17-04-2025, 05:44 PM
(Última modificación: 17-04-2025, 05:44 PM por Comilón McBacon.)
Tras mi discurso Zorak se compadeció de mí, diciendo que sentía lo que me había pasado y usando una palabra que, pudiendo parecer una nimiedad, significó para mi el comienzo de una nueva etapa, invadió mi cuerpo una agradable sensación de calor, similar a la de mi madre abrazándome cuando aún era solo un lechón. Zorak me llamó compañero por primera vez, y sabía que era algo real, su voz reflejaba la honestidad y sus ojos cambiaron mientras le narraba mi noche más oscura, sabía que era real lo que decía porque veía en él un reflejo de mi sufrimiento, no sabía qué le habría pasado a mi mariscal en su pasado, pero debió ser algo similar a lo que yo sufrí, y eso reforzó el lazo que nos unía, no como miembros de la misma milicia, si no como miembros de la misma familia, los Toros Negros. Antes de que pudiera imaginar lo que mi pelirrojo compañero había pasado me lo contó él mismo, al menos un resumen de su historia. Perdió a su familia y, movido por la ira puramente, dejó a su paso un rastro de cadáveres en su camino hasta encontrar su objetivo final, la venganza, pero vengarse no llenó el hueco que la pérdida había dejado en su alma, eso lo podía entender, — Yo… Tuve suerte y uno de los minks de la aldea me enseñó el camino de la disciplina marcial, me enseñó que la violencia no es una respuesta válida cuando la paz se puede obtener con diálogo, y que el conflicto siempre debe ser la última opción. Gracias a sus enseñanzas no perseguí la venganza, aunque muchas veces lo pensé, siempre recordaba lo que había perdido, a los que había perdido, ellos no querrían que me convirtiera en el monstruo que el mundo cree que soink. — confesé con sinceridad mientras Zorak me daba la espalda para ir a buscar algo.
Después de rebuscar un rato en uno de los barriles volvió a mi con un trapo negro bastante grande, alcé una ceja y el suspense provocó que mi hocico roncase, mis ojos se volvieron vidriosos al ver lo que era, la prueba de que era realmente aceptado por mi nueva familia, un pañuelo negro que decoraría mi cuello con un bordado dorado que iría bajo mi barbilla una vez el pañuelo estuviera atado, con el nudo bajo mi nuca. — Muchas gracias, oink. — Después comenzó una especie de juramento recitado por Zorak, — Ahora empieza mi guardia. — comencé a ponerme en pie, erguido y con mi brazo derecho en forma de V acabando con el puño cerrado y apoyado a la altura de mi corazón:
— No terminará hasta el día de mi muerte. No buscaré poseer tierras, no querré llevar coronas y no buscaré la gloria. Viviré y moriré en mi puesto. Seré la luz en la oscuridad. Mi vida y mi honor son ahora parte de algo más grande que yo mismo, pues soy parte de los Toros Negros. —
Retoqué el juramento mientras lo hacía para hacerlo mío, esperaba que Zorak no se molestase por lo que había hecho, pues los cambios no eran tan grandes y mi determinación era evidente.
