[Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas
#1
La llamada a filas llegó con una urgencia que no permitía dudas ni demoras. Jean apenas tuvo tiempo de procesar el final de su fase de adiestramiento cuando el sonido metálico de las órdenes resonó en el cuartel como un tambor de guerra. Había un problema en las minas del norte, un problema que afectaba no solo al suministro de recursos esenciales para la ciudad, sino a la estabilidad misma de la región. Los rumores ya circulaban entre los reclutas. Algunos decían que los trabajadores habían abandonado las minas, hartos de las condiciones inhumanas y el trato despiadado de los capataces. Otros susurraban que algo más oscuro se escondía en las profundidades, que los mineros no se habían ido por voluntad propia, sino que algo los había arrastrado al abismo. Pero la realidad aún estaba por descubrirse, y Jean sabía que su deber era enfrentarse a ella con la misma resolución que había demostrado en su entrenamiento.

El camino hacia las minas no era fácil. El viento del norte golpeaba como cuchillas, y el frío mordía la piel incluso bajo las capas de abrigo. Mientras avanzaban, la sensación de inquietud se hacía más densa, como si el aire mismo estuviera cargado de presagios. Cuando finalmente llegaron, la escena que encontraron era desoladora. Las entradas a las minas estaban cerradas, con tablones de madera clavados apresuradamente, como si alguien hubiera querido sellarlas desde fuera. No había rastro de los mineros, ni siquiera de los guardias que solían vigilar el lugar. Solo un silencio espeso y opresivo, roto de vez en cuando por el aullido del viento.

La presencia de la Sargento Ville se hizo notar incluso antes de que hablara. Había algo en su porte, en la manera en que sus botas resonaban contra el suelo helado, que exigía atención inmediata. Era alta y de complexión firme, con un rostro cincelado por la disciplina y el deber. Su cabello, recogido en una coleta tensa, apenas dejaba margen para distracciones, y sus ojos, afilados como dagas, parecían atravesar a cualquiera que osara mostrar un ápice de duda. Ville no era una mujer de medias tintas. Era fría, recta y absolutamente implacable. -Las puertas principales están bloqueadas, pero tenemos otras opciones.- Su voz cortó el aire con la precisión de una espada. -Hay tres accesos secundarios. Entraremos en grupos de cinco y exploraremos cada uno. Quiero informes detallados y ninguna estupidez. Si algo se mueve y no responde, actúen con precaución. Si algo ataca, respondan con contundencia.-

Sargento Ville


No había margen para objeciones. Nadie se atrevió a cuestionarla porque nadie en su sano juicio lo haría. Ville tenía la reputación de no aceptar fallos, de no tolerar la incompetencia. Se movía como si cada misión fuera una extensión de sí misma, una danza de estrategia y eficiencia que no dejaba lugar para la improvisación. Los marines se organizaron en silencio, revisando sus armas y lanzando miradas a las bocas oscuras de los accesos. La mina parecía devorarlo todo, como una fauces abiertas dispuestas a tragarse a cualquiera que osara entrar. El frío mordía con fuerza, pero era la tensión lo que helaba la sangre.

La boca de la mina se alzaba ante el grupo de marines en el que se encontraba Jean como una bestia dormida, oscura, expectante, con la promesa de algo desconocido en su interior. El aire que emergía de sus entrañas era denso y cargado, impregnado de un olor a hierro y humedad rancia que se pegaba a la piel como un manto invisible. La estructura de madera que sostenía la entrada rechinaba de vez en cuando, un recordatorio de que este lugar, una vez bullicioso con el sonido del trabajo, ahora yacía en un inquietante abandono. Al cruzar el umbral, la luz del exterior quedó atrás, engullida por la penumbra. Solo las linternas de los marines proyectaban destellos erráticos sobre las paredes irregulares de la cueva. Rocas afiladas sobresalían en ángulos extraños, y las vigas de soporte, aunque aún firmes, mostraban señales de desgaste: grietas profundas, astillas sueltas, la marca del tiempo reclamando lo que era suyo.

El suelo crujía bajo nuestras botas. No solo por la grava y los escombros, sino también por herramientas oxidadas, cascos abandonados y restos de madera rota esparcidos sin orden. Más adelante, los raíles de los viejos carros mineros se extendían en diferentes direcciones, como venas muertas de un cuerpo que ya no respiraba. Pero lo más inquietante era el silencio. No el silencio normal de un lugar vacío, sino uno espeso, cargado de una presencia invisible. No había rastro de los trabajadores, ni señales de una retirada apresurada. Solo un abandono abrupto, como si algo hubiese interrumpido el latido de esta mina en un instante.

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[Imagen: oSgdXs8.png]
Alas Negras
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[Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - por Kenzo D. Fujiwara - 20-03-2025, 11:18 PM

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