25-03-2025, 01:40 PM
El avance del pequeño grupo era cauteloso. La penumbra de la mina, apenas iluminada por unas pocas lámparas de aceite abandonadas y por las linternas de los marines, proyectaba sombras largas y temblorosas en las paredes irregulares de piedra. Jean iba al frente, con la mirada afilada y los sentidos alerta, deslizándose con movimientos calculados entre los tablones de madera astillados y los rieles oxidados que alguna vez sirvieron para transportar los minerales extraídos de las profundidades. Cuando su compañero escuchó la pregunta de su compañera, éste simplemente se encogió de hombros y negó con la cabeza. -No se Jean, yo soy del South Blue. Es mi primera vez por aquí...- Dijo un poco apurado.
Un par de metros más adelante, se podía observar una barricada improvisada que se alzaba a medio camino en el túnel, hecha de tablones apilados, vigas rotas y restos de equipo minero abandonado. No parecía algo construido con paciencia o planificación, sino más bien algo levantado con urgencia, como si alguien hubiera intentado contener algo… o protegerse de ello. El equipo de marines se detuvo en seco. Un mal presentimiento se enroscó en el estómago del equipo. Si los trabajadores de la mina hubieran dejado todo en orden, no habría razón para una barrera como aquella. Algo no iba bien. O peor aún, algo no había ido bien y ahora ellos estaban caminando directamente hacia el problema. Uno de los marines, se acercó a la barricada, inspeccionando los objetos esparcidos por el suelo. Cascos abollados, herramientas desgastadas y una lámpara de aceite volcada, su vidrio roto esparcido en pedazos diminutos. Parecía que quienes estuvieron aquí antes de ellos se fueron con prisa, dejando todo atrás sin preocuparse por recogerlo. ¿Habían huido? ¿De qué? El silencio en la mina era espeso, interrumpido solo por el goteo del agua filtrándose desde las grietas en el techo. No podían ignorar la tensión que se acumulaba en el aire, cargada de incertidumbre.
El aire dentro del túnel era denso, cargado de polvo y el olor metálico característico de la roca húmeda. Cada paso resonaba con un eco inquietante, como si el mismo pasadizo estuviera susurrando su advertencia de que debíamos dar la vuelta. Pero el equipo marine seguía adelante, con la vista fija en la oscuridad que se abría ante ellos, tratando de ignorar la sensación de que algo o alguien los observaba desde las sombras. Y entonces, lo escucharon. Primero fue un murmullo lejano, un sonido que podría haber sido el viento filtrándose entre las grietas de la mina. Pero a medida que avanzaban, se fue transformando en algo más definido… más inquietante. Eran voces. No un simple eco de las propias palabras del equipo, sino algo ajeno, algo que venía desde las profundidades.
Las risas fueron lo primero que les estremeció. Risas humanas, pero distorsionadas, deformadas por la distancia y la reverberación de las paredes de piedra. No eran carcajadas alegres, sino algo más perturbador, como si quienes las emitían estuvieran disfrutando de algo que no deberían presenciar. Luego vinieron los gritos. Eran chillidos desgarrados, intercalados con frases inconexas, algunas en susurros y otras escupidas con furia. No se pudieron distinguir palabras exactas, pero la desesperación en esas voces era inconfundible. No era un sonido que uno esperaría encontrar en un lugar abandonado. Y sin embargo, ahí estaban, invitándoles a descubrir su origen.
El miedo es un veneno que se propaga sin necesidad de palabras. Se vio en los ojos del marine antes de que siquiera hiciera un movimiento. Su respiración se volvió errática, sus dedos temblaban al aferrarse a su arma, y su mirada iba de un lado a otro como la de un animal atrapado. Sus compañeros lo notaron, pero no hubo tiempo de reaccionar. -¡No! ¡No pienso quedarme aquí!- Exclamó de repente, su voz teñida de puro pánico. Nadie pudo detenerlo. Dio media vuelta y corrió por donde habían venido, sus pasos resonando como una lluvia de martillazos en las paredes del túnel. Durante un instante, el grupo lo observó huir, su silueta desvaneciéndose en la penumbra hasta que el eco de su carrera quedó ahogado por las risas y los gritos que aún se arrastraban desde el interior del pasadizo.
Ahora solo quedaban cuatro. El aire se volvió más denso, cargado de una tensión insoportable. Cada uno de ellos sabía que la retirada no era una opción. La Teniente Ville había confiado en ellos, y no podían regresar con las manos vacías. Pero la huida de su compañero había sembrado algo en todos: una duda que antes no estaba ahí. Si él había cedido al miedo, ¿Cuánto tiempo les quedaba antes de que hicieran lo mismo? Uno de ellos respiró hondo, tratando de mantener la calma. No podían permitirse flaquear. Si dejaban que el temor los venciera, entonces estarían tan perdidos como él. -Sigamos adelante, chicos.- Dijo uno, con voz firme pero baja. Las risas al fondo del túnel se intensificaron. Casi parecían burlonas, como si algo en la oscuridad hubiera disfrutado de aquella pequeña fractura en el grupo. Pero ya no había vuelta atrás.
Un par de metros más adelante, se podía observar una barricada improvisada que se alzaba a medio camino en el túnel, hecha de tablones apilados, vigas rotas y restos de equipo minero abandonado. No parecía algo construido con paciencia o planificación, sino más bien algo levantado con urgencia, como si alguien hubiera intentado contener algo… o protegerse de ello. El equipo de marines se detuvo en seco. Un mal presentimiento se enroscó en el estómago del equipo. Si los trabajadores de la mina hubieran dejado todo en orden, no habría razón para una barrera como aquella. Algo no iba bien. O peor aún, algo no había ido bien y ahora ellos estaban caminando directamente hacia el problema. Uno de los marines, se acercó a la barricada, inspeccionando los objetos esparcidos por el suelo. Cascos abollados, herramientas desgastadas y una lámpara de aceite volcada, su vidrio roto esparcido en pedazos diminutos. Parecía que quienes estuvieron aquí antes de ellos se fueron con prisa, dejando todo atrás sin preocuparse por recogerlo. ¿Habían huido? ¿De qué? El silencio en la mina era espeso, interrumpido solo por el goteo del agua filtrándose desde las grietas en el techo. No podían ignorar la tensión que se acumulaba en el aire, cargada de incertidumbre.
El aire dentro del túnel era denso, cargado de polvo y el olor metálico característico de la roca húmeda. Cada paso resonaba con un eco inquietante, como si el mismo pasadizo estuviera susurrando su advertencia de que debíamos dar la vuelta. Pero el equipo marine seguía adelante, con la vista fija en la oscuridad que se abría ante ellos, tratando de ignorar la sensación de que algo o alguien los observaba desde las sombras. Y entonces, lo escucharon. Primero fue un murmullo lejano, un sonido que podría haber sido el viento filtrándose entre las grietas de la mina. Pero a medida que avanzaban, se fue transformando en algo más definido… más inquietante. Eran voces. No un simple eco de las propias palabras del equipo, sino algo ajeno, algo que venía desde las profundidades.
Las risas fueron lo primero que les estremeció. Risas humanas, pero distorsionadas, deformadas por la distancia y la reverberación de las paredes de piedra. No eran carcajadas alegres, sino algo más perturbador, como si quienes las emitían estuvieran disfrutando de algo que no deberían presenciar. Luego vinieron los gritos. Eran chillidos desgarrados, intercalados con frases inconexas, algunas en susurros y otras escupidas con furia. No se pudieron distinguir palabras exactas, pero la desesperación en esas voces era inconfundible. No era un sonido que uno esperaría encontrar en un lugar abandonado. Y sin embargo, ahí estaban, invitándoles a descubrir su origen.
El miedo es un veneno que se propaga sin necesidad de palabras. Se vio en los ojos del marine antes de que siquiera hiciera un movimiento. Su respiración se volvió errática, sus dedos temblaban al aferrarse a su arma, y su mirada iba de un lado a otro como la de un animal atrapado. Sus compañeros lo notaron, pero no hubo tiempo de reaccionar. -¡No! ¡No pienso quedarme aquí!- Exclamó de repente, su voz teñida de puro pánico. Nadie pudo detenerlo. Dio media vuelta y corrió por donde habían venido, sus pasos resonando como una lluvia de martillazos en las paredes del túnel. Durante un instante, el grupo lo observó huir, su silueta desvaneciéndose en la penumbra hasta que el eco de su carrera quedó ahogado por las risas y los gritos que aún se arrastraban desde el interior del pasadizo.
Ahora solo quedaban cuatro. El aire se volvió más denso, cargado de una tensión insoportable. Cada uno de ellos sabía que la retirada no era una opción. La Teniente Ville había confiado en ellos, y no podían regresar con las manos vacías. Pero la huida de su compañero había sembrado algo en todos: una duda que antes no estaba ahí. Si él había cedido al miedo, ¿Cuánto tiempo les quedaba antes de que hicieran lo mismo? Uno de ellos respiró hondo, tratando de mantener la calma. No podían permitirse flaquear. Si dejaban que el temor los venciera, entonces estarían tan perdidos como él. -Sigamos adelante, chicos.- Dijo uno, con voz firme pero baja. Las risas al fondo del túnel se intensificaron. Casi parecían burlonas, como si algo en la oscuridad hubiera disfrutado de aquella pequeña fractura en el grupo. Pero ya no había vuelta atrás.
INFO
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Alas Negras
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