30-03-2025, 07:16 PM
El grupo, con ánimos renovados, siguió avanzando. Jean sintió algo de orgullo al ver como sus compañeros ya no tenían aquella postura arqueada y tensa, sino que se mostraban rectos y con la mirada más decidida. Seguían teniendo miedo, ella misma lo tenía, pero como decía la sargento, la valentía no era la ausencia de temor, sino la capacidad para enfrentarse a él.
En silencio siguieron avanzando hasta que el túnel por el que discurrían se abría en una estancia más amplia. Seguía habiendo vías con vagones abandonados llenos de piedras y minerales, pero en general el espacio era bastante más diáfano. Una gruta en la que desembocaban varios túneles. Aquel sitio podía convertirse en un autentico laberinto si no tenían cuidado y mantenían ciertas precauciones que, hasta ahora, ni siquiera habían considerado. Jean se preguntó si los dos escuadrones que habían ido por las otras entradas secundarias acabarían también en ese mismo lugar, o la mina era todavía más profunda.
Detuvo el pasar de sus pensamientos cuando entre el denso aire notó una sombra moverse en la oscuridad. Al tiempo que sus compañeros, tensó sus músculos y llevó su mano a la empuñadura de su espada, entornando los ojos para intentar ver mejor entre las brumas que tenían delante. Cuando escuchó el inconfundible sonido de un filo saliendo de su vaina, lo acompañó con un movimiento en arco de su brazo que dejó ver a Zéphyros, su espada, destellando entre los rayos de luz de las linternas de sus compañeros. No tuvieron que decir nada. Los bandidos salieron a la luz poco a poco. Unos con espadas, otros con dagas, alguno con pistolas en no muy buenas condiciones. Todos vistiendo ropas raídas que habían visto días mejores. A Jean algunas de aquellas indumentarias le parecieron uniformes, donde incluso se llegada a advertir alguna insignia raída entre la oscuridad.
- Atacar una mina, matar a obreros inocentes... - dijo Jean, que notaba como sus palabras reverberaban en la caverna. Fue moviendo su mirada de manera ágil, contando a los bandidos, haciendo un mapa mental del lugar y colocando a cada uno con su tipo de arma en él. - Habéis sido extremadamente optimistas al pensar que no iba a ser un canteo... Venimos con la Sargento Ville. Hay dos equipos más peinando los túneles. Lo mejor que podéis hacer es rendiros.
Jean tenía una vaga esperanza de que sus palabras calaran en los bandidos. Su aspecto ávido de violencia, sus armas en alto, sus sonrisas ansiosas... Las palabras de Jean cayeron en saco roto al tiempo que los bandidos se lanzaban al ataque. El corazón de Jean se desbocó de repente. Era la primera vez que blandía a Zéphyros. Se dio cuenta de lo pesada que era aquella espada. Todo hasta aquel momento habían sido entrenamientos con espadas de madera, inofensivas. Pero ahora la cosa cambiaba. El destello de aquellos filos indicaba que se trataban de armas reales. Tragó saliva, exhaló aire, que adquirió una textura brumosa frente a sus labios. Y bajando su centro de gravedad, se lanzó hacia delante. Sus oponentes no llevaban linternas o antorchas, así que debían conocer el lugar a la perfección. No podría descuidarse.
En su mente había creado un mapa mental de la caverna, con la posición tanto de sus compañeros como de los bandidos. El que tenía más cerca, un tipo bastante más alto que ella, y bastante más lento por la cara de sorpresa que mostró al ver como en apenas unos pocos segundos aquella chica se había plantado delante suyo, fue el primero en caer. Sin andarse con tapujos, Jean golpeó con la parte plana del filo de su espada la mano del bandido, obligándolo a soltar su propio arma. Con un rápido movimiento, giró sobre si misma, rodeando el cuerpo de su oponente y lanzando un fuerte golpe a la cabeza con la empuñadura de Zéphyros. No se molestó en ver si caía al suelo inconsciente o solo aturdido, pues su objetivo era otro. Se agachó, cogió un casco deformado (seguramente debido a un fuerte golpe) del suelo y lo lanzó contra un bandido que tenía delante. Este, más bajo y delgado, era uno de los dos que tenia una pistola. Aunque no eran armas que parecieran estar en muy buen estado, eran la mayor amenaza contra el grupo de marines. Uno o dos bandidos que lograsen ocultarse bien entre las sombras o detrás de los vagones de minerales, por mala puntería que tuvieran podían acabar en pocos disparos con los cuatro reclutas.
Lanzar el casco contra él no tenía como objetivo golpearle, sino ganar tiempo. El bandido, abrumado por la velocidad de Jean, se puso nervioso y apunto al casco en vez de a la rubia. Un disparo resonó por toda la caverna, pero no llegó a alcanzar a nadie. Jean se lanzó de un salto contra él, entrelazó sus tobillos en el cuello del bandido y giró en el aire sobre si misma, haciendo que el cuerpo del bandido hiciera lo mismo, golpeando fuertemente el suelo. La pistola salió volando y se oyó un crack cuando chocó contra el suelo.
- No me puedo creer que me haya salido. - pensó Jean levantando la cabeza, todavía con el corazón al máximo, pero con la mente enfocada. Aquella llave se la habían enseñado apenas tres días antes la sargento Amren, y nunca pensó que pudiera llegar a serle útil.
No tuvo mucho tiempo para tomar aliento, pues rápidamente notó como el filo de una espada caía sobre ella. Justo a su lado, un bandido más pequeño se acercaba rápidamente con una daga en la mano. Jean dio dos rápidos pasos a su izquierda, evitando el espadazo que casi acierta al bandido de la daga. Se apoyó en la espalda del bandido de la espada, rodó sobre él y golpeó de nuevo con la parte plana de su espada en la cabeza del bandido de la daga, para acto seguido mover a Zéphyros en dirección contraria y golpear con su mango la cara del bandido de la espada.
Los dos cayeron al suelo, y Jean, sorprendida, se tomó un segundo para tomar aire. Se movía por puro instinto, y comenzaba a ser consciente de lo exigente que había sido el entrenamiento de la sargento Amren. Ella era rápida y fuerte, letal. Había perdido la cuenta de las veces que las había apalizado en los entrenamientos, pues no les concedía nada, siempre iba al 100% de sus capacidades. Nunca ningún recluta la había logrado tocar, pero por otro lado podían verse claramente los resultados del entrenamiento. En comparación, aquellos bandidos parecían ir a cámara lenta.
Jean se apresuró, comenzando a correr hacia donde estaban sus compañeros, que no corrían la misma suerte estando en inferioridad numérica. En un cinco para tres, apenas lograban mantener a raya a los bandidos, que se iban turnando para golpear. Tras ellos, un sexto bandido apuntaba con su arma, a tiendas, inseguro de no tener hueco suficiente y temer darle a sus propios compañeros. Cayó el primero cuando Jean alcanzó aquella posición, golpeándolo la joven en la clavícula con un movimiento descendente, tal y como le habían enseñado para dejar neutralizados a los oponentes de forma no letal. Respiró hondo, cansada, pero se lanzó de lleno contra los bandidos. Sus compañeros la vieron venir y, de repente, lo que era una superioridad numérica por parte de los bandidos se convirtió en un desordenado caos donde no tardaron mucho en caer. Confiados, les pilló por sorpresa recibir un ataque por la espalda, lo que provocó que se giraran sobre si mismos, momento que utilizaron los marines para iniciar el contrataque. Momentos de confusión que pagaron caros.
Jean vio sangre por primera vez cuando uno de sus compañeros clavaba su espada en el torso de uno de los bandidos, y se quedó quieta durante un segundo que casi paga muy caro. Una espada dentada chocó contra Zéphyros con violencia. La joven marine giró su muñeca, dejando que la espada del bandido se deslizara por el filo de su propia espada, haciendo que este se desequilibrara. Flexionó las piernas, agachándose, y en otro rápido movimiento lanzó por inercia un tajo en diagonal. Su espada realizó un corte limpio en el pecho del bandido que parecía el jefe, dejando que este cayera hacia atrás con los ojos en blanco.
La joven marine miró a su alrededor. Todos los bandidos habían sido neutralizados. Miró a Zéphyros, que solo guardaba una pequeña linea roja carmesí en su filo. Aguantó una arcada y notó como su respiración se aceleraba. ¿Estaba muerto? No se acercó a comprobarlo. Se giró para que sus compañeros no vieran su cara. Necesitaba un segundo. No era tan inocente como para suponer que todos los conflictos podían resolverse sin bajas. Sin muertes. Pero una cosa era ser consciente de ello, y otra vivirlo. Miró por el rabillo del ojo a su espada, casi limpia después de que la sangre se hubiese deslizado por el filo, cayendo al suelo en pequeñas gotas que ennegrecieron el suelo de piedra.
- De... deberíamos seguir... - logró decir Jean con la voz ronca.
En silencio siguieron avanzando hasta que el túnel por el que discurrían se abría en una estancia más amplia. Seguía habiendo vías con vagones abandonados llenos de piedras y minerales, pero en general el espacio era bastante más diáfano. Una gruta en la que desembocaban varios túneles. Aquel sitio podía convertirse en un autentico laberinto si no tenían cuidado y mantenían ciertas precauciones que, hasta ahora, ni siquiera habían considerado. Jean se preguntó si los dos escuadrones que habían ido por las otras entradas secundarias acabarían también en ese mismo lugar, o la mina era todavía más profunda.
Detuvo el pasar de sus pensamientos cuando entre el denso aire notó una sombra moverse en la oscuridad. Al tiempo que sus compañeros, tensó sus músculos y llevó su mano a la empuñadura de su espada, entornando los ojos para intentar ver mejor entre las brumas que tenían delante. Cuando escuchó el inconfundible sonido de un filo saliendo de su vaina, lo acompañó con un movimiento en arco de su brazo que dejó ver a Zéphyros, su espada, destellando entre los rayos de luz de las linternas de sus compañeros. No tuvieron que decir nada. Los bandidos salieron a la luz poco a poco. Unos con espadas, otros con dagas, alguno con pistolas en no muy buenas condiciones. Todos vistiendo ropas raídas que habían visto días mejores. A Jean algunas de aquellas indumentarias le parecieron uniformes, donde incluso se llegada a advertir alguna insignia raída entre la oscuridad.
- Atacar una mina, matar a obreros inocentes... - dijo Jean, que notaba como sus palabras reverberaban en la caverna. Fue moviendo su mirada de manera ágil, contando a los bandidos, haciendo un mapa mental del lugar y colocando a cada uno con su tipo de arma en él. - Habéis sido extremadamente optimistas al pensar que no iba a ser un canteo... Venimos con la Sargento Ville. Hay dos equipos más peinando los túneles. Lo mejor que podéis hacer es rendiros.
Jean tenía una vaga esperanza de que sus palabras calaran en los bandidos. Su aspecto ávido de violencia, sus armas en alto, sus sonrisas ansiosas... Las palabras de Jean cayeron en saco roto al tiempo que los bandidos se lanzaban al ataque. El corazón de Jean se desbocó de repente. Era la primera vez que blandía a Zéphyros. Se dio cuenta de lo pesada que era aquella espada. Todo hasta aquel momento habían sido entrenamientos con espadas de madera, inofensivas. Pero ahora la cosa cambiaba. El destello de aquellos filos indicaba que se trataban de armas reales. Tragó saliva, exhaló aire, que adquirió una textura brumosa frente a sus labios. Y bajando su centro de gravedad, se lanzó hacia delante. Sus oponentes no llevaban linternas o antorchas, así que debían conocer el lugar a la perfección. No podría descuidarse.
En su mente había creado un mapa mental de la caverna, con la posición tanto de sus compañeros como de los bandidos. El que tenía más cerca, un tipo bastante más alto que ella, y bastante más lento por la cara de sorpresa que mostró al ver como en apenas unos pocos segundos aquella chica se había plantado delante suyo, fue el primero en caer. Sin andarse con tapujos, Jean golpeó con la parte plana del filo de su espada la mano del bandido, obligándolo a soltar su propio arma. Con un rápido movimiento, giró sobre si misma, rodeando el cuerpo de su oponente y lanzando un fuerte golpe a la cabeza con la empuñadura de Zéphyros. No se molestó en ver si caía al suelo inconsciente o solo aturdido, pues su objetivo era otro. Se agachó, cogió un casco deformado (seguramente debido a un fuerte golpe) del suelo y lo lanzó contra un bandido que tenía delante. Este, más bajo y delgado, era uno de los dos que tenia una pistola. Aunque no eran armas que parecieran estar en muy buen estado, eran la mayor amenaza contra el grupo de marines. Uno o dos bandidos que lograsen ocultarse bien entre las sombras o detrás de los vagones de minerales, por mala puntería que tuvieran podían acabar en pocos disparos con los cuatro reclutas.
Lanzar el casco contra él no tenía como objetivo golpearle, sino ganar tiempo. El bandido, abrumado por la velocidad de Jean, se puso nervioso y apunto al casco en vez de a la rubia. Un disparo resonó por toda la caverna, pero no llegó a alcanzar a nadie. Jean se lanzó de un salto contra él, entrelazó sus tobillos en el cuello del bandido y giró en el aire sobre si misma, haciendo que el cuerpo del bandido hiciera lo mismo, golpeando fuertemente el suelo. La pistola salió volando y se oyó un crack cuando chocó contra el suelo.
- No me puedo creer que me haya salido. - pensó Jean levantando la cabeza, todavía con el corazón al máximo, pero con la mente enfocada. Aquella llave se la habían enseñado apenas tres días antes la sargento Amren, y nunca pensó que pudiera llegar a serle útil.
No tuvo mucho tiempo para tomar aliento, pues rápidamente notó como el filo de una espada caía sobre ella. Justo a su lado, un bandido más pequeño se acercaba rápidamente con una daga en la mano. Jean dio dos rápidos pasos a su izquierda, evitando el espadazo que casi acierta al bandido de la daga. Se apoyó en la espalda del bandido de la espada, rodó sobre él y golpeó de nuevo con la parte plana de su espada en la cabeza del bandido de la daga, para acto seguido mover a Zéphyros en dirección contraria y golpear con su mango la cara del bandido de la espada.
Los dos cayeron al suelo, y Jean, sorprendida, se tomó un segundo para tomar aire. Se movía por puro instinto, y comenzaba a ser consciente de lo exigente que había sido el entrenamiento de la sargento Amren. Ella era rápida y fuerte, letal. Había perdido la cuenta de las veces que las había apalizado en los entrenamientos, pues no les concedía nada, siempre iba al 100% de sus capacidades. Nunca ningún recluta la había logrado tocar, pero por otro lado podían verse claramente los resultados del entrenamiento. En comparación, aquellos bandidos parecían ir a cámara lenta.
Jean se apresuró, comenzando a correr hacia donde estaban sus compañeros, que no corrían la misma suerte estando en inferioridad numérica. En un cinco para tres, apenas lograban mantener a raya a los bandidos, que se iban turnando para golpear. Tras ellos, un sexto bandido apuntaba con su arma, a tiendas, inseguro de no tener hueco suficiente y temer darle a sus propios compañeros. Cayó el primero cuando Jean alcanzó aquella posición, golpeándolo la joven en la clavícula con un movimiento descendente, tal y como le habían enseñado para dejar neutralizados a los oponentes de forma no letal. Respiró hondo, cansada, pero se lanzó de lleno contra los bandidos. Sus compañeros la vieron venir y, de repente, lo que era una superioridad numérica por parte de los bandidos se convirtió en un desordenado caos donde no tardaron mucho en caer. Confiados, les pilló por sorpresa recibir un ataque por la espalda, lo que provocó que se giraran sobre si mismos, momento que utilizaron los marines para iniciar el contrataque. Momentos de confusión que pagaron caros.
Jean vio sangre por primera vez cuando uno de sus compañeros clavaba su espada en el torso de uno de los bandidos, y se quedó quieta durante un segundo que casi paga muy caro. Una espada dentada chocó contra Zéphyros con violencia. La joven marine giró su muñeca, dejando que la espada del bandido se deslizara por el filo de su propia espada, haciendo que este se desequilibrara. Flexionó las piernas, agachándose, y en otro rápido movimiento lanzó por inercia un tajo en diagonal. Su espada realizó un corte limpio en el pecho del bandido que parecía el jefe, dejando que este cayera hacia atrás con los ojos en blanco.
La joven marine miró a su alrededor. Todos los bandidos habían sido neutralizados. Miró a Zéphyros, que solo guardaba una pequeña linea roja carmesí en su filo. Aguantó una arcada y notó como su respiración se aceleraba. ¿Estaba muerto? No se acercó a comprobarlo. Se giró para que sus compañeros no vieran su cara. Necesitaba un segundo. No era tan inocente como para suponer que todos los conflictos podían resolverse sin bajas. Sin muertes. Pero una cosa era ser consciente de ello, y otra vivirlo. Miró por el rabillo del ojo a su espada, casi limpia después de que la sangre se hubiese deslizado por el filo, cayendo al suelo en pequeñas gotas que ennegrecieron el suelo de piedra.
- De... deberíamos seguir... - logró decir Jean con la voz ronca.
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