[Fic-pasado] Donde el silencio quema.
#1
25 De Otoño, Año14
Capítulo 1
"Eran Jóvenes Como Yo"

Algunas cosas no empiezan. Solo siguen. Ecos errantes descamados y baldíos, ecos inertes. Como si vinieran de antes. Como si uno ya estuviera dentro de la historia antes de que se escribiera. No hay prólogo en ciertas tragedias: uno despierta en medio del acto, entre escombros y restos, y la función ya va por la mitad. Yo no recuerdo el instante exacto en que decidí no pertenecer del todo a este mundo. Pero sí recuerdo cuándo el mundo decidió no soltarme. Fue como un abrazo maldito, un abrazo que no abriga: ahoga. Aun siento el amargo pesar en mis labios, como si allí viviera todavía el beso de un demonio: hediondo, herido, y peor aún, persistente. Ese tipo de beso no sana con el tiempo. Solo cambia de forma, se hace parte de uno. Como una cicatriz que no muestra el cuerpo, sino el alma.

Fue en el West Blue. En una isla mediana, marcada por el frío, las lluvias persistentes y una niebla que parecía tener voluntad propia. La llamaban Toroa. Una ciudad lúgubre y hermosa a la vez, oculta entre un bosque de árboles secos y retorcidos, de madera oscura, como si el tiempo allí hubiera decidido envejecer sin morir. Las calles eran estrechas, de barro, y las casas altas se inclinaban unas sobre otras, como si quisieran protegerse del cielo siempre gris. Las farolas eran los únicos ojos encendidos cuando el sol, cobarde, no se atrevía a entrar. En el norte, sobre los montes, el Castillo Crepuscular alzaba sus torres como dedos de un dios dormido. Ya no era real: ahora lo habitaban artistas, pintores, escritores, músicos. Gente que creaba belleza en medio de la melancolía. Dicen que exportan vino y arte. Yo solo recuerdo el silencio.
Nos enviaron como escoba: barrer bandidos, recuperar lo robado, marcar presencia. Es decir, gritar con uniforme lo que no se puede decir con razones. Cuánto importaba que jóvenes apenas vividos se desvivan por la gaviota azul, por la gloria de ser un héroe. Cuánto importaba que la gloria se pareciera tanto al castigo. Yo era un razo más. No por vocación. Por ausencia de opciones. Uno no nace leal. Se hace leal por hambre, por orfandad, por miedo. Uno no muerde la mano que le da de comer. Aunque esa mano esté manchada de sangre, aunque tiemble, aunque estrangule.

La Marina tiene el olor de los lugares donde nadie ríe. Donde el silencio se mezcla con el sonido constante de botas, gritos y disparos. Uniformes apretados, horarios que se clavan como clavos, y órdenes que se repiten hasta que uno las sueña. Órdenes que dejan de ser palabras y se convierten en ecos que viven dentro del pecho. No había gloria. Solo el deber, envuelto en discursos tan gastados como los pasillos del cuartel. Lavados planificados de cerebros. El heroísmo como consigna. La obediencia como forma de amor. No podía nacer otra cosa más que el deber impuesto, la orden como motor, la sumisión como forma de pertenecer.

Yo conocía poco. No conocía al grupo hermoso que compartía conmigo aquella misión absurda. Pero ya los sentía cerca, como se siente a los hermanos en la trinchera, aunque uno no sepa sus nombres. En la guerra, la identidad es prescindible. Basta con saber que el otro está, que no estás solo en la línea que separa la vida de la muerte. Eran jóvenes también. Algunos creían en los ideales. Otros, como yo, simplemente estaban. Ser parte de algo, incluso algo roto, duele menos que ser parte de nada. A veces, eso basta para enrolarse, para obedecer, para callar.

Habíamos llegado con el sol pegado al cogote, con la piel ardiendo y las mochilas llenas de nada. Murkhold nos recibió como reciben los lugares donde el tiempo no pasa: con cansancio, con ruinas, con silencio. Nada se movía, salvo el viento y la llovizna. Pero sabíamos que estaban allí. Los bandidos. Esa palabra que sirve para todo. Para justificar balas, golpes, y muertos. Bandidos, decían. Como si ellos fueran la excepción, y no la regla. Como si no fueran producto del mismo sistema que los caza. La verdad es que nadie los había visto. Solo se hablaba de ellos como se habla de los fantasmas: con miedo, con morbo, con cierta esperanza de que aparezcan, solo para tener algo que destruir.

Nos internamos en el Bosque Umbrío como quien se interna en sí mismo. Con cuidado, con torpeza. El paisaje no ayudaba. Árboles secos, ramas como garras, barro traicionero. Como si todo lo habitaran ausencias. Como si el mundo, en esa parte del mundo, ya se hubiera cansado de existir. Caminábamos en formación. No por disciplina, sino por costumbre. Nadie hablaba. Nadie quería mirar al otro demasiado tiempo. En la Marina, mirar es peligroso. Uno puede ver más de la cuenta: la tristeza, la duda, la rabia. Cosas que el reglamento no permite. Yo caminaba atrás. Siempre me gustó ir atrás. No por cobarde, sino por observador. Desde atrás uno ve más. Ve cómo caminan los otros. Ve las espaldas, las armas, las inseguridades.

Éramos seis. Seis sombras caminando entre árboles tristes. Seis intentos de hombre formados a toda prisa, con más deber que deseo, con más rutina que propósito. Yo era el sexto, siempre el sexto, en la línea, en el pensamiento, en la voluntad. Delante de mí, cinco figuras con el mismo uniforme, con la misma carga a cuestas, pero cada uno distinto en su forma de soportarla. Y un séptimo, que no era como nosotros. Un sargento, un encargado de llevarnos rectos, de contar nuestros pasos, de velar por el cumplimiento de una orden que ni él mismo había elegido.

No los conocía bien. En la Marina no hay tiempo para conocer. Solo se comparte el sueño, el sudor, el frío. Eso basta. Los nombres se aprenden con las heridas. Pero los observaba. Yo siempre observaba. Había uno que caminaba con el cuello torcido, como si algo en el mundo siempre lo sorprendiera. Otro llevaba los brazos tensos, los nudillos apretados, como si esperara el combate en cada rama. Uno más, el más joven, apenas hablaba. Su mochila era más grande que su cuerpo, y aún así no se quejaba. Otro tenía la mirada hundida, no por miedo, sino por haber visto más de lo que le correspondía. Y el quinto… el quinto silbaba a veces, cuando creía que nadie lo oía. Un silbido bajo, casi un susurro, como si intentara no volverse loco con tanto silencio ajeno.

El sargento marchaba adelante. Era un hombre seco, de hombros anchos y ojos que parecían hechos de piedra. No hablaba más que lo necesario, y aun así cada palabra suya pesaba como una sentencia. Su uniforme tenía manchas que no eran de barro, y su paso era firme, sin vacilaciones. No lideraba: imponía. Su autoridad no venía del rango, sino del modo en que su presencia hacía temblar el aire. Se llamaba Rulden, creo, así se presento cuando nos presento. Aunque no estaba seguro de que ese fuera su verdadero nombre. En estos cuerpos así, los nombres se vuelven máscaras, y las máscaras, costumbre.
Yo miraba sus espaldas. Las cinco espaldas que avanzaban, tensas, confiadas, sin saber que estaban escritas por el mismo trazo que yo. Pensaba en qué los habría traído a esta isla de niebla y madera negra. Qué promesas vacías habrían creído. Qué soledades los habrían empujado a vestir ese uniforme como quien se pone un escudo sin saber usarlo. Ninguno hablaba de su casa. Ninguno hablaba de su madre. Nadie decía por qué estaba allí. Eso, en la Marina, es normal. Hablar del pasado es mal visto. Recordar es debilidad. Soñar es traición. Se marcha, se obedece, se sobrevive.

Y sin embargo, había algo hermoso en ellos. No por lo que eran, sino por lo que cargaban sin darse cuenta. Una especie de inocencia emparchada, una fe oxidada pero viva, una esperanza que aún no había sido del todo quebrada. Eran jóvenes, como yo. Jóvenes con el cuerpo lleno de órdenes y el corazón lleno de silencios. Pero en sus gestos, a veces, aparecía algo distinto. Una torpeza al levantar el fusil. Una sonrisa fugaz al pisar una hoja seca. Un parpadeo largo cuando el viento traía olor a vino fermentado y tierra mojada. Pequeños gestos que decían: aún no estamos perdidos del todo.

Luego de años en la Marina comprendería algo que en ese entonces no sabía poner en palabras: no todo estaba perdido. Incluso entre el metal y la orden, entre los castigos y las marchas, abundaban los gestos de vida. Pequeños, fugaces, casi clandestinos. Un hombro que se ofrecía sin pedirlo, una risa escondida en la penumbra del cuartel, una mirada que decía “a mí también me duele”. A pesar de todo, persistía la paz, el amor, como flores que crecían entre las grietas del uniforme. No lo sabíamos entonces, pero estábamos vivos. Y en esa vida rota, ya comenzaba a latir la historia.
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[Fic-pasado] Donde el silencio quema. - por Caelum Drift - 30-04-2025, 10:51 PM

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