[FIC] Chatarra, vapor y secretos. ¡El enorme Sapo de Humo!
#1
65 de Otoño, año 13.
Me sentía raro. Un poco triste, sí, pero no de esa tristeza que uno puede soltar con lágrimas o con un buen grito. Era algo más denso, más profundo. Como si se hubiera instalado en el pecho, silencioso, presionando desde dentro. Caminaba solo, arrastrando los pies sin darme cuenta, mientras mi mente volvía una y otra vez a los recuerdos recientes. Me dolía admitirlo, pero me sentí un completo debilucho ante aquel marine de rostro perruno y modales bastante caballeroso. Nos fundió a Aspros y a mí sin esfuerzo, sin sudar siquiera. Yo, que me creía listo para enfrentar el mundo, para mirar al peligro a los ojos y devolverle la mirada… y no fui más que un saco de golpes. Un muñeco. Y si salimos con vida fue por pura suerte, o quizás por la voluntad caprichosa de ese tipo, que decidió largarse sin razón aparente. Aún me pregunto por qué. ¿Nos subestimó? ¿Se aburrió? ¿O simplemente le dimos lástima?

Pero lo que más me pesaba, lo que realmente me estrujaba el corazón, era la partida de Aspros. Mi camarada. Mi amigo. Él se quedó atrás en el Reino Kamabakka, decidido a convertirse en el dueño y señor de aquellas tierras coloridas y ruidosas. Y aunque me alegraba por él , y de verdad que lo hacía, no podía evitar sentirme… incompleto. Como si una parte de mi viaje se hubiese detenido allí, anclada en ese lugar que ya no era mío. Así era la vida, supongo. Las personas llegan, comparten un tramo del camino contigo, y luego toman su propia ruta. Pero duele. Dolía más de lo que quería admitir. No podía hacer nada, lo sabía. Solo seguir adelante, con esta mezcla de orgullo por él y este nudo amargo que me hacía bajar la mirada cuando nadie me veía.

Habían pasado dos días desde que habíamos llegado a esa nueva isla, con un nombre que, aunque corto, me dejó pensando. Su nombre era Chika. No sabía si significaba algo, si era una palabra del idioma local o simplemente un apodo casual, pero tenía un sonido simpático. Chika. Ligero, como si la propia isla quisiera hacerme sonreír. Aquel día me levanté con el cuerpo un poco menos adolorido y las piernas llenas de ganas de moverme, así que decidí ir a explorar sin rumbo fijo. Algo en mí necesitaba perderse un rato, no por huir, sino por encontrar algo que me devolviera la chispa. Caminé por callejones estrechos que serpenteaban como intestinos entre casas de metal oxidado y raíces gigantescas, hasta que un olor extraño, mezcla de óxido, tierra húmeda y algo dulzón, me guió hacia una compuerta metálica abierta hacia abajo. Una escalera de madera mal clavada me llevó a lo que solo podía describir como un mercado subterráneo salido de un sueño bizarro.

Lo primero que me golpeó fue la luz: no era artificial, tampoco natural. Eran hongos, cientos, miles de ellos, adheridos a las paredes y techos, brillando en tonos azulados, verdes, violáceos. La chatarra estaba por todas partes, pero no era basura; cada puesto parecía un pequeño altar de invención y reciclaje. Vi una guitarra hecha con tubos de escape, una máscara de gas reconvertida en jarrón, y un dron diminuto volando en círculos con hélices hechas de cucharas. -¡Qué pasada…!- Murmuré sin darme cuenta, sonriendo como un niño en una tienda de juguetes. Aunque me fascinaban todos aquellos objetos, seguí caminando, guiado por una extraña necesidad de descubrir más, de ver qué otras locuras escondía ese lugar enterrado bajo la piel de Chika.

Aunque el bullicio del mercado subterráneo llenaba el aire con risas, voces y ruidos mecánicos, no tardé en notar algo que me hizo fruncir el ceño. Había una calma extraña flotando por encima de todo, como si esa vitalidad fuera una capa fina cubriendo algo más profundo… algo más viejo. No sabría decir exactamente qué era, quizá la manera en que algunas luces parpadeaban como si estuvieran a punto de extinguirse, o cómo algunas personas hablaban en susurros, sin mirar a los ojos, pero sentí una especie de abandono silencioso. Como si ese lugar, por muy vivo que pareciera, ya hubiese sido olvidado por el mundo. Caminé más despacio, con los sentidos agudizados, atento a cada detalle. Pasé junto a un puesto de relojes rotos que no marcaban la hora, y otro donde un hombre dormía con la cabeza apoyada sobre una caja llena de dientes de oro.

Fue entonces cuando la vi. Una anciana sentada en un taburete hecho de engranajes oxidados y cuero trenzado. Su piel era del color del café tostado, arrugada como corteza vieja, y su mirada… su mirada me atravesó como una lanza. Me sonrió sin mostrar los dientes y me hizo un gesto para que me acercara. -¿Tienes hambre de otra realidad, niño?- Me preguntó con una voz grave, casi cantarina, mientras alzaba una cazuela de la que salía un vapor violeta. Dijo que se llamaba Noba, y que ese estofado tenía la capacidad de abrir puertas invisibles, de mostrar caminos que solo existen si uno los mira con el estómago lleno de magia. Dudé solo un segundo. Quizá era la atmósfera extraña, o simplemente que yo, en el fondo, siempre había querido creer en cosas así. Le dediqué una sonrisa amplia, me senté frente a ella, cogí el cuenco caliente entre mis manos y, sin pensarlo más, lo vacié hasta la última cucharada.

Noba
[Imagen: oSgdXs8.png]
Alas Negras
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[FIC] Chatarra, vapor y secretos. ¡El enorme Sapo de Humo! - por Kenzo D. Fujiwara - 21-04-2025, 08:10 PM

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