05-06-2025, 12:24 AM
Es curioso lo rápido que la gente cuestiona un gesto, una sonrisa, un pliegue. Tratan de buscarle una explicación a aquello que apenas yo podía comprender. No era ni magia ni un truco, simplemente soy un hombre que el mar dejó de lado, que el mar abandonó. Un hombre al que un demonio besó, quitándole el aliento, pero dotándolo de ese absurdo talento de doblarlo todo. No me limitaba una hoja ni su geometría, con este don, podía plegarlo todo. Un gran precio fue el que pagué, y no lo volvería a pagar si supiera las consecuencias. A veces pienso si esto es real, o quedé sumergido en algún sueño mal contado.
-Fui abandonado por el mar.
Le contesté a mi compañero, haciendo que la voz retumbara en cada centímetro de mi máscara. Traté de no ser exacto, de mantener el misterio: si era capaz de descifrar mis palabras, sería digno de conocer uno de mis más grandes secretos. A veces solo basta con dejar migajas; no hay que dar la información digerida. El camino, cómo lo curses, será suficiente estímulo para una mente con tantas cuestiones. Y sumando a esto para mi todo esto también era nuevo.
No teníamos mucho tiempo para discutirlo. Enfrente nuestro, el rival, golpeado, parecía inmaculado como una gigantesca muralla de odio, de la peor materia fecal del mar. Parecía que todas mis intenciones de derribarlo serían en vano. No sabía si estábamos solos, si Ryu seguía vivo, o si alguien sería capaz de lanzarnos una soga.
El enmascarado se lanzó a toda prisa, buscando devorarme. Volví a leer en sus movimientos; alguna vez luché contra alguien similar, contra un amigo. Vladimir me había preparado más para esta batalla de lo que yo mismo entendía. Comprendí entonces que mi cuerpo ondeante, plegado, flamante, sería suficiente para amortiguar sus golpes. Preparé mi anatomía para recibir su salto, mi cuerpo, ahora convertido en bandera, solo me invitaba a moverme, a elevarme con la brisa. Pude sentir el impacto del fortachón, un voraz cabezazo que, de no ser por mi maldición, podría haberme costado el equilibrio.
Luego del golpe vino el serpenteo, esa manera de montar el espacio con mi cuerpo convertido en tela. Me volví un delgado suspiro de ser humano para escabullirme con precisión entre las piernas del grandulón, que tendría que agacharse y girar si quería ver mi figura. Me alejé tres metros en dirección opuesta a la de su mirada. En mi destino, me erguí con Grau en la mano; aún parecía estremecido por haber chocado contra el coloso anteriormente.
Volví a emular el lanzamiento de una pelota de béisbol. Mi arma voló, sutil, silenciosa, buscando dañar nuevamente la nuca de aquel infeliz. Este golpe no fue como el anterior, aún tenía un agitado estado que no me permitía concentrarme lo suficiente. Sería una pelea de resistencia, de ida y vuelta. El búmeran surcó el cielo con la desesperación de volver, parecía que no quería llegar al objetivo, sino regresar a mi mano como siempre, volo rapida tratando de hacer su trabajo y pegar la vuelta a toda prisa.
Esta vez me alejé de Max, dejando la posibilidad de que mi compañero me apoyara sin ser parte del daño colateral. Con un solo golpe del gorila, cualquiera de nosotros besaría el suelo.
-Fui abandonado por el mar.
Le contesté a mi compañero, haciendo que la voz retumbara en cada centímetro de mi máscara. Traté de no ser exacto, de mantener el misterio: si era capaz de descifrar mis palabras, sería digno de conocer uno de mis más grandes secretos. A veces solo basta con dejar migajas; no hay que dar la información digerida. El camino, cómo lo curses, será suficiente estímulo para una mente con tantas cuestiones. Y sumando a esto para mi todo esto también era nuevo.
No teníamos mucho tiempo para discutirlo. Enfrente nuestro, el rival, golpeado, parecía inmaculado como una gigantesca muralla de odio, de la peor materia fecal del mar. Parecía que todas mis intenciones de derribarlo serían en vano. No sabía si estábamos solos, si Ryu seguía vivo, o si alguien sería capaz de lanzarnos una soga.
El enmascarado se lanzó a toda prisa, buscando devorarme. Volví a leer en sus movimientos; alguna vez luché contra alguien similar, contra un amigo. Vladimir me había preparado más para esta batalla de lo que yo mismo entendía. Comprendí entonces que mi cuerpo ondeante, plegado, flamante, sería suficiente para amortiguar sus golpes. Preparé mi anatomía para recibir su salto, mi cuerpo, ahora convertido en bandera, solo me invitaba a moverme, a elevarme con la brisa. Pude sentir el impacto del fortachón, un voraz cabezazo que, de no ser por mi maldición, podría haberme costado el equilibrio.
Luego del golpe vino el serpenteo, esa manera de montar el espacio con mi cuerpo convertido en tela. Me volví un delgado suspiro de ser humano para escabullirme con precisión entre las piernas del grandulón, que tendría que agacharse y girar si quería ver mi figura. Me alejé tres metros en dirección opuesta a la de su mirada. En mi destino, me erguí con Grau en la mano; aún parecía estremecido por haber chocado contra el coloso anteriormente.
Volví a emular el lanzamiento de una pelota de béisbol. Mi arma voló, sutil, silenciosa, buscando dañar nuevamente la nuca de aquel infeliz. Este golpe no fue como el anterior, aún tenía un agitado estado que no me permitía concentrarme lo suficiente. Sería una pelea de resistencia, de ida y vuelta. El búmeran surcó el cielo con la desesperación de volver, parecía que no quería llegar al objetivo, sino regresar a mi mano como siempre, volo rapida tratando de hacer su trabajo y pegar la vuelta a toda prisa.
Esta vez me alejé de Max, dejando la posibilidad de que mi compañero me apoyara sin ser parte del daño colateral. Con un solo golpe del gorila, cualquiera de nosotros besaría el suelo.
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