd, aún de pie en el centro del terreno deshecho, comenzaba a mostrar señales de agotamiento. Su respiración era más pesada, su pecho se alzaba con lentitud, y su piel curtida, manchada de rojo y barro, comenzaba a mostrar magulladuras frescas. Pero lo más evidente no era el daño físico, sino la fatiga que brotaba de su cuerpo como vapor de una caldera sobrecargada. A pesar de todo, su mirada, escondida bajo el ala de aquel sombrero mexicano polvoriento, seguía ardiendo con una intensidad que sólo podía pertenecer a una criatura que aún no había satisfecho su hambre de batalla. Fue en ese momento, entre jadeos y silencio contenido, que Sigurd lanzó unas palabras en dirección a Magnus, su voz como un trueno rasgando el cielo de la tarde. Pero el aire le devolvió otra respuesta. Del extremo opuesto del coliseo improvisado, un nuevo escuadrón de soldados apareció. Otros sesenta hombres, armados, uniformados y determinados, pertenecientes a un tercer gremio que no buscaba justicia, sino supervivencia. Aquello ya no era un duelo ni un ajuste de cuentas, sino una guerra abierta, un intento desesperado por frenar a la bestia antes de que se convirtiera en leyenda. Y sin embargo, en medio de aquella tensión punzante, Magnus sonrió. Una sonrisa fina, serena, pero llena de una satisfacción brutal. Con un gesto de su mano, casi perezoso, dio la orden que nadie esperaba. -Chicos, es nuestra hora. Ayuden a Sigurd a como dé lugar.- Sus soldados, los pocos que aún podían moverse con firmeza, se giraron hacia el recién llegado escuadrón y, sin mediar palabra, se posicionaron junto al gigantón. Por alguna razón, respeto, cálculo, o una fe ciega en la monstruosidad que tenían frente a ellos, decidieron hacer caso a su lider. Así, la balanza se inclinó. De sesenta, solo veinte decidieron continuar con su carga suicida contra Sigurd. Y allí, entre escombros, cadáveres y aliados recién adquiridos, la montaña sin camiseta volvió a tensar los músculos. Sus puños estaban agrietados, su respiración ardía… pero sus ojos aún querían guerra. Y el campo, como si respondiera a su voluntad, tembló nuevamente.
INFO
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Alas Negras
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