26-03-2025, 02:10 AM
Tan pronto como Triana extendió su palma, yo me quedé mirándola fijamente como si me fuese a ofrecer una miga de pan o algo de maíz. Por desgracia, tan solo quería que me fijase en una ventana del primer piso. Supuestamente, concentrándome mucho podría ser capaz de saber cuántas personas había dentro sin asomar mi hocico y sin poner la oreja. —Pues claro que lo he entendido, ¿por quién me tomas? Esto es solo una especie de adivinación mística, pero no como la de aquella vieja chepuda que de vez en cuando se pasea por el pueblo. ¿Sabías que viéndome la palma de la mano me dijo que me casaría con un muchacho a mis veintisiete primaveras y que tendríamos un total de seis hijos?— dije con cierto desdén. —Encima le di media docena de huevos por esa patraña. En fin, voy al grano, que me entretienes.
Miré a la ventana y mi primera reacción fue afinar mi vista para intentar ver algo entre las cortinas o las paredes. Busqué una sombra o cualquier tipo de sonido que me ayudara a saber cuántas personas había dentro, pero pronto recapacité y recordé que, según Triana, no me hacían falta los ojos para saberlo. Quién me iba a decir a mí, que siempre había alardeado y confiado en mi vista a la hora de apuntar hacia lo que fuera, que ahora ya no la necesitaría para seguir viendo. Aunque pensándolo bien, mi sueño de acertar a las latas hasta con los ojos cerrados dejaría de ser solo un chascarrillo para fardar ante los jóvenes (y los no tan jóvenes), y se convertiría en una realidad. Cerré los ojos de inmediato y me enfoqué de nuevo en esa sensación de mi pecho. —Venga, Jolyne. Concéntrate muchacha, que en peores rebaños has pastoreado.
Por fin en calma, volví a sentir de lleno ese cosquilleo en mi pecho. Ahora sin ver nada, dejé que esa sensación fluyera por mi cuerpo. Al principio era algo leve, como cuando escuchas un chirrido y no sabes si es un ratoncito emparedado en la pared de la cocina o tan solo es la madera vieja crujiendo, pero poco a poco se fue intensificando. Cuando ya hubo algo más de claridad en mi mente, empecé a contar.
—Una... Todavía no entendía cómo era capaz de sentirlo, pero tenía la certeza de que había al menos una persona ahí dentro. Era una sensación parecida a cuando un caballo levantaba una de sus patas para darme una coz, y yo ya sabía cuánto iba a dolerme. —Y dos. Mi propio pensamiento me pilló por sorpresa. Había conseguido contar algo que no podía ver físicamente y, curiosamente, estaba segura de ello. Igual que el ratón emparedado. —Si mis cálculos místicos son ciertos, hay dos personas detrás de esa ventana— le dije a Triana mientras abría los ojos.
Miré a la ventana y mi primera reacción fue afinar mi vista para intentar ver algo entre las cortinas o las paredes. Busqué una sombra o cualquier tipo de sonido que me ayudara a saber cuántas personas había dentro, pero pronto recapacité y recordé que, según Triana, no me hacían falta los ojos para saberlo. Quién me iba a decir a mí, que siempre había alardeado y confiado en mi vista a la hora de apuntar hacia lo que fuera, que ahora ya no la necesitaría para seguir viendo. Aunque pensándolo bien, mi sueño de acertar a las latas hasta con los ojos cerrados dejaría de ser solo un chascarrillo para fardar ante los jóvenes (y los no tan jóvenes), y se convertiría en una realidad. Cerré los ojos de inmediato y me enfoqué de nuevo en esa sensación de mi pecho. —Venga, Jolyne. Concéntrate muchacha, que en peores rebaños has pastoreado.
Por fin en calma, volví a sentir de lleno ese cosquilleo en mi pecho. Ahora sin ver nada, dejé que esa sensación fluyera por mi cuerpo. Al principio era algo leve, como cuando escuchas un chirrido y no sabes si es un ratoncito emparedado en la pared de la cocina o tan solo es la madera vieja crujiendo, pero poco a poco se fue intensificando. Cuando ya hubo algo más de claridad en mi mente, empecé a contar.
—Una... Todavía no entendía cómo era capaz de sentirlo, pero tenía la certeza de que había al menos una persona ahí dentro. Era una sensación parecida a cuando un caballo levantaba una de sus patas para darme una coz, y yo ya sabía cuánto iba a dolerme. —Y dos. Mi propio pensamiento me pilló por sorpresa. Había conseguido contar algo que no podía ver físicamente y, curiosamente, estaba segura de ello. Igual que el ratón emparedado. —Si mis cálculos místicos son ciertos, hay dos personas detrás de esa ventana— le dije a Triana mientras abría los ojos.
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