Me costaba respirar.
Cada momento que pasaba transformado era un suplicio y me acercaba a la extenuación cada vez más. Sohem, quien por el dolor o por mero instinto de supervivencia, lanzó un terrible pulso de Haki del Conquistador. No había sido tan fuerte como lo que ocurrió en la subasta donde nos hicimos con la fruta de Shoto, pero sí había sido mucho más potente y descontrolado que cuando nos enfrentamos a los revolucionarios. Muchísimo más. Algunos de los presentes fueron incapaces de moverse por culpa de la arrolladora energía del enmascarado, otros como yo simplemente sentimos esa vibración que gritaba a voces “voy a mataros a todos”. Ya lo conocía. Pero eso no evitaba que se me erice el blanco pelaje de mi transformación. Giré la cabeza de forma rápida hacia la fuente de emisión del Haki y lo vi moverse en dirección al otro Marine, que recibió el segundo disparo de Odki. Su brazo, o lo que quedaba de él, sangraba significativamente menos y humeaba, seguramente lo hubiera calcinado hasta la incineración para impedir perder más sangre. Mi jefe era un verdadero monstruo. No teníamos suficiente con el Emperador y nos íbamos a matar entre nosotros. Mi corazón latía a la altura de mi sien.
Quise moverme hacia él, intentar frenarlo, si es que alguien podía frenar a Sohem cuando un objetivo se ponía a tiro, pero sabía que nuestra supervivencia dependía de mí y de Joe en ese instante. Todo mi poder residía con el Marine que, parecía estar cargando su poder poco a poco, aumentando la intensidad de su aura vital mientras me pedía que me retirara y yo hacía lo propio. Estaba claro que se estaba transformando, mas no reconocía bien el poder que estaba materializando. — Joe… ¿Qué has hecho? — pensaba mientras veía como mi viejo amigo aumentaba de tamaño considerablemente. Más de lo que recordaba de él. Más de lo que pensé que podría imaginar. Un terrible grito primal emergió del animal e hizo retumbar la zona y nuestros tímpanos. Un muro de contención se erigió frente al Almirante compuesto por un hombre, un caparazón y una serpiente. Joe había ascendido, y no solo en condecoraciones, su fruta había pasado a ser increíblemente poderosa. — El dios protector del norte… — murmuré mientras contemplaba asombrado a mi amigo. Sonreí levemente pues, había alguna posibilidad, alguna posibilidad de frenar al Emperador si Joe resistía.
Un estruendo en el mar distrajo mi atención. Odki parecía haber destruído en un abrir y cerrar de ojos a los Patriotas que el Almirante había enviado contra él y, para colmo, había comenzado a volar. Sus pies, transformados en hélices mortales, lanzaron un taladro en dirección al Almirante. Joe interceptó el ataque, bloqueando con su cuerpo el terrible poder de un Emperador del mar con daños significativamente menores a lo esperado, vista la gravedad de la herida de Sohem. Sin embargo, la sangre sobre el pecho del ahora gigantesco Joe Joestar reflejaba que mi armadura y mi piel de hielo habían perdido su efectividad, y toda la ayuda que podía prestar a mi amigo había finalizado. Aun con las estoicas palabras del Vicealmirante, no estaba seguro de que pudiéramos resistir más tiempo. Mi corazón volvía a palpitar en mi sien. Karl, la usuaria de la tercera bestia mitológica de la escena, se pronunció para solicitar órdenes, por lo que intuí que el Almirante debía estar ya en condiciones de pelear de nuevo o, al menos, en las suficientes. Pero, no teníamos cómo contraatacar. Sohem estaba herido, de gravedad. Aunque su herida se hubiera cerrado con su fruta, no creo que tuviera la capacidad para replicar algo similar a lo que habíamos hecho antes. Los demás, a excepción del Almirante, no tenían el poder para hacerle frente y ahora que habíamos agotado nuestra última gota de suerte, estábamos a merced del Emperador de barbas carmesíes. Pero teníamos que luchar, tenía que ayudar a mis amigos, a mis compañeros. Volvía a latir con más fuerza y velocidad. Esa presión en el pecho, la mirada borrosa. Reconocía esto. Skypiea. La biblioteca. Sangre, sangre por doquier.
Hendí la rodilla derecha en el suelo y apoyé a Saba contra el mismo para sustentarme mientras poco a poco perdía mi transformación y jadeaba profundamente y con velocidad. Estaba tan cansado. Tan destrozado. Tan al límite. Sabía que no podía hacer mucho más, pero… ¿había algo más que hacer? Sentía la extraña necesidad de acercarme a Sohem y decirle que estaba cansado. Era tan fácil. Un solo soplido y podría descansar… Apreté los dientes mientras centraba mi vista y calmaba mi respiración. Mi corazón volvía a retumbar en mi pecho. Dos golpes fuertes y controlados. Dos pulsos concentrados. Empujando fuerte mis pies contra el suelo me erguí. Mi determinación nos llevaría a la victoria o a la muerte. Pero no moriríamos por la dejadez de un hombre que ha perdido el norte. Joe no necesitaba mi ayuda, ni podía prestarle más mi poder, pero si Shoto había aprendido lo suficiente, iría a auxiliar a Sohem de inmediato. La Marina tenía sus intereses, y nosotros, pese a la paga, teníamos los nuestros. No habría más cazas si no sobrevivimos, no habría más café con Shoto en cubierta mientras Sohem nos grita, no habría más conversaciones sin sentido entre el jefe y yo, o miradas cómplices cuando el objetivo es claro y compartido, no habría más entrenamientos ni inventos en el barco, ni habría islas y secretos que descubrir. Si no sobrevivimos, la historia se acaba, y no iba a permitirlo. Caminé lo más rápido que pude hasta ponerme por delante de Sohem dando espacio a Shoto, si acudía, para que pudiera tratar al jefe sin impedir yo su visión del entorno, pero al menos escudándolo en caso de que otro ataque volviera a nuestra zona. Coloqué mi espada frente a mí, sostenida por dos manos que temblaban, como quien empuña barrotes sabiendo que no podrá doblarlos, con la frustración de quien no puede cambiar nada, pero está dispuesto a intentarlo todo.
Cada momento que pasaba transformado era un suplicio y me acercaba a la extenuación cada vez más. Sohem, quien por el dolor o por mero instinto de supervivencia, lanzó un terrible pulso de Haki del Conquistador. No había sido tan fuerte como lo que ocurrió en la subasta donde nos hicimos con la fruta de Shoto, pero sí había sido mucho más potente y descontrolado que cuando nos enfrentamos a los revolucionarios. Muchísimo más. Algunos de los presentes fueron incapaces de moverse por culpa de la arrolladora energía del enmascarado, otros como yo simplemente sentimos esa vibración que gritaba a voces “voy a mataros a todos”. Ya lo conocía. Pero eso no evitaba que se me erice el blanco pelaje de mi transformación. Giré la cabeza de forma rápida hacia la fuente de emisión del Haki y lo vi moverse en dirección al otro Marine, que recibió el segundo disparo de Odki. Su brazo, o lo que quedaba de él, sangraba significativamente menos y humeaba, seguramente lo hubiera calcinado hasta la incineración para impedir perder más sangre. Mi jefe era un verdadero monstruo. No teníamos suficiente con el Emperador y nos íbamos a matar entre nosotros. Mi corazón latía a la altura de mi sien.
Quise moverme hacia él, intentar frenarlo, si es que alguien podía frenar a Sohem cuando un objetivo se ponía a tiro, pero sabía que nuestra supervivencia dependía de mí y de Joe en ese instante. Todo mi poder residía con el Marine que, parecía estar cargando su poder poco a poco, aumentando la intensidad de su aura vital mientras me pedía que me retirara y yo hacía lo propio. Estaba claro que se estaba transformando, mas no reconocía bien el poder que estaba materializando. — Joe… ¿Qué has hecho? — pensaba mientras veía como mi viejo amigo aumentaba de tamaño considerablemente. Más de lo que recordaba de él. Más de lo que pensé que podría imaginar. Un terrible grito primal emergió del animal e hizo retumbar la zona y nuestros tímpanos. Un muro de contención se erigió frente al Almirante compuesto por un hombre, un caparazón y una serpiente. Joe había ascendido, y no solo en condecoraciones, su fruta había pasado a ser increíblemente poderosa. — El dios protector del norte… — murmuré mientras contemplaba asombrado a mi amigo. Sonreí levemente pues, había alguna posibilidad, alguna posibilidad de frenar al Emperador si Joe resistía.
Un estruendo en el mar distrajo mi atención. Odki parecía haber destruído en un abrir y cerrar de ojos a los Patriotas que el Almirante había enviado contra él y, para colmo, había comenzado a volar. Sus pies, transformados en hélices mortales, lanzaron un taladro en dirección al Almirante. Joe interceptó el ataque, bloqueando con su cuerpo el terrible poder de un Emperador del mar con daños significativamente menores a lo esperado, vista la gravedad de la herida de Sohem. Sin embargo, la sangre sobre el pecho del ahora gigantesco Joe Joestar reflejaba que mi armadura y mi piel de hielo habían perdido su efectividad, y toda la ayuda que podía prestar a mi amigo había finalizado. Aun con las estoicas palabras del Vicealmirante, no estaba seguro de que pudiéramos resistir más tiempo. Mi corazón volvía a palpitar en mi sien. Karl, la usuaria de la tercera bestia mitológica de la escena, se pronunció para solicitar órdenes, por lo que intuí que el Almirante debía estar ya en condiciones de pelear de nuevo o, al menos, en las suficientes. Pero, no teníamos cómo contraatacar. Sohem estaba herido, de gravedad. Aunque su herida se hubiera cerrado con su fruta, no creo que tuviera la capacidad para replicar algo similar a lo que habíamos hecho antes. Los demás, a excepción del Almirante, no tenían el poder para hacerle frente y ahora que habíamos agotado nuestra última gota de suerte, estábamos a merced del Emperador de barbas carmesíes. Pero teníamos que luchar, tenía que ayudar a mis amigos, a mis compañeros. Volvía a latir con más fuerza y velocidad. Esa presión en el pecho, la mirada borrosa. Reconocía esto. Skypiea. La biblioteca. Sangre, sangre por doquier.
Hendí la rodilla derecha en el suelo y apoyé a Saba contra el mismo para sustentarme mientras poco a poco perdía mi transformación y jadeaba profundamente y con velocidad. Estaba tan cansado. Tan destrozado. Tan al límite. Sabía que no podía hacer mucho más, pero… ¿había algo más que hacer? Sentía la extraña necesidad de acercarme a Sohem y decirle que estaba cansado. Era tan fácil. Un solo soplido y podría descansar… Apreté los dientes mientras centraba mi vista y calmaba mi respiración. Mi corazón volvía a retumbar en mi pecho. Dos golpes fuertes y controlados. Dos pulsos concentrados. Empujando fuerte mis pies contra el suelo me erguí. Mi determinación nos llevaría a la victoria o a la muerte. Pero no moriríamos por la dejadez de un hombre que ha perdido el norte. Joe no necesitaba mi ayuda, ni podía prestarle más mi poder, pero si Shoto había aprendido lo suficiente, iría a auxiliar a Sohem de inmediato. La Marina tenía sus intereses, y nosotros, pese a la paga, teníamos los nuestros. No habría más cazas si no sobrevivimos, no habría más café con Shoto en cubierta mientras Sohem nos grita, no habría más conversaciones sin sentido entre el jefe y yo, o miradas cómplices cuando el objetivo es claro y compartido, no habría más entrenamientos ni inventos en el barco, ni habría islas y secretos que descubrir. Si no sobrevivimos, la historia se acaba, y no iba a permitirlo. Caminé lo más rápido que pude hasta ponerme por delante de Sohem dando espacio a Shoto, si acudía, para que pudiera tratar al jefe sin impedir yo su visión del entorno, pero al menos escudándolo en caso de que otro ataque volviera a nuestra zona. Coloqué mi espada frente a mí, sostenida por dos manos que temblaban, como quien empuña barrotes sabiendo que no podrá doblarlos, con la frustración de quien no puede cambiar nada, pero está dispuesto a intentarlo todo.
Quería descansar… Pero no podía hacerlo.
Porque si los malos no descansan… ¿por qué iba a hacerlo yo?
Toda la info
Aclaración

![[Imagen: W7KwXzn.png]](https://imgur.com/W7KwXzn.png)
![[Imagen: Nuf4AJR.png]](https://i.imgur.com/Nuf4AJR.png)