06-05-2025, 10:57 AM
(Última modificación: 06-05-2025, 10:58 AM por Kenzo D. Fujiwara.)
Cuando la mujer del parche, que a esas alturas ya era imposible no fijarse en ese ojo derecho cubierto, como si ocultara no solo una herida sino también un pasado que ninguno de nosotros habría podido imaginar, terminó de hablar con Sasha, el ambiente se volvió aún más espeso, como si el aire mismo se negara a moverse. La tensión, que hasta entonces había sido como un trueno lejano, retumbó de pronto con una intensidad eléctrica, aunque nadie alzó la voz. Fue entonces cuando Triana, firme como siempre, dio un paso al frente y, con la autoridad que sólo ella sabía imponer, le ordenó que se marchara. Su voz fue seca, tajante, como una puerta que se cierra de golpe. Pero la intrusa no reaccionó con sorpresa. No bufó, no discutió, ni siquiera se mostró ofendida. En lugar de eso, se situó junto a Triana, y allí, sin necesidad de hacer un solo gesto violento, dejó caer todo el peso de su presencia sobre ella. No sabría cómo explicarlo, pero pude sentirlo, como una marea invisible que empujaba con fuerza desde dentro. Era como si hubiese dejado de ser humana por un segundo, como si algo inmenso y sin forma se manifestara en esa breve proximidad. Y entonces, sin más, Triana cayó. No gritó, no se resistió, solo se desmayó, su cuerpo desplomándose en silencio sobre la cubierta como una flor que se marchita de golpe. Mis ojos se abrieron de par en par, y aunque mis músculos se tensaron por instinto, ya era tarde. La mujer se giró con la misma calma con la que había llegado y, sin mirar atrás, comenzó a alejarse, como si su paso por nuestro barco no hubiera sido más que un suspiro. Pero para mí, fue un huracán.
Una vez que esa mujer desapareció entre las sombras, como si el viento mismo la hubiera reclamado para llevársela lejos, sentí que algo dentro de mí se desataba. No sabría decir si fue miedo escapando por fin de mi pecho o el coraje que hasta entonces había permanecido encadenado por la incertidumbre. Lo cierto es que, en cuanto su presencia dejó de oprimirnos, recuperé el control sobre mis piernas, sobre mis actos… sobre mí mismo. Sin pensarlo dos veces, salí corriendo hacia Triana, aún tendida sobre las tablas del barco. El crujir de mis pasos sobre la madera se mezclaba con el latido ensordecedor en mis oídos, como un tambor tribal que marcaba el ritmo de mi angustia. Me arrodillé junto a ella, temiendo encontrar su cuerpo frío, su rostro vacío… pero no. Estaba viva. Su pecho se alzaba con lentitud, su respiración era débil pero constante. Sentí un alivio que casi me hizo caer hacia delante, como si mis fuerzas, tras sostenerme todo este tiempo por pura tensión, finalmente se quebraran. Le tomé el rostro entre mis manos con torpeza, repitiendo su nombre en voz baja, una y otra vez, como si al nombrarla pudiera arrastrarla de vuelta a la conciencia. -Triana… Triana, estás bien… estás bien, ¿verdad?- Pero ella no respondía. Y mientras la sujetaba, no pude evitar que mi mente se deslizara hacia lo inevitable: ¿qué hubiera pasado si me hubiese enfrentado a esa mujer? ¿Habría acabado como Garnet y Tobías, o peor? ¿Habría sido capaz de resistir siquiera un segundo? No lo creía. No después de lo que vi. Esa mujer no peleaba, dominaba. Jugaba con nosotros como piezas mal colocadas en un tablero que ya le pertenecía.
Con Triana aún entre mis brazos, su cuerpo blando como un trapo mojado, el silencio que nos dejó aquella mujer se sentía como un vacío que nadie quería llenar. La brisa marina seguía golpeando mi rostro, llevándose consigo el último rastro de ese aura opresiva, pero el peso de lo que había pasado seguía allí, aferrado a mi pecho como un ancla. El murmullo de las olas y el mar era algo lejano. No podíamos quedarnos así. No podíamos darnos el lujo de lamentarnos. No ahora. No cuando estábamos al borde de la derrota total. Cerré los ojos solo un segundo y respiré hondo. La sal, el sudor y un leve aroma a mi licor me dieron el coraje que me faltaba. -¡Sasha!- Grité, alzando la voz por encima de todo, con Triana aún entre mis brazos, sin atreverme a moverla más de la cuenta. -¡Jolyne y yo nos encargaremos de meter a los tres en sus camas! ¡Te necesitamos para huir! ¿Te parece bien?- No era una orden, era una súplica disfrazada de determinación. Porque, en el fondo, lo que sentía era desesperación. Nos habían hecho papilla, sí, pero no podíamos dejar que eso nos rompiera del todo. Ya habíamos preparado todo: las velas listas, la pólvora asegurada, los víveres cargados. Solo faltaba dar la orden y zarpar. Huir de allí antes de que el destino decidiera cobrarse otra víctima. Sabía que, si no escapábamos ahora, si nos quedábamos un segundo más, podía aparecer otra figura en la niebla. Otra prueba. Otro abismo. Teníamos que irnos.
Sin esperar una respuesta, sin detenerme a mirar atrás, me cargué a Triana al hombro con tanto cuidado como me lo permitía la urgencia. Su cuerpo se sentía frágil, pequeño incluso, como si en ese breve instante toda su fuerza se hubiese desvanecido, dejándome solo con el peso de su responsabilidad. El pasillo hacia las habitaciones me pareció más largo que nunca, cada paso retumbando en el suelo de madera como un eco de mi propia impotencia. El corazón me latía con una mezcla extraña de prisa y desasosiego, como si el tiempo estuviera a punto de vencerse y yo solo pudiera correr detrás de él. Abrí la puerta de su camarote empujándola con el pie y la deposité con suavidad sobre la cama, dejándola boca arriba. Su rostro seguía pálido, la respiración apenas perceptible, pero al menos… viva. La cubrí con una manta, como si aquel gesto simbólico pudiera protegerla del daño que ya le habían infligido. “Lo has hecho bien”. Murmuré sin voz, y entonces giré sobre mis talones. Subí de nuevo, esta vez por Garnet y Tobías. Uno a cada hombro. No me importaba que mis músculos ardieran, que mis piernas temblaran; solo quería que estuvieran a salvo. Bajé con torpeza, tratando de no golpearlos contra los marcos de las puertas, y los llevé a mi habitación. Allí los dejé, tendidos uno al lado del otro sobre mi cama. Era un caos, sí, pero por ahora era nuestro refugio. Finalmente volví a la cubierta. Sasha estaba allí, así que me posicioné a su lado, dejando que la brisa me enfriara el sudor del rostro. -Sasha…- Dije, tendiendole mi mano derecha. -No sé cómo te encontrarás, pero estoy a tu lado. Dime qué hay que hacer, y lo haré.-
Una vez que esa mujer desapareció entre las sombras, como si el viento mismo la hubiera reclamado para llevársela lejos, sentí que algo dentro de mí se desataba. No sabría decir si fue miedo escapando por fin de mi pecho o el coraje que hasta entonces había permanecido encadenado por la incertidumbre. Lo cierto es que, en cuanto su presencia dejó de oprimirnos, recuperé el control sobre mis piernas, sobre mis actos… sobre mí mismo. Sin pensarlo dos veces, salí corriendo hacia Triana, aún tendida sobre las tablas del barco. El crujir de mis pasos sobre la madera se mezclaba con el latido ensordecedor en mis oídos, como un tambor tribal que marcaba el ritmo de mi angustia. Me arrodillé junto a ella, temiendo encontrar su cuerpo frío, su rostro vacío… pero no. Estaba viva. Su pecho se alzaba con lentitud, su respiración era débil pero constante. Sentí un alivio que casi me hizo caer hacia delante, como si mis fuerzas, tras sostenerme todo este tiempo por pura tensión, finalmente se quebraran. Le tomé el rostro entre mis manos con torpeza, repitiendo su nombre en voz baja, una y otra vez, como si al nombrarla pudiera arrastrarla de vuelta a la conciencia. -Triana… Triana, estás bien… estás bien, ¿verdad?- Pero ella no respondía. Y mientras la sujetaba, no pude evitar que mi mente se deslizara hacia lo inevitable: ¿qué hubiera pasado si me hubiese enfrentado a esa mujer? ¿Habría acabado como Garnet y Tobías, o peor? ¿Habría sido capaz de resistir siquiera un segundo? No lo creía. No después de lo que vi. Esa mujer no peleaba, dominaba. Jugaba con nosotros como piezas mal colocadas en un tablero que ya le pertenecía.
Con Triana aún entre mis brazos, su cuerpo blando como un trapo mojado, el silencio que nos dejó aquella mujer se sentía como un vacío que nadie quería llenar. La brisa marina seguía golpeando mi rostro, llevándose consigo el último rastro de ese aura opresiva, pero el peso de lo que había pasado seguía allí, aferrado a mi pecho como un ancla. El murmullo de las olas y el mar era algo lejano. No podíamos quedarnos así. No podíamos darnos el lujo de lamentarnos. No ahora. No cuando estábamos al borde de la derrota total. Cerré los ojos solo un segundo y respiré hondo. La sal, el sudor y un leve aroma a mi licor me dieron el coraje que me faltaba. -¡Sasha!- Grité, alzando la voz por encima de todo, con Triana aún entre mis brazos, sin atreverme a moverla más de la cuenta. -¡Jolyne y yo nos encargaremos de meter a los tres en sus camas! ¡Te necesitamos para huir! ¿Te parece bien?- No era una orden, era una súplica disfrazada de determinación. Porque, en el fondo, lo que sentía era desesperación. Nos habían hecho papilla, sí, pero no podíamos dejar que eso nos rompiera del todo. Ya habíamos preparado todo: las velas listas, la pólvora asegurada, los víveres cargados. Solo faltaba dar la orden y zarpar. Huir de allí antes de que el destino decidiera cobrarse otra víctima. Sabía que, si no escapábamos ahora, si nos quedábamos un segundo más, podía aparecer otra figura en la niebla. Otra prueba. Otro abismo. Teníamos que irnos.
Sin esperar una respuesta, sin detenerme a mirar atrás, me cargué a Triana al hombro con tanto cuidado como me lo permitía la urgencia. Su cuerpo se sentía frágil, pequeño incluso, como si en ese breve instante toda su fuerza se hubiese desvanecido, dejándome solo con el peso de su responsabilidad. El pasillo hacia las habitaciones me pareció más largo que nunca, cada paso retumbando en el suelo de madera como un eco de mi propia impotencia. El corazón me latía con una mezcla extraña de prisa y desasosiego, como si el tiempo estuviera a punto de vencerse y yo solo pudiera correr detrás de él. Abrí la puerta de su camarote empujándola con el pie y la deposité con suavidad sobre la cama, dejándola boca arriba. Su rostro seguía pálido, la respiración apenas perceptible, pero al menos… viva. La cubrí con una manta, como si aquel gesto simbólico pudiera protegerla del daño que ya le habían infligido. “Lo has hecho bien”. Murmuré sin voz, y entonces giré sobre mis talones. Subí de nuevo, esta vez por Garnet y Tobías. Uno a cada hombro. No me importaba que mis músculos ardieran, que mis piernas temblaran; solo quería que estuvieran a salvo. Bajé con torpeza, tratando de no golpearlos contra los marcos de las puertas, y los llevé a mi habitación. Allí los dejé, tendidos uno al lado del otro sobre mi cama. Era un caos, sí, pero por ahora era nuestro refugio. Finalmente volví a la cubierta. Sasha estaba allí, así que me posicioné a su lado, dejando que la brisa me enfriara el sudor del rostro. -Sasha…- Dije, tendiendole mi mano derecha. -No sé cómo te encontrarás, pero estoy a tu lado. Dime qué hay que hacer, y lo haré.-
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Alas Negras
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