25-03-2025, 10:46 PM
El acero siempre es la prioridad en la forja de armas. Quien dice el acero dice la materia férrica del tipo de aleación que sea dependiendo de lo que estés buscando fabricar, ya que si se trata de una herramienta, quizá hierro al carbono vale, pero un arma que se precie con un filo poderoso y duradero requiere de una aleación más especial. No obstante, no todo en esta vida es hacer daño a los demás y, la comodidad, es también algo esencial. Especialmente la comodidad mientras haces daño a los demás. Eso sí que era un lujo. Yo lo sabía. Había empuñado armas de todo tipo y, jamás, tuve entre mis manos dos más cómodas que Shimei Kaeru y que Saba. Yamigiri era algo más tosca y, se palpaba nunca mejor dicho, que su mango era un poco más rugoso. No obstante, proporcionaba otros aspectos importantes como la fricción y sujección. Pero en mi humilde opinión, prefería enormemente el hecho de que mi mano se ajuste con suma perfección al mango. Por esa razón, la siguiente compra debía ser cuero de calidad para poder ajustar a las creaciones, ya fueran mortales o no, el mejor forraje posible. No me costó encontrar una tendera nueva, a apenas unos minutos de la que estaba, que vendía pieles y abrigos.
— ¡ABRIGOOOOS! ¡PIEEEEELES! ¡NO PASE FRÍO EN EL ARCHIPIÉLAGO! — gritaba una mujer, mayor, con una voz extremadamente potente para su avanzada edad. La anciana, de piel morena y arrugada, con muchas manchas, vestía desarrapada y poco arreglada. Solo su pelo negro, totalmente encrespado y recogido en un moño enorme, era capaz de distraer la atención de su voz y retaílas de frases. — ¡NIIIIÑO! ¡COMPRATE UN ABRIGO GRUESO, QUE HACE UN FRÍO QUE TE SE HIELAN LOS HUESOS! — continuaba gritando a voz viva para que todo el archipiélago, hasta las tumbas de antiguo gremio en Toko pudieran oír a la señora. Me detuve frente la tendera y examiné el género. Abrigos de todo tipo, tamaños y colores, pero también retales de cuero grueso que podrían servirme para diversos agarres y remates en prendas que fueran recibiendo daños. — Hola, señora. Me llevo estos retales, aquel rollo de cuero y ese montón de tela negra. ¿Cuánto es? — pregunté a la anciana mientras señalaba cada elemento. — Ay niño, pa’ ti trescientos. Por guapo y caballero. — contestó mientras se acercaba y ponía la mano esperando recibir el pago, dando por sentado que aceptaría el precio. Que acepté, porque ni era caro, ni tenía ganas de escuchar a la anciana gritando mucho más tiempo. Alargué la mano para darle el dinero mientras con la contraria cogía los materiales para mí. La mujer, al coger los berries, agarró mi mano y tiró de ella, acercándosela a la cara y poniendo cara de circunstancia. — Uy muchaaaacho. ¿No querrás que te cuente lo que dice la palma de tu mano? — preguntó la embaucadora anciana mientras yo la retiraba de un tirón y me alejaba. — Desaborío el canoso… ¡PUES UNA DESGRACIA CAIGA SOBRE TUS HOMBROS! — espetó maldiciéndome.
— Una desgracia dice… si te presento a mi jefe... — pensaba riendo mientras me alejaba camino a otra serie de tiendas.
— ¡ABRIGOOOOS! ¡PIEEEEELES! ¡NO PASE FRÍO EN EL ARCHIPIÉLAGO! — gritaba una mujer, mayor, con una voz extremadamente potente para su avanzada edad. La anciana, de piel morena y arrugada, con muchas manchas, vestía desarrapada y poco arreglada. Solo su pelo negro, totalmente encrespado y recogido en un moño enorme, era capaz de distraer la atención de su voz y retaílas de frases. — ¡NIIIIÑO! ¡COMPRATE UN ABRIGO GRUESO, QUE HACE UN FRÍO QUE TE SE HIELAN LOS HUESOS! — continuaba gritando a voz viva para que todo el archipiélago, hasta las tumbas de antiguo gremio en Toko pudieran oír a la señora. Me detuve frente la tendera y examiné el género. Abrigos de todo tipo, tamaños y colores, pero también retales de cuero grueso que podrían servirme para diversos agarres y remates en prendas que fueran recibiendo daños. — Hola, señora. Me llevo estos retales, aquel rollo de cuero y ese montón de tela negra. ¿Cuánto es? — pregunté a la anciana mientras señalaba cada elemento. — Ay niño, pa’ ti trescientos. Por guapo y caballero. — contestó mientras se acercaba y ponía la mano esperando recibir el pago, dando por sentado que aceptaría el precio. Que acepté, porque ni era caro, ni tenía ganas de escuchar a la anciana gritando mucho más tiempo. Alargué la mano para darle el dinero mientras con la contraria cogía los materiales para mí. La mujer, al coger los berries, agarró mi mano y tiró de ella, acercándosela a la cara y poniendo cara de circunstancia. — Uy muchaaaacho. ¿No querrás que te cuente lo que dice la palma de tu mano? — preguntó la embaucadora anciana mientras yo la retiraba de un tirón y me alejaba. — Desaborío el canoso… ¡PUES UNA DESGRACIA CAIGA SOBRE TUS HOMBROS! — espetó maldiciéndome.
— Una desgracia dice… si te presento a mi jefe... — pensaba riendo mientras me alejaba camino a otra serie de tiendas.
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