18-03-2025, 05:15 PM
El día no había resultado especialmente productivo, aunque sí que había aprovechado para descansar, además de realizar los entrenamientos matutinos que estaba llevando a cabo desde que habíamos llegado a la isla. Desde hacía mucho, antes incluso de haberme unido a los Alas Negras, había seguido una rutina estricta de entrenamiento, pero, sobre todo, nunca me había impuesto una hora determinada para ir a cualquier bar a descansar. Aquel día había decidido ir sobre las cinco de la tarde. A esa hora tan solo había unos cuantos desesperados o gente agotada tras acabar su jornada laboral. Era un buen sitio para personas como yo, que no queríamos llamar demasiado la atención paseándonos por todas las calles. Estaba segura de que algunas personas nos tendrían que haber reconocido, pero aquella zona estaba repleta de piratas y maleantes que trataban de no destacar demasiado. Imaginaba que por eso la Marina quería reforzar el número de sus efectivos en Sabaody. Pero mientras no fuésemos destrozando todo y atacando la gente, no les mandarían por el momento, al menos a nuestro número concreto de Manglar.
Todavía no era excesivamente tarde, pero la noche ya había caído y yo llevaba varias horas en aquel bar de mala muerte, así que ya era hora de ir volviendo. Caminé despacio por las calles casi vacías sin ningún tipo de prisa. Sabía que nadie me esperaba en el hostal donde nos hospedábamos. Además, me gustaba disfrutar de los paseos nocturnos. Hacía algo de frío, pero lo prefería al calor. Recoloqué mi chaqueta para que me cubriese bien en los hombros y que el aire gélido de la noche no se colase por ningún hueco de mi ropa. Metí mi mano en el bolsillo de mi chaqueta para sacar mi caja de puros junto a un encendedor. Aquel chisme me parecía una burla para mí desde que me había comido la maldita fruta del diablo. Cada vez que tocaba a alguien no podía evitar quemarle. Había tenido que tener mucho cuidado estos días para no abrasar a la gente por la calle de forma accidental. Sin embargo, no era un poder que pudiese controlar a voluntad, así que no había sido capaz de emitir ni una triste llamita para encenderme un puro.
Me llevé el puro a la boca y lo encendí cubriendo el encendedor con la mano libre para evitar que la llama se apagase con el viento. En la calle solo se escuchaba el sonido de mis tacones golpeando la acera con cada paso. Era un día bastante tranquilo. Exhale la primera bocanada de humo de mi puro con satisfacción, sabiendo que, un día más, cuando habíamos conseguido sobrevivir a aquella locura de vida a la que nos habíamos lanzado sin pensar. Sin embargo, seguía preocupándome la situación de Yamamura. No sabíamos nada de él, ni cuando podríamos volver a reunirnos, si es que ese día llegaba. Lo que sí sabía era que no podíamos continuar lamentándonos. Nos quedaba todavía un largo camino por delante y Mucho trabajo para hacer para cumplir nuestros propios objetivos y, en general, la gran idea de Yamamura. Estuviese presente o no, su mensaje había calado en nosotros. Además, no iba a oponerme a nada que tuviese que ver con fastidiar a los marines.
Ya casi me encontraba en el hostal cuando vi una silueta que me resultó familiar. Al principio creía que era un borracho o un mendigo tirado en el suelo, pero el prestar un poco más de atención enseguida me di cuenta de que se trataba de Kenzo. Me acerqué a él con curiosidad. No me parecía descabellado, en comparación con lo que había visto estos meses, que hubiese decidido tumbarse en el suelo en lugar de en la cama que estábamos pagando, pero quería comprobar por mí misma si se encontraba bien. Al fin y al cabo, era el más joven y el que peor se había tomado la desaparición de nuestro capitán. Al encontrarme más cerca pude apreciar que estaba bañado en sudor, imaginaba que porque había estado entrenando, como siempre. Volví a darle una calada al puro de pie junto a él antes de preguntarle.
—¿Se puede saber qué estás haciendo ahí tirado y con este frío? Te vas a poner malo.
Todavía no era excesivamente tarde, pero la noche ya había caído y yo llevaba varias horas en aquel bar de mala muerte, así que ya era hora de ir volviendo. Caminé despacio por las calles casi vacías sin ningún tipo de prisa. Sabía que nadie me esperaba en el hostal donde nos hospedábamos. Además, me gustaba disfrutar de los paseos nocturnos. Hacía algo de frío, pero lo prefería al calor. Recoloqué mi chaqueta para que me cubriese bien en los hombros y que el aire gélido de la noche no se colase por ningún hueco de mi ropa. Metí mi mano en el bolsillo de mi chaqueta para sacar mi caja de puros junto a un encendedor. Aquel chisme me parecía una burla para mí desde que me había comido la maldita fruta del diablo. Cada vez que tocaba a alguien no podía evitar quemarle. Había tenido que tener mucho cuidado estos días para no abrasar a la gente por la calle de forma accidental. Sin embargo, no era un poder que pudiese controlar a voluntad, así que no había sido capaz de emitir ni una triste llamita para encenderme un puro.
Me llevé el puro a la boca y lo encendí cubriendo el encendedor con la mano libre para evitar que la llama se apagase con el viento. En la calle solo se escuchaba el sonido de mis tacones golpeando la acera con cada paso. Era un día bastante tranquilo. Exhale la primera bocanada de humo de mi puro con satisfacción, sabiendo que, un día más, cuando habíamos conseguido sobrevivir a aquella locura de vida a la que nos habíamos lanzado sin pensar. Sin embargo, seguía preocupándome la situación de Yamamura. No sabíamos nada de él, ni cuando podríamos volver a reunirnos, si es que ese día llegaba. Lo que sí sabía era que no podíamos continuar lamentándonos. Nos quedaba todavía un largo camino por delante y Mucho trabajo para hacer para cumplir nuestros propios objetivos y, en general, la gran idea de Yamamura. Estuviese presente o no, su mensaje había calado en nosotros. Además, no iba a oponerme a nada que tuviese que ver con fastidiar a los marines.
Ya casi me encontraba en el hostal cuando vi una silueta que me resultó familiar. Al principio creía que era un borracho o un mendigo tirado en el suelo, pero el prestar un poco más de atención enseguida me di cuenta de que se trataba de Kenzo. Me acerqué a él con curiosidad. No me parecía descabellado, en comparación con lo que había visto estos meses, que hubiese decidido tumbarse en el suelo en lugar de en la cama que estábamos pagando, pero quería comprobar por mí misma si se encontraba bien. Al fin y al cabo, era el más joven y el que peor se había tomado la desaparición de nuestro capitán. Al encontrarme más cerca pude apreciar que estaba bañado en sudor, imaginaba que porque había estado entrenando, como siempre. Volví a darle una calada al puro de pie junto a él antes de preguntarle.
—¿Se puede saber qué estás haciendo ahí tirado y con este frío? Te vas a poner malo.
![[Imagen: 8Rsjucn.png]](https://imgur.com/8Rsjucn.png)
