28-03-2025, 01:42 PM
El sonido de mis propios movimientos llenaba el claro, el roce del viento contra mi ropa, el peso de mi respiración acompasada con cada golpe. Cada corte con mi Hachimon trazaba líneas invisibles en el aire, cada patada cargada con mis espinilleras fortalecía mis piernas, forzándome a superar el límite de mi resistencia. El sudor caía por mis sienes, pero mi mente estaba enfocada, mi cuerpo en un estado de alerta que no me permitía flaquear. Y fue entonces cuando lo sentí. No fue un sonido claro ni un movimiento brusco, sino algo más sutil, más primitivo. Una vibración en el suelo, un cambio en la presión del aire, un leve crujido entre la maleza. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo del todo. Mi estómago se tensó, no de miedo, sino de preparación. Como si cada músculo de mi ser se alistara para la pelea. Mi instinto de supervivencia, siempre latente, se despertó al instante, y con él, mi deber de protegerme y de proteger a los míos.
Mis ojos recorrieron el claro en un parpadeo, buscando el origen del sonido. No había muchos árboles que pudieran ocultar algo grande, pero la hierba alta y los arbustos al borde del área eran suficientes para esconder una amenaza. Mi respiración se hizo más profunda, más lenta. No era la primera vez que sentía esto, ese filo de incertidumbre que precede a un combate. Un presentimiento que solo tienen aquellos que han estado en peligro demasiadas veces. Apreté los dedos dentro de mi guantelete, asegurándome de que el Hachimon estuviera bien ajustado. Si lo que fuera que se acercaba tenía intención hostil, no me encontraría desprevenido.
El sonido de los pasos terminó de revelarse en cuanto me giré. Allí estaba Garnet, su presencia inconfundible, su silueta robusta y su mirada afilada clavándose en mí con la misma intensidad de siempre. Pero esta vez, su transformación ya estaba activa. Su piel se había cubierto de aquel pelaje áspero y rojizo, su postura más felina, más letal. Incluso su respiración tenía un ritmo más profundo, más contenido, como si estuviera midiendo el entorno con el instinto de un depredador. Su mirada se deslizó hasta mi brazo. El Hachimon brillaba bajo la tenue luz que se filtraba entre las hojas del claro. Sus ojos se estrecharon levemente antes de preguntar por él. Sonreí con orgullo antes de contestar. No porque quisiera presumir, sino porque lo que llevaba en mi mano no era solo un arma; era el fruto de mi esfuerzo, de mis ideas, de mi determinación. Me giré del todo hacia él, dándome el lujo de recorrerlo con la mirada, fijándome en cada detalle de su transformación. Las garras que sobresalían de sus manos, la musculatura de su cuerpo ahora más marcada, la ligera inclinación de su postura, como si siempre estuviera listo para saltar sobre su presa.
-Pues lo he hecho yo, Garnet- Dije, con una sonrisa radiante. -Se llama Hachimon. ¿Está guay, verdad? ¡Son como tus garras de tigre! ¡Shajajajajajajaja!- Mi risa resonó por el claro, despreocupada, mientras levantaba el brazo y flexionaba los dedos, mostrando la firmeza del guantelete. Era mi creación, mi orgullo, y quería que todos lo supieran. Una chispa de emoción recorrió mi cuerpo al escuchar sus palabras. Garnet, con esa expresión fiera e inquebrantable, acababa de proponerme otra sesión de entrenamiento. No hacía falta responder. Mi media sonrisa hablaba por sí sola. Esto era justo lo que quería. Una oportunidad para probar el Hachimon contra un oponente de verdad, alguien que no se rompería con un solo golpe, alguien que me obligaría a ir más allá de mis límites.
Levanté el brazo lentamente, flexionando los dedos dentro del guantelete. El cuero crujió y las cuchillas brillaron con un reflejo metálico, como si ellas también estuvieran ansiosas por entrar en acción. -No hace falta que lo digas dos veces...- Dije finalmente, inclinando un poco el cuerpo hacia adelante, preparándome. Mi peso se distribuyó en mis piernas, la adrenalina comenzando a correr por mi sangre. Lo mejor de entrenar con Garnet era que nunca tenía que contenerme. Con otros, siempre existía el riesgo de hacerles daño, de excederme sin querer. Pero con él… con él era distinto. Era fuerte. Aguantaría. Y eso significaba que podía dar lo mejor de mí, sin frenos, sin dudas. Un instante después, solté una carcajada. -Espero que estés listo, maestro.- Añadí, con los ojos brillando de emoción. Luego, sin más preámbulos, me lancé hacia él. Había llegado el momento de poner a prueba mi creación.
Mis músculos se tensaron como resortes a punto de estallar. No había espacio para la duda, ni para los pensamientos innecesarios. Todo mi cuerpo actuaba por instinto, guiado por el puro deseo de combatir. Empujé mis pies contra la tierra y me lancé hacia adelante, corriendo con toda la velocidad que mi cuerpo permitía. El viento silbaba en mis oídos mientras avanzaba en un movimiento errático, zigzagueando de un lado a otro. No podía permitirme ser un blanco fácil, como aprendí en mi primer entrenamiento con él. Cada zancada era precisa, calculada. Mis pasos eran ligeros, pero la presión en mi pecho aumentaba a medida que acortaba la distancia. Garnet no era alguien al que se pudiera enfrentar con movimientos predecibles. Si quería hacerle daño, debía ser más rápido, más astuto.
A menos de un metro de él, sin darle espacio para reaccionar, desplegué mi brazo izquierdo en un arco violento. Mi puño se cerró con fuerza y descendió directo hacia su rodilla derecha. Si lograba golpearlo con suficiente potencia, podría desestabilizarlo. No importaba cuán fuerte fuera Garnet, si le arrebataba el equilibrio, lo haría caer. Una vez lanzado el primer golpe, giré sobre mi eje, con la diestra ya preparada. La cuchilla de mi Hachimon cortó el aire con un silbido letal. Era un golpe rápido, preciso, dirigido a su pierna. Un corte limpio podría ralentizarlo, obligarlo a pelear en mi terreno. Sabía que no sería suficiente para vencerlo. Pero la pelea apenas comenzaba, y yo estaba listo para todo.
Mis ojos recorrieron el claro en un parpadeo, buscando el origen del sonido. No había muchos árboles que pudieran ocultar algo grande, pero la hierba alta y los arbustos al borde del área eran suficientes para esconder una amenaza. Mi respiración se hizo más profunda, más lenta. No era la primera vez que sentía esto, ese filo de incertidumbre que precede a un combate. Un presentimiento que solo tienen aquellos que han estado en peligro demasiadas veces. Apreté los dedos dentro de mi guantelete, asegurándome de que el Hachimon estuviera bien ajustado. Si lo que fuera que se acercaba tenía intención hostil, no me encontraría desprevenido.
El sonido de los pasos terminó de revelarse en cuanto me giré. Allí estaba Garnet, su presencia inconfundible, su silueta robusta y su mirada afilada clavándose en mí con la misma intensidad de siempre. Pero esta vez, su transformación ya estaba activa. Su piel se había cubierto de aquel pelaje áspero y rojizo, su postura más felina, más letal. Incluso su respiración tenía un ritmo más profundo, más contenido, como si estuviera midiendo el entorno con el instinto de un depredador. Su mirada se deslizó hasta mi brazo. El Hachimon brillaba bajo la tenue luz que se filtraba entre las hojas del claro. Sus ojos se estrecharon levemente antes de preguntar por él. Sonreí con orgullo antes de contestar. No porque quisiera presumir, sino porque lo que llevaba en mi mano no era solo un arma; era el fruto de mi esfuerzo, de mis ideas, de mi determinación. Me giré del todo hacia él, dándome el lujo de recorrerlo con la mirada, fijándome en cada detalle de su transformación. Las garras que sobresalían de sus manos, la musculatura de su cuerpo ahora más marcada, la ligera inclinación de su postura, como si siempre estuviera listo para saltar sobre su presa.
-Pues lo he hecho yo, Garnet- Dije, con una sonrisa radiante. -Se llama Hachimon. ¿Está guay, verdad? ¡Son como tus garras de tigre! ¡Shajajajajajajaja!- Mi risa resonó por el claro, despreocupada, mientras levantaba el brazo y flexionaba los dedos, mostrando la firmeza del guantelete. Era mi creación, mi orgullo, y quería que todos lo supieran. Una chispa de emoción recorrió mi cuerpo al escuchar sus palabras. Garnet, con esa expresión fiera e inquebrantable, acababa de proponerme otra sesión de entrenamiento. No hacía falta responder. Mi media sonrisa hablaba por sí sola. Esto era justo lo que quería. Una oportunidad para probar el Hachimon contra un oponente de verdad, alguien que no se rompería con un solo golpe, alguien que me obligaría a ir más allá de mis límites.
Levanté el brazo lentamente, flexionando los dedos dentro del guantelete. El cuero crujió y las cuchillas brillaron con un reflejo metálico, como si ellas también estuvieran ansiosas por entrar en acción. -No hace falta que lo digas dos veces...- Dije finalmente, inclinando un poco el cuerpo hacia adelante, preparándome. Mi peso se distribuyó en mis piernas, la adrenalina comenzando a correr por mi sangre. Lo mejor de entrenar con Garnet era que nunca tenía que contenerme. Con otros, siempre existía el riesgo de hacerles daño, de excederme sin querer. Pero con él… con él era distinto. Era fuerte. Aguantaría. Y eso significaba que podía dar lo mejor de mí, sin frenos, sin dudas. Un instante después, solté una carcajada. -Espero que estés listo, maestro.- Añadí, con los ojos brillando de emoción. Luego, sin más preámbulos, me lancé hacia él. Había llegado el momento de poner a prueba mi creación.
Mis músculos se tensaron como resortes a punto de estallar. No había espacio para la duda, ni para los pensamientos innecesarios. Todo mi cuerpo actuaba por instinto, guiado por el puro deseo de combatir. Empujé mis pies contra la tierra y me lancé hacia adelante, corriendo con toda la velocidad que mi cuerpo permitía. El viento silbaba en mis oídos mientras avanzaba en un movimiento errático, zigzagueando de un lado a otro. No podía permitirme ser un blanco fácil, como aprendí en mi primer entrenamiento con él. Cada zancada era precisa, calculada. Mis pasos eran ligeros, pero la presión en mi pecho aumentaba a medida que acortaba la distancia. Garnet no era alguien al que se pudiera enfrentar con movimientos predecibles. Si quería hacerle daño, debía ser más rápido, más astuto.
A menos de un metro de él, sin darle espacio para reaccionar, desplegué mi brazo izquierdo en un arco violento. Mi puño se cerró con fuerza y descendió directo hacia su rodilla derecha. Si lograba golpearlo con suficiente potencia, podría desestabilizarlo. No importaba cuán fuerte fuera Garnet, si le arrebataba el equilibrio, lo haría caer. Una vez lanzado el primer golpe, giré sobre mi eje, con la diestra ya preparada. La cuchilla de mi Hachimon cortó el aire con un silbido letal. Era un golpe rápido, preciso, dirigido a su pierna. Un corte limpio podría ralentizarlo, obligarlo a pelear en mi terreno. Sabía que no sería suficiente para vencerlo. Pero la pelea apenas comenzaba, y yo estaba listo para todo.
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