[Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas
#9
Dumati alzó una ceja, sin molestarse en disimular su sorpresa. No era habitual encontrarse con una marine que respondiera con palabras antes que con violencia, pero incluso en sus formas contenidas, aquella mujer no dejaba de irradiar una hostilidad pulida, casi ceremonial. Ella le había devuelto el saludo no con cortesía, sino con una amenaza silenciosa, deslizando su espada con lentitud calculada mientras sus pasos describían un semicírculo a su alrededor, como una cazadora marcando el terreno de la presa. El brillo acerado del filo reflejaba fragmentos de luz entre los manglares, y el movimiento de la hoja no era sólo intimidante, sino metódico, casi elegante. Dumati no apartó la mirada. No retrocedió. -Hablas de daño como si el Gobierno o los marines no lo causen…- Respondió, su voz firme, sin necesidad de alzarla para que se sintiera tan afilada como la espada que lo apuntaba. -Permíteme que te contradiga.

Sus palabras no eran un intento de provocación, sino una convicción que le nacía desde lo más profundo. Era la voz de alguien que había visto pueblos reducidos a cenizas en nombre del “orden”, familias separadas por caprichos del poder, gente sencilla convertida en daños colaterales de una maquinaria demasiado grande como para detenerla sin que alguien sangrara. Dumati conocía ese daño. No por libros, no por historias ajenas, sino por cicatrices propias. Por dentro, algo se agitaba en él. No era miedo. No exactamente. Era esa tensión que se instala en los huesos cuando uno sabe que está a segundos de tener que defender su vida. Pero también había otra emoción, más tenue y difícil de nombrar: una suerte de decepción resignada. Él no quería luchar. No al menos sin motivo. Pero las espadas no mienten, y la de ella hablaba con más claridad que cualquier palabra. Así que, sin perderla de vista ni por un segundo, Dumati alzó ligeramente la barbilla. No para desafiarla, sino para dejar claro que no se encogería ante su juicio.

Dumati rió, una carcajada breve y grave, cargada de incredulidad más que de burla. Sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada, casi condescendiente, y sus ojos, oscuros y centelleantes como carbones encendidos, se clavaron en los de la marine como si buscaran algo más allá de la fachada de firmeza que intentaba proyectar. La rigidez en su postura, la forma meticulosa en la que sujetaba su arma, la elección exacta de sus palabras… todo en ella olía a manual. A reglas aprendidas, no vividas. -Oh, venga ya… Jean…- Repitió su nombre con una familiaridad provocadora, como si con sólo pronunciarlo pudiera desarmarla un poco más. -Tienes pinta de ser nueva en la Marina. ¿Por qué no te callas con ese discurso autoimpuesto y sales a ver cómo es el mundo realmente?- Había verdad en sus palabras, pero también una chispa de desafío. No era sólo un intento de ganar tiempo, ni una táctica de distracción. Era un reflejo de su propia filosofía, de esa mirada escéptica hacia todo lo que viniera uniformado y con una insignia. Dumati no odiaba a los marines por ser marines. Lo que detestaba era esa ilusión de justicia inquebrantable, ese barniz de moralidad que a menudo ocultaba horrores peores que los de cualquier pirata.

Pero entonces, Jean habló. Sus palabras fueron claras, secas, inamovibles como una sentencia, indicandole que bajara el arma y que se entregara porque estaba detenido. Y ahí, en ese momento preciso, ocurrió el click. La sonrisa de Dumati se desvaneció como un suspiro entre sombras. El tono cambió. No había más espacio para dudas ni ironías. Aquella orden, tan prepotente como absurda, selló el destino de ese encuentro. Su brazo se tensó al instante, los dedos firmes sobre la empuñadura de su arma, y todo su cuerpo se volcó hacia el combate con una precisión instintiva.

A Dumati y Jean los separaban apenas cinco metros, pero para él, esa distancia contenía el peso de todo un mundo de contradicciones. No la veía como una simple marine. La veía como una encarnación más de ese sistema que le había mentido desde que tenía uso de razón. Y sin embargo, había algo en su voz, en la convicción con la que había pronunciado esas palabras de arresto, que le inquietaba. No sonaba arrogante, ni siquiera agresiva. Sonaba segura. Convencida. Como si creyera de verdad que estaba haciendo lo correcto. Y eso, de algún modo, le encendía más la sangre que cualquier amenaza vacía. No necesitó pensarlo dos veces. El click había sido claro. La tensión del momento se transformó en acción con una fluidez instintiva. Sus piernas se lanzaron hacia adelante con una rapidez nacida del entrenamiento y de la necesidad. Mientras acortaba la distancia entre ambos, su mano derecha retrocedió con precisión medida, los dedos ajustándose con familiaridad al mango de su katana. El filo, oscuro y elegante, cortó el aire con un destello fugaz al ser desenfundado, como una extensión de su voluntad.

A menos de un metro de ella, Dumati descargó un tajo ascendente, de izquierda a derecha, dirigido al torso de Jean. No era un golpe brutal, sino una advertencia cortante, una declaración clara de que no pensaba rendirse. No dudó, no vaciló. Era la clase de ataque que obligaba a reaccionar, que separaba a los improvisados de los verdaderos combatientes. Sin perder tiempo, dio un paso lateral y adoptó una guardia baja y firme. Las rodillas ligeramente flexionadas, el cuerpo equilibrado, los ojos clavados en los de su oponente. Su respiración era medida, pero sus sentidos estaban al límite. Sabía que la respuesta llegaría. Lo deseaba. Porque en el fondo, Dumati no sólo luchaba contra una marine. Luchaba contra todo lo que ella representaba. Contra el juicio injusto, contra las cadenas de un mundo que pretendía domesticar a los libres. Y en ese instante, más que nunca, estaba decidido a romper cada una de esas cadenas con el filo de su convicción.

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Alas Negras
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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - por Kenzo D. Fujiwara - 17-04-2025, 03:26 AM

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