[Pasado] Serenidad
#5
Una sonrisa enorme se dibujó en mi rostro, tan espontánea como luminosa, al escuchar las palabras de Triana. Había algo en su voz, una mezcla perfecta de certeza y calma, que me atravesó como una ola cálida en medio de un mar turbulento. Dijo que pronto volvería nuestro capitán, y sinceramente, no hacía falta que dijera más. Esas palabras llevaban todo lo que necesitaba escuchar: fe, esperanza y una certeza que no se construía sobre ilusiones, sino sobre vivencias compartidas, sobre todo lo que habíamos enfrentado y superado. Saber que ella también confiaba me dio una seguridad que no sentía desde hacía días, y por un instante, todo dentro de mí pareció alinearse. Mi pecho se relajó, mis pensamientos dejaron de correr en círculos y el ruido del mundo, incluso el más sutil, se desvaneció.

Volví a enfocarme en mis movimientos, lanzando puñetazos al aire con fuerza controlada, con intención. Hacer sombra era más que una rutina física. Era un acto de enfoque, una manera de vaciar mi mente de dudas y llenarla de intención. Cada golpe, cada paso, era una afirmación silenciosa de que seguía aquí, de que estaba listo para lo que viniera. Podía sentir el ritmo de mi respiración acompasándose con el de mis latidos, como una coreografía secreta que me mantenía en equilibrio. Triana no decía nada más, y yo tampoco necesitaba hablar. El silencio que se tejió entre nosotros no era incómodo ni tenso. Era denso y sólido, como un puente invisible que nos conectaba. No hacía falta llenar el aire de palabras.

Me detuve un momento, dejando que mis brazos colgaran a los lados mientras el sudor me recorría la frente. Giré la cabeza hacia Triana con una sonrisa tan ancha que sentí cómo se me tensaban las mejillas. Había algo divertido en picarla, en probar los límites de su paciencia con esa mezcla de descaro y camaradería que se había forjado con los años. -No te he llamado vieja.- Dije con voz traviesa, sabiendo perfectamente que estaba tocando una fibra sensible. -Pero si crees que lo insinuaba… probablemente lo seas.- Solté la frase como quien lanza una piedrita al agua, esperando ver hasta dónde llegarían las ondas de su reacción. Me dijo que ella había entrenado y que estaba descansando, y que ahora me tocaba descansar a mí. Y entonces, como si el aire mismo me diera combustible, respondí con una carcajada estruendosa, sin filtros ni reservas, la clase de risa que nace del estómago y retumba en el pecho. -¡Ya descansaré cuando esté muerto! ¡Shajajajajajajajajajaja!- Mi voz rebotó por el lugar como si quisiera sacudir las sombras, como si el eco mismo necesitara reírse también. Y no era solo una broma. Había verdad en mis palabras, una verdad que no decía con solemnidad porque no era mi estilo, pero que ardía con fuerza dentro de mí. No podía darme el lujo de frenar, no ahora, no mientras quedaran batallas por pelear, amigos por proteger y sueños por cumplir. Mi descanso, si es que llegaba, sería el cierre de una historia bien vivida. Hasta entonces, solo había una opción: seguir adelante, con fuerza, con risas, y con fuego en el corazón.

Después de las risas, me silencié en apenas un segundo, no por nada más que por lo que acababa de oír. La voz de Triana, usualmente firme y templada, tenía un matiz de curiosidad genuina, casi vulnerable. Le miré a los ojos y me llevé las manos a la cintura, ensanchando el pecho, adoptando una postura que a veces imitaba a los héroes de los viejos carteles piratas, pero que en este caso era más para encontrar equilibrio que para presumir. -Pues mira...- Empecé con tono ligero, sin una pizca de incomodidad. -No conocí a mi padre. Ni una sola pista. Mi madre… bueno, ella murió cuando era un chiquillo, muy pequeño. No la recuerdo del todo bien, aunque a veces me vienen sus canciones, su risa, su olor a leche y barro. Cosas así.- Hice una pausa, no para dramatizar, sino para respirar con honestidad. -Estuve vagando por mi isla natal como un bicho más. Dormía donde podía, comía lo que encontraba. Me volvía invisible para que no me pisaran, literal y figuradamente.- Mis labios se curvaron en una sonrisa más nostálgica que alegre, aunque enseguida la transformé en otra carcajada explosiva. -Hasta que el viejo Kumatetsu me salvó. Un toro de hombre, más grande que la vida misma. Me entrenó, me hizo fuerte, me enseñó a no pedir permiso ni perdón. Me enseñó a ser un guerrero letal. ¡Shajajajajajajaja!- Mi risa rugió como un trueno. Pero cuando se desvaneció, bajé un poco la voz y la miré de frente. -¿Y tú? ¿Tienes familia?- Lo pregunté con suavidad, con ese extraño respeto que sólo uno que ha perdido algo entiende al preguntar si otro aún lo conserva.
[Imagen: oSgdXs8.png]
Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
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[Pasado] Serenidad - por Kenzo D. Fujiwara - 13-03-2025, 08:49 PM
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