Mis fuerzas me habían abandonado. Cuando escuché el nombre de Triana mis heridas chillaron de nuevo como recuerdo del último enfrentamiento que había tenido con ella como mi "compañera". Mis ojos empezaron a emborronarse más, así que con mis últimas fuerzas dirigí y enfoqué mi cuerpo hacia el barco de los comunistas, clavando - o por lo menos intentándolo - mi mirada en él.
Quise replicar a Korg, decirle que esa tipa por la que se masturbaba no era más que una petulante entaconada y que sus tetas era mucho más grandes en persona que en foto. También quise decirle que iría a mi camarote si pudiera, pero mis piernas ya no respondían ante mi, se habían sublevado ante mi control, de echo, ya ni las sentía. Como respuesta solo pude apretar los dientes mientras sentía como el mundo se desmoronaba.
Cuando Ben llegó a mi lado, sus palabras entraron el tropel por mis oídos, casi tuve nauseas. Su tono invariable me adormiló mientras que ser reprendido no por uno, si no por dos de mis tripulantes, hacía que mi sangre bombeara con más fuerza, caía desde mi barbilla y desde mi garganta, y mis vendajes manchados de sangre seca de mis enemigos, ahora estaban empapados de mi propia sangre. Yo, que nunca antes había sangrado.
¿Esa era la imagen que estaba dando? ¿Acaso era débil? Había perdido. Había sido sobrepasado por un ser elemental más capaz que yo incluso. Ya no era el ser invencible que se había convertido en un azote para los mares, ahora, en mi estado era un amasijo de huesos, anémico y sin fuerzas si quiera para subir una compuerta sin parecer un viejo desvalido. Aquella isla, mejor dicho, aquel archipiélago, había echo que mis humeantes pies tocaran el suelo. Me había devuelto al mundo terrenal y a su vez, casi me había arrebatado de él. Ese lugar, lleno de monstruos a cualquier otro lo habría amaestrado, pero a mi... A mi solo me había despertado una voraz hambre por ser más, por ser peor, me había abierto los ojos y me había demostrado que no estaba solo en la cima, de echo, que ni siquiera estaba en la cima, y eso... Eso era un combustible mucho más peligroso que el odio que me movía.
Mis cabellos cayeron sobre mis hombros, empapados por mi sangre, mis brazos ya no estaban tensos, caían por la fuerza de la gravedad y la punta de mi katana apuntaba hacia el suelo lleno de mi propia sangre. Pero mi cabeza seguía erguida, en dirección hacia mis enemigos, mis prominentes cejas ensombrecían mis oscuros ojos, que poco a poco perdían su utilidad. Lo que antes eran maderas, barcos y personas corriendo, ahora solo eran borrones de colores que se aceleraban, un tono rojo prevalecía sobre aquella imagen de dudosa calidad, ese tono provenía de mi propia sangre, y así fue hasta que poco a poco todo se quedó en blanco, tanto mis ojos como mi visión. Después de eso silencio.
Allí delante de mis hombres y sin que ninguno supiera porque su capitán había sido derrotado, mirando hacía mis enemigos, aún aferrado a mi espada y sin hincar la rodilla... Me quedé inconsciente. De pies.
Quise replicar a Korg, decirle que esa tipa por la que se masturbaba no era más que una petulante entaconada y que sus tetas era mucho más grandes en persona que en foto. También quise decirle que iría a mi camarote si pudiera, pero mis piernas ya no respondían ante mi, se habían sublevado ante mi control, de echo, ya ni las sentía. Como respuesta solo pude apretar los dientes mientras sentía como el mundo se desmoronaba.
Cuando Ben llegó a mi lado, sus palabras entraron el tropel por mis oídos, casi tuve nauseas. Su tono invariable me adormiló mientras que ser reprendido no por uno, si no por dos de mis tripulantes, hacía que mi sangre bombeara con más fuerza, caía desde mi barbilla y desde mi garganta, y mis vendajes manchados de sangre seca de mis enemigos, ahora estaban empapados de mi propia sangre. Yo, que nunca antes había sangrado.
¿Esa era la imagen que estaba dando? ¿Acaso era débil? Había perdido. Había sido sobrepasado por un ser elemental más capaz que yo incluso. Ya no era el ser invencible que se había convertido en un azote para los mares, ahora, en mi estado era un amasijo de huesos, anémico y sin fuerzas si quiera para subir una compuerta sin parecer un viejo desvalido. Aquella isla, mejor dicho, aquel archipiélago, había echo que mis humeantes pies tocaran el suelo. Me había devuelto al mundo terrenal y a su vez, casi me había arrebatado de él. Ese lugar, lleno de monstruos a cualquier otro lo habría amaestrado, pero a mi... A mi solo me había despertado una voraz hambre por ser más, por ser peor, me había abierto los ojos y me había demostrado que no estaba solo en la cima, de echo, que ni siquiera estaba en la cima, y eso... Eso era un combustible mucho más peligroso que el odio que me movía.
Mis cabellos cayeron sobre mis hombros, empapados por mi sangre, mis brazos ya no estaban tensos, caían por la fuerza de la gravedad y la punta de mi katana apuntaba hacia el suelo lleno de mi propia sangre. Pero mi cabeza seguía erguida, en dirección hacia mis enemigos, mis prominentes cejas ensombrecían mis oscuros ojos, que poco a poco perdían su utilidad. Lo que antes eran maderas, barcos y personas corriendo, ahora solo eran borrones de colores que se aceleraban, un tono rojo prevalecía sobre aquella imagen de dudosa calidad, ese tono provenía de mi propia sangre, y así fue hasta que poco a poco todo se quedó en blanco, tanto mis ojos como mi visión. Después de eso silencio.
Allí delante de mis hombres y sin que ninguno supiera porque su capitán había sido derrotado, mirando hacía mis enemigos, aún aferrado a mi espada y sin hincar la rodilla... Me quedé inconsciente. De pies.
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