16-06-2025, 09:33 AM
La humedad se pegaba en la piel como una segunda capa, fría y persistente, mientras mis botas crujían sobre el suelo irregular del túnel. Cada paso resonaba como un eco contenido, atrapado en las tripas mismas de aquella isla olvidada. Había algo en el aire, una mezcla entre óxido viejo, tierra podrida y un leve matiz a metal quemado. No era un lugar para turistas. Ni siquiera para aventureros comunes. Esto era territorio para aventureros. Y, sin embargo, allí estaba yo, caminando con una sonrisa torcida en la cara, los dedos de una mano tamborileando ansiosos contra el cuero raído del cinturón. Me sentía excitado. Sí, esa era la palabra. No por el peligro, sino por la promesa de encontrarme con aquel Sapo de Humo. El muy cabrón se me había presentado en sueños, entre susurros de bichos que me hablaban en lenguas que no conocía y que, por algún motivo, comprendía. Era raro, pero ya me había acostumbrado a esas cosas desde que estuve con aquella anciana. Mis pasos me llevaron a un pasillo donde las paredes se abrían en grietas profundas, como bocas abiertas esperando devorarme si pisaba mal. A los lados, restos de mecanismos viejos sobresalían como huesos oxidados. Poleas partidas, engranajes colgando, cables como tripas resecas. Todo hablaba de un tiempo en el que ese lugar había sido algo más: una mina, una base, tal vez un refugio. Ahora solo era un cadáver gigante. Me relamí los labios, tragando saliva con dificultad. Una gota de sudor frío resbaló por mi cuello. La emoción estaba ahí, latiendo, pero mezclada con el nerviosismo pegajoso de no saber qué me iba a saltar de entre esas sombras. Pero seguí caminando. No por valentía, sino porque si me quedaba quieto, me volvía loco. Y porque los insectos no suelen mentirme.
Finalmente, después de andar lo que me parecieron horas, acabé llegando a un sitio distinto, un lugar donde el silencio pesaba más que mis propias pisadas. Lo noté primero por el aire, olía diferente, cargado no solo de humedad, sino de algo estancado, como el perfume rancio de un cadáver que alguien intentó esconder bajo las tablas. Era evidente que, en algún momento, ese sitio había tenido vida. Lo sentías en los restos, paredes con azulejos desportillados que todavía conservaban dibujos a mano, tal vez símbolos, tal vez letras. Viejos postes de luz caídos, algunos aún chisporroteando débilmente con descargas esporádicas, como si se negaran a morir del todo. Un par de bancos herrumbrosos, como los que pondrías en una estación o en una plaza. Todo eso me decía que aquí, en otro tiempo, la gente había vivido, respirado, trabajado… o huido. Pero lo que me heló el estómago fue la fauna. No tardé en ver el primer bicho raro: una rata, pero no una rata normal. Era grande, como un gato flaco, con la piel parcialmente desgarrada y parches donde el pelo parecía quemado. Pero lo peor era su brillo. Tenía zonas del cuerpo que parecían fluorescentes, como si un químico raro le estuviese recorriendo las venas. Parpadeaba en la oscuridad, no con luz, sino con una especie de fosforescencia enfermiza, como si el animal estuviera siendo consumido desde dentro. Y no estaba sola. Un par de murciélagos colgaban de una viga rota, pero sus alas eran de un color verde ácido, con vetas anaranjadas recorriéndolas como venas abiertas. Cuando uno de ellos abrió los ojos, brillaron como faros diminutos, lanzándome un destello que casi me hizo tropezar. No era solo la muerte lo que habitaba allí. Era algo peor, la mutación. La toxicidad había transformado todo lo que alguna vez fue natural en parodias grotescas de sí mismas. Y me pregunté, por un segundo, si el aire que estaba respirando no me haría lo mismo por dentro.
No tardaron en llegar los primeros ataques. Algunas de esas ratas fluorescentes, moviéndose en manada, salieron disparadas desde una rendija de las paredes, como si hubieran olido el sudor o la carne fresca. Chillaban con un sonido agudo, metálico, como si hubieran tragado clavos oxidados. Pero no me puse nervioso. Dejé que se acercaran, sentí la adrenalina cosquilleándome los dedos, y entonces me lancé. No necesitaba armas. Mis puños bastaban. La primera cayó con un solo golpe en el cráneo, un estallido húmedo que me salpicó la mano de una sustancia pegajosa y tibia. La segunda intentó morderme el tobillo, pero levanté la pierna y la pateé contra un muro, oyendo cómo se le quebraban los huesos por dentro. Movimientos rápidos, certeros. No era una pelea justa. Era una masacre. Para mí, casi un calentamiento. Una carcajada se me escapó de la garganta, sin poder evitarlo. Algo dentro de mí disfrutaba de esa brutalidad; no por maldad, sino por la sensación de estar vivo, de sentir que el cuerpo respondía con la fuerza justa en el momento exacto. Pero fue entonces cuando escuché aquel sonido distinto. Un arrastre, húmedo, pesado, como carne deslizándose sobre vidrio. Desde una abertura del techo, cayendo con la torpeza de algo antinatural, apareció la cosa. Una babosa. Pero no cualquier babosa. Era gigantesca, del tamaño de un toro joven, con un caparazón duro cubriéndole el lomo. No era un caparazón normal: estaba hecho de fragmentos de metal y huesos encajados como si alguien, o algo, lo hubiese armado a propósito. El brillo pútrido que salía de sus ojos me hizo apretar los dientes. El combate fue otra historia. Mis golpes rebotaban en su coraza con un sonido seco, frustrante. Una vez me lanzó un chorro de baba espesa y corrosiva que me obligó a rodar por el suelo, rasgándome el codo contra el metal oxidado. El sabor a óxido me llenó la boca, pero no paré. Salté encima de su lomo, buscando las uniones débiles entre placa y placa, y con mis nudillos golpeé hasta que sentí romper algo blando debajo. Con un chillido insoportable, la criatura se agitó, escupiendo un vómito ácido antes de derrumbarse sobre sí misma. Me quedé allí, jadeando, el puño ensangrentado, el cuerpo temblando entre euforia y asco. Y sonreí. Porque, al final, era yo el que seguía en pie.
Finalmente, después de andar lo que me parecieron horas, acabé llegando a un sitio distinto, un lugar donde el silencio pesaba más que mis propias pisadas. Lo noté primero por el aire, olía diferente, cargado no solo de humedad, sino de algo estancado, como el perfume rancio de un cadáver que alguien intentó esconder bajo las tablas. Era evidente que, en algún momento, ese sitio había tenido vida. Lo sentías en los restos, paredes con azulejos desportillados que todavía conservaban dibujos a mano, tal vez símbolos, tal vez letras. Viejos postes de luz caídos, algunos aún chisporroteando débilmente con descargas esporádicas, como si se negaran a morir del todo. Un par de bancos herrumbrosos, como los que pondrías en una estación o en una plaza. Todo eso me decía que aquí, en otro tiempo, la gente había vivido, respirado, trabajado… o huido. Pero lo que me heló el estómago fue la fauna. No tardé en ver el primer bicho raro: una rata, pero no una rata normal. Era grande, como un gato flaco, con la piel parcialmente desgarrada y parches donde el pelo parecía quemado. Pero lo peor era su brillo. Tenía zonas del cuerpo que parecían fluorescentes, como si un químico raro le estuviese recorriendo las venas. Parpadeaba en la oscuridad, no con luz, sino con una especie de fosforescencia enfermiza, como si el animal estuviera siendo consumido desde dentro. Y no estaba sola. Un par de murciélagos colgaban de una viga rota, pero sus alas eran de un color verde ácido, con vetas anaranjadas recorriéndolas como venas abiertas. Cuando uno de ellos abrió los ojos, brillaron como faros diminutos, lanzándome un destello que casi me hizo tropezar. No era solo la muerte lo que habitaba allí. Era algo peor, la mutación. La toxicidad había transformado todo lo que alguna vez fue natural en parodias grotescas de sí mismas. Y me pregunté, por un segundo, si el aire que estaba respirando no me haría lo mismo por dentro.
No tardaron en llegar los primeros ataques. Algunas de esas ratas fluorescentes, moviéndose en manada, salieron disparadas desde una rendija de las paredes, como si hubieran olido el sudor o la carne fresca. Chillaban con un sonido agudo, metálico, como si hubieran tragado clavos oxidados. Pero no me puse nervioso. Dejé que se acercaran, sentí la adrenalina cosquilleándome los dedos, y entonces me lancé. No necesitaba armas. Mis puños bastaban. La primera cayó con un solo golpe en el cráneo, un estallido húmedo que me salpicó la mano de una sustancia pegajosa y tibia. La segunda intentó morderme el tobillo, pero levanté la pierna y la pateé contra un muro, oyendo cómo se le quebraban los huesos por dentro. Movimientos rápidos, certeros. No era una pelea justa. Era una masacre. Para mí, casi un calentamiento. Una carcajada se me escapó de la garganta, sin poder evitarlo. Algo dentro de mí disfrutaba de esa brutalidad; no por maldad, sino por la sensación de estar vivo, de sentir que el cuerpo respondía con la fuerza justa en el momento exacto. Pero fue entonces cuando escuché aquel sonido distinto. Un arrastre, húmedo, pesado, como carne deslizándose sobre vidrio. Desde una abertura del techo, cayendo con la torpeza de algo antinatural, apareció la cosa. Una babosa. Pero no cualquier babosa. Era gigantesca, del tamaño de un toro joven, con un caparazón duro cubriéndole el lomo. No era un caparazón normal: estaba hecho de fragmentos de metal y huesos encajados como si alguien, o algo, lo hubiese armado a propósito. El brillo pútrido que salía de sus ojos me hizo apretar los dientes. El combate fue otra historia. Mis golpes rebotaban en su coraza con un sonido seco, frustrante. Una vez me lanzó un chorro de baba espesa y corrosiva que me obligó a rodar por el suelo, rasgándome el codo contra el metal oxidado. El sabor a óxido me llenó la boca, pero no paré. Salté encima de su lomo, buscando las uniones débiles entre placa y placa, y con mis nudillos golpeé hasta que sentí romper algo blando debajo. Con un chillido insoportable, la criatura se agitó, escupiendo un vómito ácido antes de derrumbarse sobre sí misma. Me quedé allí, jadeando, el puño ensangrentado, el cuerpo temblando entre euforia y asco. Y sonreí. Porque, al final, era yo el que seguía en pie.
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Alas Negras
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