19-04-2025, 02:10 AM
Sentí un cosquilleo de anticipación en la punta de los dedos justo antes de que ocurriera. Un segundo de tensión, apenas perceptible, y luego vi como el alcohol que había escupido anteriormente, aún goteando del cuerpo de Garnet y flotando como una bruma volátil y casi imperceptible en el aire entre nosotros, encontró su camino hacia la nariz del enemigo. No fue un torrente, no fue un espectáculo grandilocuente, pero bastó una bocanada mal tomada, una mínima distracción, para que el líquido se infiltrara por sus fosas nasales. No se si se estaba dando cuenta, pero creo que había tenido efecto. No necesitaba que mi maestro tuviera una reacción exagerada; simplemente el saber que no había ni una gota de alcohol en el ambiente, ya sabía que había surtido efecto. Le señalé entonces, con el índice extendido, como si mi dedo pudiera subrayar cada una de mis palabras. Ya le había reprochado lo que había hecho, había llamado su acción deshonrosa, y aunque no sentía la necesidad de repetirlo, ese simple gesto hablaba por mí. En mi rostro se dibujó una sonrisa contenida, breve, ladeada… como el primer resquicio de luz que se cuela por una ventana mal cerrada. No era burla, no era arrogancia, era satisfacción. El tipo de sonrisa que uno se permite cuando ve que la jugada encaja justo como lo había imaginado. Por dentro, mi mente seguía trabajando. Sabía que ese pequeño éxito no era una victoria definitiva, pero sí un punto a favor, un desliz que podía inclinar la balanza. El alcohol, irritando sus vías respiratorias, podría nublarle los reflejos, trastocar su ritmo, hacerle dudar. Cada segundo que pasaba era una oportunidad para aprovechar esa ventaja, y yo no estaba dispuesto a desperdiciarla. Mis músculos se mantenían en tensión, listos para moverse. Pero más que mi cuerpo, era mi mente la que vibraba. Disfrutaba el momento, porque no había nada más dulce que ver cómo la astucia podía desarmar lo que la fuerza por sí sola no lograba.
Mi cuerpo se impulsó hacia adelante con decisión, confiando en mis fuertes golpes y en la intención que la guiaba, pero Garnet fue más rápido. Una sombra rojiza cruzó el aire, y antes de que pudiera reaccionar, sentí cómo sus garras se hundían en mi pecho. No fue un corte superficial. Fue un zarpazo salvaje, preciso y violento, que desgarró la piel como si fuera papel mojado. El calor punzante fue inmediato, seguido por la viscosidad cálida de mi propia sangre escurriéndose por el torso. En un abrir y cerrar de ojos, el mundo dio un giro inesperado, la fuerza de su golpe me hizo tambalear, y el dolor, aunque breve en su pico más alto, me dejó aturdido durante pocos segundos, unos tres segundos. Eso fue todo lo que duró esa neblina en mi mente, pero se sintieron como una eternidad. Tres segundos en los que el campo de batalla pareció alejarse, como si lo viera a través del reflejo distorsionado de un charco agitado. Intenté fijar la vista, estabilizar el equilibrio, recordarme a mí mismo que no podía quedarme quieto. El aire sabía a metal, mis piernas temblaban un poco, y sin embargo, en medio del desconcierto, una emoción más fuerte que el dolor brotó en mí, la rabia. No una furia ciega, sino una frustración creciente, densa como el humo de un incendio. “¿Por qué no basta? ¿Por qué sigo cometiendo estos errores?”. Cada enfrentamiento era una prueba, y sin embargo, parecía tropezar una y otra vez. Me sentía como un aprendiz sin rumbo, como si toda mejora fuera una ilusión, como si el combate me recordara constantemente mis límites. Apreté los dientes, ignorando el escozor del pecho, y canalicé esa rabia hacia algo útil. No podía darme el lujo de rendirme. No ahora. Me erguí, respiré hondo, y, con el corazón latiendo con furia renovada, me preparé para mi siguiente movimiento. Esta pelea aún no terminaba.
No podía quedarme quieto ni un segundo más. Sus palabras resonaban en mis oídos como un zumbido irritante, seguramente cargadas de sabiduría, pero no estaba receptivo en ese momento. Mientras hablaba, yo ya me movía. Sentía cómo la adrenalina me recorría el cuerpo, bombeando con cada latido una urgencia feroz que quemaba mis músculos. El dolor del zarpazo aún ardía en mi pecho, pero no iba a dejar que eso me frenara. Todo lo contrario. Era el recordatorio perfecto de que no podía andarme con medias tintas. Cerré los puños con fuerza, sintiendo la tensión de mis nudillos, y me lancé hacia él como una flecha disparada desde un arco tenso, acortando la distancia que nos separaba en un abrir y cerrar de ojos. El mundo pareció estrecharse en ese instante. Ya no existía nada más, ni el entorno, ni el murmullo del viento, ni siquiera la sangre que resbalaba por mi torso. Sólo él. Mi objetivo. Apreté los dientes y cargué todo mi peso en una explosiva embestida, enfocando toda mi energía en un único punto de ataque. Mi brazo se tensó como una cuerda de acero, y, justo en el instante en que estuve a su alcance, solté un grito cargado de rabia y determinación. -¡RYUKEN!- Tronó mi voz, con una intensidad que hizo vibrar mi garganta. Mi puño derecho se proyectaba contra su tibia con la fuerza de todo mi cuerpo detrás. Quería sentir el crujido seco del contacto, quería desestabilizarlo, romper su equilibrio físico, sí… pero también el mental. Demostrarle que no pensaba ceder ni un milímetro. Que estaba dispuesto a arrastrarlo conmigo si hacía falta. Ese golpe, aunque pequeño en apariencia, llevaba la furia acumulada de mi impotencia, mis fracasos, mis dudas. Y en ese instante, todo eso se convirtió en mi arma.
Mi cuerpo se impulsó hacia adelante con decisión, confiando en mis fuertes golpes y en la intención que la guiaba, pero Garnet fue más rápido. Una sombra rojiza cruzó el aire, y antes de que pudiera reaccionar, sentí cómo sus garras se hundían en mi pecho. No fue un corte superficial. Fue un zarpazo salvaje, preciso y violento, que desgarró la piel como si fuera papel mojado. El calor punzante fue inmediato, seguido por la viscosidad cálida de mi propia sangre escurriéndose por el torso. En un abrir y cerrar de ojos, el mundo dio un giro inesperado, la fuerza de su golpe me hizo tambalear, y el dolor, aunque breve en su pico más alto, me dejó aturdido durante pocos segundos, unos tres segundos. Eso fue todo lo que duró esa neblina en mi mente, pero se sintieron como una eternidad. Tres segundos en los que el campo de batalla pareció alejarse, como si lo viera a través del reflejo distorsionado de un charco agitado. Intenté fijar la vista, estabilizar el equilibrio, recordarme a mí mismo que no podía quedarme quieto. El aire sabía a metal, mis piernas temblaban un poco, y sin embargo, en medio del desconcierto, una emoción más fuerte que el dolor brotó en mí, la rabia. No una furia ciega, sino una frustración creciente, densa como el humo de un incendio. “¿Por qué no basta? ¿Por qué sigo cometiendo estos errores?”. Cada enfrentamiento era una prueba, y sin embargo, parecía tropezar una y otra vez. Me sentía como un aprendiz sin rumbo, como si toda mejora fuera una ilusión, como si el combate me recordara constantemente mis límites. Apreté los dientes, ignorando el escozor del pecho, y canalicé esa rabia hacia algo útil. No podía darme el lujo de rendirme. No ahora. Me erguí, respiré hondo, y, con el corazón latiendo con furia renovada, me preparé para mi siguiente movimiento. Esta pelea aún no terminaba.
No podía quedarme quieto ni un segundo más. Sus palabras resonaban en mis oídos como un zumbido irritante, seguramente cargadas de sabiduría, pero no estaba receptivo en ese momento. Mientras hablaba, yo ya me movía. Sentía cómo la adrenalina me recorría el cuerpo, bombeando con cada latido una urgencia feroz que quemaba mis músculos. El dolor del zarpazo aún ardía en mi pecho, pero no iba a dejar que eso me frenara. Todo lo contrario. Era el recordatorio perfecto de que no podía andarme con medias tintas. Cerré los puños con fuerza, sintiendo la tensión de mis nudillos, y me lancé hacia él como una flecha disparada desde un arco tenso, acortando la distancia que nos separaba en un abrir y cerrar de ojos. El mundo pareció estrecharse en ese instante. Ya no existía nada más, ni el entorno, ni el murmullo del viento, ni siquiera la sangre que resbalaba por mi torso. Sólo él. Mi objetivo. Apreté los dientes y cargué todo mi peso en una explosiva embestida, enfocando toda mi energía en un único punto de ataque. Mi brazo se tensó como una cuerda de acero, y, justo en el instante en que estuve a su alcance, solté un grito cargado de rabia y determinación. -¡RYUKEN!- Tronó mi voz, con una intensidad que hizo vibrar mi garganta. Mi puño derecho se proyectaba contra su tibia con la fuerza de todo mi cuerpo detrás. Quería sentir el crujido seco del contacto, quería desestabilizarlo, romper su equilibrio físico, sí… pero también el mental. Demostrarle que no pensaba ceder ni un milímetro. Que estaba dispuesto a arrastrarlo conmigo si hacía falta. Ese golpe, aunque pequeño en apariencia, llevaba la furia acumulada de mi impotencia, mis fracasos, mis dudas. Y en ese instante, todo eso se convirtió en mi arma.
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Alas Negras
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