08-05-2025, 01:20 AM
25 de Otoño, Año 14
Capitulo 1"Reliquias del Sol"
Un beso insoportable, urgente y desgarrador. Mis labios todavía sienten el perfume hediondo y marchito de las fauces perpetuas del demonio. Su sabor amargo quedó anclado en mi lengua, en mi alma; una herencia maldita, moribunda.
No quería pertenecer al mundo con tanta inmediatez, con tanta soledad, con tanta responsabilidad. Apenas era un joven en cacería del absurdo, dolido por los estragos del poder, de la piratería. ¿Por qué, en aquel apartado y lúgubre rincón del mundo, el mar me había quitado su gracia? Con la mayor hidalguía y honor actué. Con todo lo que mi corazón agrietado podía soportar, con la inmundicia de mi inmadurez y mi código intachable. Y aun así, el mar me dio la espalda. Ya no podía surcar sus crestas, no podía sumergirme y dejarme pensar. Solo mi papel doblado era capaz de acariciarlo, de tocarlo. La magnífica ofrenda que podía hacerle eran esas hojas geométricas que se perdían en su regazo. Por eso hoy cuento esta historia; el día que conocí las reliquias del sol.
Un mar que marcó el principio de mi aventura, de mi madurez, del hombre que soy ahora; West Blue. El día que enterré más sonrisas que enemigos. Surcábamos sin apuro las crestas del gran azul, con una misión práctica y conocida; barrer. Debíamos dar con una banda de no más de una docena de bandidos que atormentaban a los artistas locales, escondidos en el corazón de un bosque casi muerto. Por más heroico que pareciera aquel acto, no era más que una mera marca de presencia. Cobrábamos por cobertura, para poder pagar las provisiones de nuestra base.
Éramos todos cachorros de marines. En total treinta y siete reclutas en busca de experiencia, un puñado de siete soldados rasos, dos sargentos y el capitán, que hombre. El destino una isla no muy grande, más bien mediana. Su niebla viva devoraba la visión de cualquiera y a los nuevos podía llevar a despistarlos. Las lluvias y el frío eran persistentes. Nosotros teníamos el equipo necesario, los más experimentados del lugar conocían con lujo de detalle cada rincón. Uno de los nuestros, al tocar tierra, tomó un puñado de arena, rezó y dejó que el viento la arrebatara de su palma. Grano a grano, el rezo se fue con la brisa.
Caminamos formados, sin romper la geometría, buscando el bosque. Delante, los superiores inmediatos marcaban el camino entre la niebla. Detrás, el capitán y sus dos sargentos nos observaban, cuestionándonos a cada paso que dábamos. El destino era la arbolada que podíamos ver delante. Un lugar con vegetación en desuso, repleto de silencio, donde cada gesto vital humano se percibía como un eco macabro. Un escondite ideal para una banda de vándalos.
Entre las filas, nadie hablaba. Apenas se miraban. Ni un gesto, ni una duda marcaba la expresión. Marchábamos como máquinas. Y la verdad, de aquel grupo, ninguno tenía la experiencia suficiente. La Marina es ese lugar donde no hay espacio para una risa. Donde el eco de la respiración coordinada y las botas sobre el terreno se entrelazan en una sola melodía. Las órdenes se vuelven cuñas que calan el pecho y dejan de ser palabras. Algunos se construyen en base a ideales, a palabras madre. Y otros, como yo, simplemente estábamos ahí.
No conocía a ninguno de los que marchábamos. No conocía sus historias, de dónde venían, si tenían algún sueño. Entre el hedor a humedad y hojas en plena composta, apenas podía oler el cigarrillo que fumaban los de adelante; los superiores. En las batallas, la identidad es solo un agregado, una causa prescindible que apenas sirve para completar un legajo. Yo estaba tan equivocado. Apenas éramos jóvenes. Hoy me gustaría saber sus nombres, conocer el color de sus risas, el aroma de sus ojos bajo el sol. Todos éramos reliquias. Mi maestro, con el tiempo, nos llamaría "Reliquias del Sol".
La luna era la única testigo del movimiento sistemático de nuestro grupo. Y cortando el aire con un soplo imperceptible para el ambiente, pero no para nuestras orejas, uno de los rasos sentenció.
—De Bali hasta Tonkson, síganme.
No fue necesario que dijera más. De los treinta y siete, nueve sombras formaron tras dos rasos que se movieron por la izquierda del bosque.
Otro raso susurró.
—De Jailu a Bairen.
Otras nueve sombras marcharon tras dos rasos, esta vez hacia la derecha.
Otra vez, la misma secuencia.
—De Alag a Simerf.
Nueve entes se perdieron en la maleza con dos rasos que estaban delante. Quedábamos ocho.
—El resto, vengan conmigo.
Ya no importaban nuestros nombres. Yo era el último, siempre. Caminaba atrás del resto. Un detalle que no dejé escapar aunque los reclutas éramos ajenos a nuestras identidades, cada rango inmediato nos conocía lo suficiente para reconocer rostros con nombres. No éramos ajenos a la misión.
Con un giro de ciento ochenta grados, el raso nos guió en dirección contraria a la del bosque. Atravesamos al grupo del capitán y los sargentos. Antes de perdernos en la espesura de las ramas muertas, el capitán habló.
—Marco, cuida al grupo.
La mirada del capitán entró en el cuerpo del raso que nos guiaba. Con la vehemencia de su postura, erguido como un pilar, respondió.
—¡Sí, señor!
Bali, Tonkson, Jailu, Bairen, Alag y Simerf. Son los nombres que aquel recuerdo perpetuó en mi cabeza. La memoria de mis treinta y siete compañeros se sostiene de aquellos que fueron nombrados. Nadie habló. En la Marina, preguntar es un acto de debilidad, de duda, de carga.
Apenas nos mirábamos, buscando complicidad entre los reclutas. Marco aumentó el ritmo. Así lo llamó el capitán; Marco. Con el tiempo entendería que los nombres propios son señuelos, disfraces de identidad, para hacer más frío el camino y más exitosa la misión. Me mantuve atrás. No por miedo, sino para observar. Uno, desde el fondo, siempre ve más; espaldas, armas, el ritmo de la marcha. Para entender. Y en esa soledad de miradas, comencé a doblar papel de memoria, siguiendo patrones sin ver la hoja.
Entre el grupo iba un raso gigantesco, robusto, de apariencia delicada y gentil. No habló en ningún momento. El que le seguía en la fila era un recluta que no despegó la mirada del suelo; esquivaba ramas y hojas para hacer mudo su andar. Otro cargaba una mochila significativamente más grande de lo que debería, pero avanzaba sin queja. Uno gordo, otro flaco, con las caras llenas de miedo, casi pálidos. Otros albinos, como mis papeles. Los tres siguientes apenas podía verlos. Estaban tan cerca de mí que me era imposible leer sus emociones, sus historias. Cabello corto, azabache. Los tres parecían de la misma estatura. Como tizoncillos.
Éramos nueve entes formados a toda prisa, caminando, esquivando el miedo y las ramas. Y entre las copas de los árboles se alzaba un hilo de humo tan delgado que solo ojos expertos como los de Marco pudieron detectarlo. Nos hizo detenernos con un gesto de la mano. Sin decir palabra, nos señaló el final de la fogata recién apagada. Era la única señal de vida en aquel apartado mundo que parecía estar cansado de existir. Todo era soledad. Barro, ramas secas como espinas, colchones de hojas muertas sobre el fango. Ecos de nuestros pasos y nuestras torpezas. Esas pequeñas torpezas eran las que nos hacían parecer vivos. Una mirada fugaz al compañero, una mueca en forma de risa al pisar una rama seca, soltar los hombros rompiendo ese estado casi irreductible. Estábamos vivos. Años después, en la Marina, aprendería a poner en palabras lo que aquella noche no supe decir; “No todo está perdido.”
Marco rotó la cintura escapular, dejando en evidencia la extensión de sus hombros. Nos observó con una mirada pálida y seca. En su metro noventa y tanto, era un hombre que inspiraba seguridad. Caló una bocanada de aire espeso, lleno de niebla, y pensó durante minutos, mirándonos uno a uno a los ojos. Esos minutos se hicieron horas en el silencio. Y como si una idea le hubiera arrebatado la razón, dejó escapar una leve sonrisa. Suspiró. Se levantó del estado de cuclillas que había elegido para pensar y nos ordenó.
—Formen un círculo, cuidando sus espaldas. Iré a investigar. Si en diez minutos no vuelvo, regresen con el capitán. Esto es una orden y ni un simulacro. No teman. Nadie morirá.
Y Marco se perdió en la oscuridad, como si su cuerpo estuviera hecho de esa misma espesura. Formamos de inmediato. Su orden no era difícil de cumplir. Lo único que resonó en mi cabeza fue la palabra morir. ¿Acaso era tan peligrosa la misión que era una opción? Ocho pétalos, como la flor de un yuyo que crece entre las grietas del olvido. Ocho reclutas que comenzaban a latir la historia de sus vidas y el prólogo de su muerte. Ocho partes de un mismo círculo.
