26-05-2025, 11:34 AM
(Última modificación: 26-05-2025, 11:44 AM por Casca Belles.)
Todo tiembla. El mundo se parte en astillas que crujen bajo mis pies y cada tabla que se quiebra me recuerda que estamos a un latido del fondo del mar. No grito. No hace falta. Bigotes lo entiende. Lo ve. Lo siente. El muy bruto, con esa mole de músculos y bondad que es, levanta a Rimera y la deja caer con una furia que sacude incluso al aire. La madera resiste por un segundo. Solo un segundo. Luego cede. Rimera vuelve a caer, y esta vez… esta vez nos abre un camino. Un agujero hacia la vida.
Siento el golpe en el pecho antes de que suceda. No es físico, no todavía. Es esa sacudida que te dice: “Muévete o muere”. Corro. No sé si mis pies tocan suelo o si mis alas quieren reaccionar por instinto, pero las mantengo plegadas, aferradas a mi espalda. Me lanzo tras Bigotes, y por el rabillo del ojo veo a Rosita. No grita. Solo corre también. La maldita siempre es rápida.
Todo es polvo, astillas, aire denso y adrenalina. La estructura cae, ruge como un leviatán herido. El barco, ese gigante dormido, se desmorona en cámara lenta mientras cruzamos el umbral que Bigotes abrió con su terquedad semigigante.
Y entonces… silencio.
Solo polvo. Y tres siluetas que emergen tosiendo, cubiertas de madera, sal y algo que solo podría describir como historia. Nos encontramos entre miradas, entre jadeos. Seguimos vivos. Por alguna condenada razón, lo conseguimos.
Y ahí está. El cofre. No más grande que una sandía, con más misterio que un mapa sin tinta. Rosita lo abre. El Corazón del Mar. Un espiral blanco, pálido, como si el tiempo lo hubiera estado besando para robarle el brillo. Pero tiene algo. Algo en la punta. Lo apretamos. No sé quién lo hace, pero yo también lo haría. La curiosidad siempre ha sido más fuerte que el sentido común.
Y entonces lo escucho.
Primero un piano. Luego voces. Muchas. La canción es vieja, lo sé sin saber cómo. “Yohoho yohoho, yohoho yohoho…” La melodía es tan antigua como el viento, como las historias que se susurran entre piratas antes de dormir. No entiendo cómo, pero la siento mía. Como si ya la hubiera oído de niño, en la voz rota de algún borracho que hablaba de tesoros malditos y mares que cantaban.
El Corazón del Mar se deshace. Lo veo, grano a grano. El polvo cae entre nuestros dedos, como si nunca hubiera estado allí. No hay oro. No hay gloria. Solo canción. Solo ese eco imposible que ya no puedo sacar de mi cabeza.
Y el barco… La Sombra del Mar… se lo traga el océano. Como si supiera que su propósito ya terminó. Como si ese canto hubiera sido su epitafio.
No digo nada. No necesito hacerlo.
Solo camino con ellos, con Bigotes y Rosita, alejándonos de la playa. Dejando atrás la historia, pero llevándola dentro. ¿Un corazón de mar que canta antes de morir? Claro. Por eso son leyendas.
Y si me preguntan… sí, sonrío. Porque aunque mis bolsillos estén vacíos, mi corazón tararea. Y eso, eso vale más que cualquier tesoro.
"Supongo que no se puede hacer nada, espero que no se me haya mojado el tabaco", pienso, sacudiendo la cajetilla momentos atrás en mi bolsillo y prendiendo uno.
Nos alejamos de la playa en silencio. Las huellas que dejamos se borran pronto, tragadas por el vaivén lento de las olas que siguen lamiendo la arena, como si no quisieran que nos llevemos nada. Miro una última vez hacia atrás, hacia el sitio donde se deshizo el Corazón del Mar, donde la canción terminó… y donde, sin querer, empezamos a funcionar como tripulación.
Rosita camina unos pasos por delante, los brazos cruzados, como si pudiera atrapar en su pecho ese momento antes de que se disuelva en el viento. Bigotes se retrasa un poco, recogiendo a su modo el aire del lugar con sus carcajadas y su mirada nostálgica. Yo voy en medio, manos en los bolsillos, alas bien plegadas, y un vacío raro en el estómago. No hambre. Algo más complicado.
“Keehkekeke… vaya final”, dice Bigotes por detrás, y lo oigo sin girarme.
No le contesto. Pero en mi cabeza su frase se queda flotando, como la melodía que aún zumba en el fondo de mis pensamientos. La canción no se va. Tampoco quiero que lo haga.
No sé qué clase de magia encerraba esa concha, pero durante esos tres minutos… no pensé en mi madre, ni en Akauri, ni siquiera en Eleon. Solo pensé en ellos dos, en esta playa, en esa música. Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí a la defensiva.
Caminar así, con esa calma… se siente sucio. Como si no debiera. Pero lo hago. Porque lo merecemos.
"La próxima vez…" pienso en voz baja… "debería dar algo de dinero. Algo real. Porque si vamos a seguir en esto" —y parece que sí— "más me vale aprender a cuidar lo que me importa, antes de que desaparezca como ese maldito polvo blanco. Y poder invitarles a una ronda no estaría mal, no se puede hacer nada."
Keehkekeke… Bigotes pregunta si alguien quiere otra aventura.
No respondo. Pero no freno el paso.
Y eso ya dice demasiado.
Siento el golpe en el pecho antes de que suceda. No es físico, no todavía. Es esa sacudida que te dice: “Muévete o muere”. Corro. No sé si mis pies tocan suelo o si mis alas quieren reaccionar por instinto, pero las mantengo plegadas, aferradas a mi espalda. Me lanzo tras Bigotes, y por el rabillo del ojo veo a Rosita. No grita. Solo corre también. La maldita siempre es rápida.
Todo es polvo, astillas, aire denso y adrenalina. La estructura cae, ruge como un leviatán herido. El barco, ese gigante dormido, se desmorona en cámara lenta mientras cruzamos el umbral que Bigotes abrió con su terquedad semigigante.
Y entonces… silencio.
Solo polvo. Y tres siluetas que emergen tosiendo, cubiertas de madera, sal y algo que solo podría describir como historia. Nos encontramos entre miradas, entre jadeos. Seguimos vivos. Por alguna condenada razón, lo conseguimos.
Y ahí está. El cofre. No más grande que una sandía, con más misterio que un mapa sin tinta. Rosita lo abre. El Corazón del Mar. Un espiral blanco, pálido, como si el tiempo lo hubiera estado besando para robarle el brillo. Pero tiene algo. Algo en la punta. Lo apretamos. No sé quién lo hace, pero yo también lo haría. La curiosidad siempre ha sido más fuerte que el sentido común.
Y entonces lo escucho.
Primero un piano. Luego voces. Muchas. La canción es vieja, lo sé sin saber cómo. “Yohoho yohoho, yohoho yohoho…” La melodía es tan antigua como el viento, como las historias que se susurran entre piratas antes de dormir. No entiendo cómo, pero la siento mía. Como si ya la hubiera oído de niño, en la voz rota de algún borracho que hablaba de tesoros malditos y mares que cantaban.
El Corazón del Mar se deshace. Lo veo, grano a grano. El polvo cae entre nuestros dedos, como si nunca hubiera estado allí. No hay oro. No hay gloria. Solo canción. Solo ese eco imposible que ya no puedo sacar de mi cabeza.
Y el barco… La Sombra del Mar… se lo traga el océano. Como si supiera que su propósito ya terminó. Como si ese canto hubiera sido su epitafio.
No digo nada. No necesito hacerlo.
Solo camino con ellos, con Bigotes y Rosita, alejándonos de la playa. Dejando atrás la historia, pero llevándola dentro. ¿Un corazón de mar que canta antes de morir? Claro. Por eso son leyendas.
Y si me preguntan… sí, sonrío. Porque aunque mis bolsillos estén vacíos, mi corazón tararea. Y eso, eso vale más que cualquier tesoro.
"Supongo que no se puede hacer nada, espero que no se me haya mojado el tabaco", pienso, sacudiendo la cajetilla momentos atrás en mi bolsillo y prendiendo uno.
OFF
Nos alejamos de la playa en silencio. Las huellas que dejamos se borran pronto, tragadas por el vaivén lento de las olas que siguen lamiendo la arena, como si no quisieran que nos llevemos nada. Miro una última vez hacia atrás, hacia el sitio donde se deshizo el Corazón del Mar, donde la canción terminó… y donde, sin querer, empezamos a funcionar como tripulación.
Rosita camina unos pasos por delante, los brazos cruzados, como si pudiera atrapar en su pecho ese momento antes de que se disuelva en el viento. Bigotes se retrasa un poco, recogiendo a su modo el aire del lugar con sus carcajadas y su mirada nostálgica. Yo voy en medio, manos en los bolsillos, alas bien plegadas, y un vacío raro en el estómago. No hambre. Algo más complicado.
“Keehkekeke… vaya final”, dice Bigotes por detrás, y lo oigo sin girarme.
No le contesto. Pero en mi cabeza su frase se queda flotando, como la melodía que aún zumba en el fondo de mis pensamientos. La canción no se va. Tampoco quiero que lo haga.
No sé qué clase de magia encerraba esa concha, pero durante esos tres minutos… no pensé en mi madre, ni en Akauri, ni siquiera en Eleon. Solo pensé en ellos dos, en esta playa, en esa música. Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí a la defensiva.
Caminar así, con esa calma… se siente sucio. Como si no debiera. Pero lo hago. Porque lo merecemos.
"La próxima vez…" pienso en voz baja… "debería dar algo de dinero. Algo real. Porque si vamos a seguir en esto" —y parece que sí— "más me vale aprender a cuidar lo que me importa, antes de que desaparezca como ese maldito polvo blanco. Y poder invitarles a una ronda no estaría mal, no se puede hacer nada."
Keehkekeke… Bigotes pregunta si alguien quiere otra aventura.
No respondo. Pero no freno el paso.
Y eso ya dice demasiado.
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