14-06-2025, 01:37 PM
Extraordinario, repito en mi mente. Dejo que las palabras de Dino me devoren, no por ego, sino porque al fin me estaban reconociendo. Aunque uno esté a la deriva, no hay mayor alivio que ser parte, aunque sea por un instante, aunque sea la migaja del logro ajeno. No me fue arrebatada la idea de la misión, pero en el fondo comenzaba a sentirme cómodo en este grupo, y en la guerra eso es algo que puede pagarse caro.
Una tras otra, las intervenciones de mis compañeros eran maravillosas, deducciones de expertos. El más hábil era Dino. No hablaba, danzaba con las palabras. Medía los silencios como si fueran piedras preciosas, ponía pausa donde había lugar para dudar, dejaba huecos para que el misterio fuese una pincelada en nuestra hoja. Y ahí, justo ahí, comenzó la duda. Porque a veces el genio es un antisistema, el que todo lo sabe tiene en sus manos la certeza, y eso, en la ignorancia, es poder. Su perfección me incomodaba. No Naofumi, que parecía solo querer entender. Sino Dino, que tejía la escena como un actor, como quien estudió el guion y conoce el final de la historia. La vida de mariposa nocturna me duró la confianza.
Empecé a preguntarme si estábamos persiguiendo al culpable o caminando junto a él. El tiempo se apoderaba de nuestra labor, no tenía más que pensar. Ya era tarde. Algo en mí se había encendido, una llama tímida que no traía miedo ni furia. Una de esas sospechas que se sienten más en los huesos que en la razón. Alguna vez tuve que mirar una ventana por instinto para entenderlo todo. Los seguí. Me mantuve detrás, como suelo hacer. Al margen, pero viendo todo. Silencioso, austero de palabras y sobrado de dudas, no era el momento de hablar ni opinar, solo de seguir.
Al llegar al escondite del sótano, de inmediato sentimos cómo el aire mudó de piel, se hizo denso, difícil de ignorar, palpable hasta en las papilas gustativas. Una humedad de siglos, respirando polvo y secretos, se mantenía viva, llena de vida. El pasillo es estrecho, un hilo de roca que resguarda la entrada real, un gigante titán de madera que Dino deja cerrar tras nosotros. Nos escolta como el perfecto traidor. Bajo los gestos de cortesía se esconden los puñales. Trato de mantenerme imparcial, pero me es imposible. Tomo las alas de Grau más por instinto que por movimientos apresurados. Y al final, la decisión de entrar al lugar donde los nombres y los relojes se desvanecen, la sala de confinamiento, dicha más como poesía que como castigo.
La cuestión de Dino se deslizó por el pasillo. No cayeron por peso, sino por sus insinuaciones. No fue una orden, mucho menos un ruego, parecía ser un empuje al abismo.
No hablé de golpe, permanecí sin moverme a algunos centímetros del umbral, podía ver mi sombra reflejada por la lámpara, una silueta alargada sobre la húmeda pared. Un olor a madera mojada, encierro y metal oxidado me rozó el rostro como una advertencia. Mantuve el silencio, no por miedo ni decisión. Es una calma tras el lenguaje, fue como una rendición sin la existencia de derrota.
Bajé la vista y surqué con mis ojos las líneas del suelo pulidas por las botas, los castigos y los pasos. No era el único mudo, había algo allí que nunca salió, que también permanecía mudo, en secreto. Y recuperando la postura habitual, rompí el silencio.
-La decisión.
Utilicé un típico recurso, una pausa, un instante de tiempo para tomar un impulso mayor.
-Y si me preguntás, Dino, no creo que el peligro esté allí dentro.
La bufanda me movió como dándome impulso, inspiré profundamente, no para ganar coraje, sino para lidiar con la fragancia que nos inundaba.
-Entro yo porque cargo los ojos de alguien que dejó de confiar.
Y entonces avancé, aferrado al metal de mis alas, Grau. No fui con la firmeza de un militar adiestrado, que se cree indispensable. Más bien, cada paso fue un pliegue, y la lámpara hacía lo épico de aquella situación habitual, retumbando mi sombra por el lugar.
Una tras otra, las intervenciones de mis compañeros eran maravillosas, deducciones de expertos. El más hábil era Dino. No hablaba, danzaba con las palabras. Medía los silencios como si fueran piedras preciosas, ponía pausa donde había lugar para dudar, dejaba huecos para que el misterio fuese una pincelada en nuestra hoja. Y ahí, justo ahí, comenzó la duda. Porque a veces el genio es un antisistema, el que todo lo sabe tiene en sus manos la certeza, y eso, en la ignorancia, es poder. Su perfección me incomodaba. No Naofumi, que parecía solo querer entender. Sino Dino, que tejía la escena como un actor, como quien estudió el guion y conoce el final de la historia. La vida de mariposa nocturna me duró la confianza.
Empecé a preguntarme si estábamos persiguiendo al culpable o caminando junto a él. El tiempo se apoderaba de nuestra labor, no tenía más que pensar. Ya era tarde. Algo en mí se había encendido, una llama tímida que no traía miedo ni furia. Una de esas sospechas que se sienten más en los huesos que en la razón. Alguna vez tuve que mirar una ventana por instinto para entenderlo todo. Los seguí. Me mantuve detrás, como suelo hacer. Al margen, pero viendo todo. Silencioso, austero de palabras y sobrado de dudas, no era el momento de hablar ni opinar, solo de seguir.
Al llegar al escondite del sótano, de inmediato sentimos cómo el aire mudó de piel, se hizo denso, difícil de ignorar, palpable hasta en las papilas gustativas. Una humedad de siglos, respirando polvo y secretos, se mantenía viva, llena de vida. El pasillo es estrecho, un hilo de roca que resguarda la entrada real, un gigante titán de madera que Dino deja cerrar tras nosotros. Nos escolta como el perfecto traidor. Bajo los gestos de cortesía se esconden los puñales. Trato de mantenerme imparcial, pero me es imposible. Tomo las alas de Grau más por instinto que por movimientos apresurados. Y al final, la decisión de entrar al lugar donde los nombres y los relojes se desvanecen, la sala de confinamiento, dicha más como poesía que como castigo.
La cuestión de Dino se deslizó por el pasillo. No cayeron por peso, sino por sus insinuaciones. No fue una orden, mucho menos un ruego, parecía ser un empuje al abismo.
No hablé de golpe, permanecí sin moverme a algunos centímetros del umbral, podía ver mi sombra reflejada por la lámpara, una silueta alargada sobre la húmeda pared. Un olor a madera mojada, encierro y metal oxidado me rozó el rostro como una advertencia. Mantuve el silencio, no por miedo ni decisión. Es una calma tras el lenguaje, fue como una rendición sin la existencia de derrota.
Bajé la vista y surqué con mis ojos las líneas del suelo pulidas por las botas, los castigos y los pasos. No era el único mudo, había algo allí que nunca salió, que también permanecía mudo, en secreto. Y recuperando la postura habitual, rompí el silencio.
-La decisión.
Utilicé un típico recurso, una pausa, un instante de tiempo para tomar un impulso mayor.
-Y si me preguntás, Dino, no creo que el peligro esté allí dentro.
La bufanda me movió como dándome impulso, inspiré profundamente, no para ganar coraje, sino para lidiar con la fragancia que nos inundaba.
-Entro yo porque cargo los ojos de alguien que dejó de confiar.
Y entonces avancé, aferrado al metal de mis alas, Grau. No fui con la firmeza de un militar adiestrado, que se cree indispensable. Más bien, cada paso fue un pliegue, y la lámpara hacía lo épico de aquella situación habitual, retumbando mi sombra por el lugar.
Off
