30-04-2025, 01:58 AM
El tacto áspero de la tierra bajo mi cuerpo fue lo primero que noté al despertar. No había lona que me cubriera ni paredes de tela a mi alrededor. Solo el cielo, inmenso y despejado, extendiéndose como un océano de luz sobre mí. Fruncí el ceño con una mezcla de confusión y somnolencia. Ladeé la cabeza, pestañeando un par de veces, todavía atrapado en ese instante borroso entre el sueño y la realidad. ¿Dónde estaba la tienda? ¿Por qué estaba durmiendo directamente sobre el suelo? El cuerpo me pesaba menos que de costumbre, sin tensión en los músculos ni restos de fatiga. Era extraño, pero reconfortante. Me senté despacio, apoyando las manos sobre la tierra seca, notando el calor acumulado del sol sobre la superficie. El polvo se me pegaba a las palmas, pero no me importó. Respiré hondo y sentí cómo el aire limpio me llenaba el pecho. Mi mente se despejaba lentamente, como si la neblina de los sueños se deshiciera poco a poco con cada bocanada. A pesar de lo raro del despertar, me encontraba… bien. Mejor que bien, en realidad. Ligero. Despreocupado. Como si toda la tensión que había cargado hasta entonces se hubiera disuelto en aquella siesta repentina y profunda. Moví los brazos, estirándome con un leve crujido en los hombros, y dejé escapar un suspiro largo, satisfecho. Me pasé una mano por el cabello, intentando ordenar los mechones desordenados por el descanso, y barrí con la mirada el lugar donde me encontraba. Todo parecía en calma, y aunque no recordaba en qué momento exacto me había tumbado, tampoco sentía alarma ni incomodidad. Era como si la tierra misma me hubiese invitado a descansar, como si el mundo me hubiese dado permiso para una pausa. Por un momento, no quise preocuparme por nada más. Simplemente, disfruté de esa paz efímera y extraña, preguntándome si algo en mi interior había cambiado mientras dormía.
Me incorporé casi por instinto, todavía con los músculos algo entumecidos por haber dormido en el suelo. El cuerpo me obedecía sin quejarse, lo cual me sorprendió, considerando todo lo que habíamos pasado últimamente. Me llevé una mano a la nuca, frotándola con desgana, como quien busca despejarse de la somnolencia. Fue entonces cuando lo noté: algo áspero y crujiente, enganchado entre el cabello y la piel. Fruncí el ceño. No era una ramita ni una hoja seca. Con cuidado, lo deslicé entre mis dedos y lo saqué. Una nota. Me quedé mirando aquel trozo de papel amarillento, ligeramente arrugado por la humedad, con una sensación extraña en el estómago. No recordaba que nadie me hubiera dejado nada, ni tampoco cómo habría llegado ahí. ¿Quién había estado tan cerca mientras dormía sin que yo me diera cuenta? El pensamiento me puso la piel de gallina, pero lo ignoré y desdoblé el papel. Las palabras estaban escritas con trazos firmes, oscuros, como si hubieran sido grabadas con decisión. "Si deseas encontrar al Sapo de Humo, tendrás que adentrarte hasta lo más profundo de la isla. Supera los obstáculos. Derrumba tus creencias." Me quedé un momento en silencio, leyendo y releyendo las mismas líneas. El Sapo de Humo. Era aquel sapo que los insectos me pidieron que destrozara. Era una nueva aventura. Mis dedos apretaron el papel, sintiendo cómo se arrugaba ligeramente bajo la tensión. Mi corazón latía con más fuerza, no de miedo, sino de anticipación.
Sin pensarlo dos veces, impulsado por una mezcla de determinación y ese cosquilleo inquieto que siempre me recorría cuando la aventura llamaba, abandoné la cueva. Aquel lugar que apenas unas horas antes rebosaba vida y color, con tenderetes improvisados, aromas exóticos y voces cruzándose en un bullicio caótico, ahora yacía completamente vacío. Las paredes, que recordaba cubiertas de telas colgantes, faroles improvisados y cachivaches extraños, se mostraban desnudas, húmedas y silenciosas, como si nunca hubiese habido nada allí. Ni un solo rastro. Como si el mercadillo hubiese sido un sueño compartido, una alucinación colectiva, una ilusión envuelta en humo que se deshizo con el amanecer. Pero no me preocupó. No sentí miedo ni sospecha. A decir verdad, me encogí de hombros mientras caminaba hacia la salida, como si simplemente aceptara que en esta isla las cosas aparecían y desaparecían como les daba la gana. “Me quedé dormido y se fueron” Pensé con naturalidad, como quien encuentra lógico que el sol salga por el este. Lo que realmente importaba era otra cosa. Lo que ardía en mi pecho ahora no era la curiosidad por aquel mercadillo, sino un deseo más grande, más profundo y más mío que nada: encontrar al Sapo de Humo. Apreté la nota en mi puño como si fuera un mapa sagrado, una promesa escrita en papel. Si ese sapo existía —y ahora estaba convencido de que sí—, yo lo encontraría. Y no solo eso. Lo domaría, lo entendería, me convertiría en algo más que un simple amante de los insectos. Sería su soberano. El monarca absoluto de todo bicho, de toda criatura con patas, alas, caparazones o aguijones. Reinaría entre zumbidos, croares y crujidos. Y el primer paso era claro: adentrarme en lo más profundo de la isla. Allí, entre lo desconocido, comenzaría la verdadera metamorfosis.
Me incorporé casi por instinto, todavía con los músculos algo entumecidos por haber dormido en el suelo. El cuerpo me obedecía sin quejarse, lo cual me sorprendió, considerando todo lo que habíamos pasado últimamente. Me llevé una mano a la nuca, frotándola con desgana, como quien busca despejarse de la somnolencia. Fue entonces cuando lo noté: algo áspero y crujiente, enganchado entre el cabello y la piel. Fruncí el ceño. No era una ramita ni una hoja seca. Con cuidado, lo deslicé entre mis dedos y lo saqué. Una nota. Me quedé mirando aquel trozo de papel amarillento, ligeramente arrugado por la humedad, con una sensación extraña en el estómago. No recordaba que nadie me hubiera dejado nada, ni tampoco cómo habría llegado ahí. ¿Quién había estado tan cerca mientras dormía sin que yo me diera cuenta? El pensamiento me puso la piel de gallina, pero lo ignoré y desdoblé el papel. Las palabras estaban escritas con trazos firmes, oscuros, como si hubieran sido grabadas con decisión. "Si deseas encontrar al Sapo de Humo, tendrás que adentrarte hasta lo más profundo de la isla. Supera los obstáculos. Derrumba tus creencias." Me quedé un momento en silencio, leyendo y releyendo las mismas líneas. El Sapo de Humo. Era aquel sapo que los insectos me pidieron que destrozara. Era una nueva aventura. Mis dedos apretaron el papel, sintiendo cómo se arrugaba ligeramente bajo la tensión. Mi corazón latía con más fuerza, no de miedo, sino de anticipación.
Sin pensarlo dos veces, impulsado por una mezcla de determinación y ese cosquilleo inquieto que siempre me recorría cuando la aventura llamaba, abandoné la cueva. Aquel lugar que apenas unas horas antes rebosaba vida y color, con tenderetes improvisados, aromas exóticos y voces cruzándose en un bullicio caótico, ahora yacía completamente vacío. Las paredes, que recordaba cubiertas de telas colgantes, faroles improvisados y cachivaches extraños, se mostraban desnudas, húmedas y silenciosas, como si nunca hubiese habido nada allí. Ni un solo rastro. Como si el mercadillo hubiese sido un sueño compartido, una alucinación colectiva, una ilusión envuelta en humo que se deshizo con el amanecer. Pero no me preocupó. No sentí miedo ni sospecha. A decir verdad, me encogí de hombros mientras caminaba hacia la salida, como si simplemente aceptara que en esta isla las cosas aparecían y desaparecían como les daba la gana. “Me quedé dormido y se fueron” Pensé con naturalidad, como quien encuentra lógico que el sol salga por el este. Lo que realmente importaba era otra cosa. Lo que ardía en mi pecho ahora no era la curiosidad por aquel mercadillo, sino un deseo más grande, más profundo y más mío que nada: encontrar al Sapo de Humo. Apreté la nota en mi puño como si fuera un mapa sagrado, una promesa escrita en papel. Si ese sapo existía —y ahora estaba convencido de que sí—, yo lo encontraría. Y no solo eso. Lo domaría, lo entendería, me convertiría en algo más que un simple amante de los insectos. Sería su soberano. El monarca absoluto de todo bicho, de toda criatura con patas, alas, caparazones o aguijones. Reinaría entre zumbidos, croares y crujidos. Y el primer paso era claro: adentrarme en lo más profundo de la isla. Allí, entre lo desconocido, comenzaría la verdadera metamorfosis.
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Alas Negras
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