27-05-2025, 09:29 AM
La sonrisa de Jean se ensanchó un poco más al ver la reacción de Casca. Los segundos de silencio, densos y cargados, eran en realidad el sonido de un muro mostrando una pequeña grieta. Detrás de lo errático de sus pensamientos, de esa ferocidad que había mostrado con Mel, del cinismo con el que parecía ver a toda la organización de la Marina, había un chico exhausto, un alma herida que solo buscaba un ancla y un sitio donde poder descansar y tomar aire. Jean miraba con tranquilidad a los turbulentos ojos de Casca, atendiendo a sus palabras sin prisa.
Ignoraba que le había pasado a aquel chico con la Marina, pero era evidente que le había fallado. No era algo extraño, no podían llegar a todas partes, e inevitablemente, bien por omisión, bien por la propia acción de los marines, podía haber daños colaterales. Casca parecía ser uno de ellos. Un chico joven que se había hecho cazarrecompensas y que veía en la Marina no a una organización amiga en la que poder apoyarse, sino seguramente un mal contra el que combatir. Otro más. Piratas, criminales, marines... ¿Todos eran lo mismo para él? Debía ser agotador. Creer que todo y todos estaban en contra de uno. El mundo entero un sitio sombrío, lleno de peligros donde nadie podía confiar en nadie. Jean comenzaba a comprender que la forma errática en la que se había estado comportando Casca no era fruto de una mente voluble, sino de una actitud a la defensiva de quien se creía en territorio enemigo.
- Puedes estar tranquilo, aquí yo vigilaré tus espaldas. - le tranquilizó ladeando ligeramente la cabeza en un gesto tierno. Pensaba en cómo Casca veía aquel lugar como una celda dorada. - Para ti esto es un laberinto, una jaula. Para mi es un lugar donde, a pesar de sus fallos, todavía hay gente que intenta hacer lo correcto. Gente que, como tu, se cansó de mirar a otro lado. Y no te hablo de Marines con emblema en el pecho. Te hablo de cocineros, técnicos, médicos... De personas que han encontrado aquí una forma de contribuir a la sociedad de la mejor manera que pueden hacerlo.
Se incorporó un poco, alejándose unos centímetros de Casca y se detuvo, dejando que sus palabras se asentasen. Era una pequeña pausa calculada para darle tiempo a Casca a asimilar y respirar ese nuevo espacio de posibilidades.
- Puede que nunca veas este sitio como un hogar. Pero, solo te pido una cosa: Permítete ver. Respirar. Mira. - dijo extendiendo los brazos a sus lados, con Marines pasando a su alrededor, algunos mirándolos con curiosidad, otros demasiado centrados en los papeles que llevaban entre las manos para pararse a curiosear. - Lo creas o no, el interés de toda esta gente no es clavarte un puñal en la espalda. Unos llevan informes de misiones a registro, otros se están preparando para salir de patrulla, otros van camino a entrenar y formar a los reclutas... Y todos con el mismo objetivo: Poder hacer del mundo un lugar mejor. Con mayor o menor éxito, pero todos aspiran a ello.
Se detuvo de nuevo, inspirando el aire del pasillo y expulsándolo lentamente.
- Puede que este no sea tu hogar... Pero desde luego no va a ser un sitio hostil para ti.
Le tendió la mano.
- Vamos, sigamos. - le dijo con una sonrisa.
Ignoraba que le había pasado a aquel chico con la Marina, pero era evidente que le había fallado. No era algo extraño, no podían llegar a todas partes, e inevitablemente, bien por omisión, bien por la propia acción de los marines, podía haber daños colaterales. Casca parecía ser uno de ellos. Un chico joven que se había hecho cazarrecompensas y que veía en la Marina no a una organización amiga en la que poder apoyarse, sino seguramente un mal contra el que combatir. Otro más. Piratas, criminales, marines... ¿Todos eran lo mismo para él? Debía ser agotador. Creer que todo y todos estaban en contra de uno. El mundo entero un sitio sombrío, lleno de peligros donde nadie podía confiar en nadie. Jean comenzaba a comprender que la forma errática en la que se había estado comportando Casca no era fruto de una mente voluble, sino de una actitud a la defensiva de quien se creía en territorio enemigo.
- Puedes estar tranquilo, aquí yo vigilaré tus espaldas. - le tranquilizó ladeando ligeramente la cabeza en un gesto tierno. Pensaba en cómo Casca veía aquel lugar como una celda dorada. - Para ti esto es un laberinto, una jaula. Para mi es un lugar donde, a pesar de sus fallos, todavía hay gente que intenta hacer lo correcto. Gente que, como tu, se cansó de mirar a otro lado. Y no te hablo de Marines con emblema en el pecho. Te hablo de cocineros, técnicos, médicos... De personas que han encontrado aquí una forma de contribuir a la sociedad de la mejor manera que pueden hacerlo.
Se incorporó un poco, alejándose unos centímetros de Casca y se detuvo, dejando que sus palabras se asentasen. Era una pequeña pausa calculada para darle tiempo a Casca a asimilar y respirar ese nuevo espacio de posibilidades.
- Puede que nunca veas este sitio como un hogar. Pero, solo te pido una cosa: Permítete ver. Respirar. Mira. - dijo extendiendo los brazos a sus lados, con Marines pasando a su alrededor, algunos mirándolos con curiosidad, otros demasiado centrados en los papeles que llevaban entre las manos para pararse a curiosear. - Lo creas o no, el interés de toda esta gente no es clavarte un puñal en la espalda. Unos llevan informes de misiones a registro, otros se están preparando para salir de patrulla, otros van camino a entrenar y formar a los reclutas... Y todos con el mismo objetivo: Poder hacer del mundo un lugar mejor. Con mayor o menor éxito, pero todos aspiran a ello.
Se detuvo de nuevo, inspirando el aire del pasillo y expulsándolo lentamente.
- Puede que este no sea tu hogar... Pero desde luego no va a ser un sitio hostil para ti.
Le tendió la mano.
- Vamos, sigamos. - le dijo con una sonrisa.
