[Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas
#15
El tajo de Dumati cortó el aire con fiereza, cargado con la desesperación de un hombre que se aferraba a la violencia como último lenguaje. Pero su determinación no fue suficiente para romper la defensa de Jean. Con una precisión que sólo puede nacer del adiestramiento constante y del temple forjado en mil batallas, la marine alzó su espada y desvió el golpe con un movimiento limpio, casi elegante. El acero chirrió brevemente al chocar, pero ella no se detuvo ni un segundo en su impulso. Su cuerpo giró con una fluidez sorprendente, como si cada músculo supiera exactamente cuál era su papel en aquella danza letal. Dio una vuelta completa sobre sí misma, utilizando el impulso del bloqueo para transformarlo en velocidad, y sus pies apenas rozaron el suelo al deslizarse con agilidad felina alrededor de Dumati. En ese instante, Jean no era sólo una combatiente, sino un reflejo de la técnica depurada y la letalidad precisa. Su silueta se desplazó más allá del campo visual inmediato del revolucionario, colocándose en su flanco con una rapidez que bordeaba lo inhumano. Fue entonces cuando, sin mostrar ni una pizca de duda, alzó su espada con ambas manos, llevándola hacia atrás mientras su cuerpo se curvaba levemente, adoptando una postura ofensiva tan estética como mortal. Con un grito contenido en la mirada, canalizó su fuerza en un solo movimiento: un corte descendente, rápido y diagonal, destinado a cruzar el pecho de Dumati desde el hombro hasta la cintura. El filo de la hoja silbó en el aire como una promesa inevitable, como una sentencia que no necesitaba palabras. Era un ataque preciso, no por odio, sino por deber. En ese gesto, Jean demostraba no solo habilidad, sino determinación: si debía ser ella quien pusiera fin a aquella lucha, lo haría sin temblar.

El filo descendente de Jean cortó el aire con violencia implacable, y aunque su intención era rápida y letal, Dumati no se dejó atrapar en la parálisis del asombro. Sus ojos, inflamados de determinación y rabia contenida, reaccionaron antes que su cuerpo. Como un reflejo instintivo, su brazo se tensó y bajó con fuerza la katana que hasta entonces mantenía alzada, alineando el acero para interceptar el tajo que amenazaba con abrirle el pecho. El choque entre ambas espadas resonó con un estruendo seco, el eco metálico rebotando por el aire como el repicar de un juicio suspendido en el filo del combate.Dumati sintió el peso del golpe recorrerle los brazos, como una corriente eléctrica que le sacudía los huesos y tensaba cada músculo. Sus dientes se apretaron y su rostro se crispó, no solo por el esfuerzo, sino por la frustración que lo carcomía por dentro. Aun así, plantó ambos pies con firmeza contra el suelo, resistiendo el envite con la obstinación de quien ya no se permite retroceder. Sus botas se deslizaron un par de centímetros sobre el suelo, levantando polvo y grava, pero su voluntad no cedió ni un palmo más. Entonces, comenzó a empujar. Un rugido nació en lo más profundo de su pecho, no un grito de guerra, sino una especie de súplica convertida en rabia, en impulso. Su espada crujía contra la de Jean, los filos vibraban en lucha, y él avanzaba centímetro a centímetro, intentando doblar la resistencia de la marine con el peso de toda su causa, de toda su desesperación. Las venas de sus brazos se marcaron con claridad, y un sudor frío le bajó por la sien, pero sus ojos no se apartaban de los de ella. -¡Tú no entiendes nada!- Escupió entre dientes, con la voz tensa y rota por el esfuerzo. -¡La revolución no es una excusa… es la única salida que nos dejaron!- Su voz no era la de un mártir, ni la de un líder; era la de un hombre que se caía a pedazos por dentro, pero que se negaba a soltar la espada hasta que su verdad fuese reconocida, aunque fuera a través del filo.

El retumbar del acero seguía resonando por el túnel, amplificado por la cercanía de las paredes de roca, como si cada cruce de espadas fuera una sentencia dictada por la tierra misma. Dumati y Jean seguían forcejeando, sus brazos tensos, sus rostros tan cercanos que podían sentir la respiración del otro, el calor de la batalla condensado entre ellos como una tempestad que no cedía. Las chispas brotaban del roce violento de las hojas, salpicando luz fugaz en medio de la penumbra de aquel pasadizo donde todo parecía al borde del colapso. Cada segundo era una eternidad de presión, de músculos sobrecargados, de emociones contenidas al borde del desgarro. Dumati, aunque aún empujaba, sentía que sus fuerzas comenzaban a menguar. Las palabras de Jean seguían latiendo en su mente como un eco martilleante. Y justo cuando parecía que el momento se congelaba en la tensión del acero, un sonido abrupto quebró el ritmo del combate. Una explosión seca retumbó en lo alto del túnel, como el rugido contenido de una bestia que por fin encontraba una grieta por donde liberarse. Fragmentos de piedra y polvo comenzaron a desprenderse del techo. Algunos cayeron como pequeños avisos del desastre, pero pronto una gran masa de escombros se precipitó al vacío con estrépito. Desde ese cráter recién formado, una figura descendió. No cayó, no rodó, no tropezó: descendió con una precisión tan solemne como imponente, aterrizando de pie a escasos cuatro metros de los combatientes. El sonido del impacto fue seco, firme, y las rocas alrededor se apartaron como si reconocieran la autoridad de quien acababa de irrumpir. La Sargento Ville se irguió con una quietud que imponía más que cualquier grito. Su uniforme blanco se mantenía impecable, sin una arruga, sin un rastro de polvo, como si el caos no tuviera permiso para tocarla. Solo los bajos de sus pantalones, manchados con manchas oscuras de sangre seca, delataban que venía de otra batalla, quizás una más brutal aún. Sus ojos, duros como el acero, se posaron sobre Dumati con la serenidad de alguien que no contempla la derrota como una posibilidad. -Tu intento de revolución o lo que sea, termina aquí, Dumati...- Declaró con voz firme, sin alzar el tono, pero con un filo que cortaba más que cualquier espada. -Ríndete… mientras aún tengas piernas para hacerlo por tu cuenta.-

La quietud tensa que siguió a la aparición de la Sargento Ville no fue casual. Era el tipo de silencio que solo la autoridad absoluta puede imponer en medio del caos. El polvo aún flotaba en el aire como un velo translúcido, y el eco de la explosión persistía en las profundidades del túnel como un susurro que se negaba a extinguirse. Ville se mantenía firme, con la espalda recta, los brazos relajados a los costados y la mirada dura como granito. Su porte no requería adornos ni grandes gestos: bastaba su sola presencia para que todo el entorno de piedra, acero y sangre, se alineara a su voluntad. Lentamente, su mirada se deslizó hacia Jean, evaluando con la precisión de quien ha visto suficientes batallas para distinguir la verdad del espectáculo. Durante un largo segundo, solo sus ojos hablaron. Serios, implacables, pero no carentes de un destello sutil de respeto. Finalmente, asintió apenas con el mentón, tan leve que cualquier otro lo habría pasado por alto, pero no Jean. -Buen trabajo.- Dijo, seca pero con un peso que no necesitaba florituras. -Eres la única que sigue de pie. Sigue así… y no tendrás que arrastrarte como los demás.- El reconocimiento, viniendo de alguien como Ville, no era una caricia. Era un sello de legitimidad. Jean, pese al cansancio y las heridas, sintió que su espalda se erguía un poco más, como si su cuerpo respondiera instintivamente al honor de ser reconocida por la sargento. Pero ese momento fue breve. Dumati, con la sangre aún ardiendo en sus venas y el orgullo tan herido como su cuerpo, no soportó el desdén de ser ignorado. Rugió con rabia contenida y se abalanzó una vez más, espada en alto, directo hacia Jean, buscando una última chispa de redención, o venganza. Sin embargo, no llegó. La sargento se movió con una velocidad que no correspondía a su armadura ni a su apariencia serena. Se deslizó entre Dumati y Jean con la naturalidad de quien ya había anticipado el ataque antes de que ocurriera. Su pierna subió con fuerza y precisión, impactando directamente en la muñeca del revolucionario, haciendo que la espada volara por el aire con un destello de acero girando. Antes de que su cuerpo pudiera reaccionar al desarme, la otra pierna de Ville giró con fluidez, conectando un golpe brutal en el rostro de Dumati, cuyo cuerpo se elevó por la fuerza del impacto y cayó de espaldas al suelo, inerte. Inconsciente. El polvo volvió a asentarse. Y con él, la autoridad de la Marina.

La figura imponente de la Sargento Ville permanecía en el centro del túnel como un monolito de determinación, rodeada por los ecos del combate que lentamente se desvanecían en la penumbra. A su alrededor, el aire olía a tierra removida, sudor y pólvora reciente. Dumati yacía inconsciente a pocos metros, derrotado por la eficacia fulminante de la justicia. Jean, aún respirando con fuerza, mantenía la postura tensa de quien no baja la guardia hasta que recibe la orden expresa de hacerlo. Su uniforme estaba desgarrado en varios puntos, manchado con el polvo del suelo y el sudor del esfuerzo, pero sus ojos seguían firmes, atentos. No buscaba reconocimiento, solo confirmación de que había hecho lo correcto. Ville se giró hacia ella, clavando una mirada severa, sin adornos ni dulzura, pero tampoco carente de cierta humanidad. -Marine Jean D’Orlanais.- Comenzó con voz firme, cada palabra articulada con precisión casi militar. -Redacta un informe completo con todo lo que ha ocurrido aquí. No omitas detalles. Quiero saber cómo se desarrolló el enfrentamiento, cuántos hombres quedaron fuera de combate, cuál fue la ruta que tomaron los rebeldes, y cómo lograste mantenerte en pie cuando el resto cayó.- No fue una petición. Fue una orden clara, inapelable. Sin embargo, en su tono, austero pero sincero, había un leve reconocimiento que no pasó desapercibido. Tras una pausa breve, Ville bajó apenas la voz, sin perder su temple. -Y gracias. Has cumplido con tu deber con más honor del que muchos logran en años. Ese hombre…- Lanzó una mirada hacia el cuerpo inerte de Dumati. - Era un elemento peligroso. Un revolucionario que llevaba semanas intentando sembrar ideas disidentes en esta isla. Había empezado a captar trabajadores de los astilleros, e incluso algunos soldados de bajo rango. Si no lo hubiéramos detenido hoy, quién sabe cuántos más habría convencido.- Sus palabras no buscaban consolar. Ville no era de esas. Pero en su reconocimiento no había mentira, y eso era más valioso que cualquier elogio decorativo. La justicia, en su mundo, se medía en actos cumplidos y deberes no abandonados. Y Jean, con heridas abiertas y la fatiga pesando sobre sus hombros, acababa de cumplir el suyo.

INFO
[Imagen: oSgdXs8.png]
Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -


Mensajes en este tema
RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - por Kenzo D. Fujiwara - 07-06-2025, 04:06 AM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)