[PRESENTE RELATIVO][SOCIAL][+18] - Algodones y adoquines
#3
Alguien ha dicho algo. Su voz es clara, resuena en el pasillo, y aunque entiendo cada palabra, mi cuerpo no responde de inmediato. No me he dado la vuelta aún, pero conozco esta sensación, un ángel, tiene que ser eso. Hay un zumbido en mis oídos, una vibración que empieza en el centro de mi pecho y se expande hasta mis yemas. Y entonces giro lentamente la cabeza, como si mi cuello fuese un engranaje mal engrasado. En ese momento los veo. Sus ojos. Tan azules como la parte más honda del océano, me han atrapado sin misericordia. Un instante antes, yo era un simple cazador de recompensas. Ahora, soy menos y más al mismo tiempo, soy nada. Solo un hombre flotando en el espacio de sus pupilas.

Parpadeo y el mundo cambia, ya no estoy en la base G-19 de la marina.

El sol de la tarde se derrama a través de los ventanales de la pequeña taberna, tiñendo todo con un tono dorado cálido. A lo lejos, el bullicio de la ciudad se reduce a un murmullo distante, como si el mundo hubiese decidido darnos un respiro.

“Ella” está sentada frente a mí, con ese pelo rubio suyo atrapando la luz de una forma casi irreal. Me quedo embobado un instante, observando cómo su flequillo se mece con la brisa que se cuela por la ventana abierta. Es una visión hipnótica, tanto que creo olvidar respirar. Algo dentro de mí se revuelve, una mezcla incómoda de nervios y felicidad, que se traduce en un movimiento continuo de mis piernas.

—¿Vas a seguir mirándome así o planeas decir algo? —pregunta ella, inclinándose un poco sobre la mesa con una sonrisa divertida.

—No sé de qué hablas, sólo me ha sorprendido tu pelo, es precioso, sencillamente no se puede hacer nada al respecto… —respondo, desviando la vista hacia mi café. Suelta una risita y apoya la barbilla en su mano, mirándome con un brillo travieso en los ojos a la vez que se inclina un poco adelante.

—¿Qué pasa, Casca? ¿Nunca habías visto a alguien con pelo rubio?

—Bueno, sí, imagino que habré pasado delante de gente con el pelo rubio… Pero me acabo de dar cuenta de que nunca lo había visto… No así.

La respuesta me sale antes de que pueda detenerla, y me maldigo internamente. Ella parpadea una vez, y luego sonríe aún más, pero no dice nada. Sabe que me estoy retorciendo por dentro y, por supuesto, lo está disfrutando. Y en el fondo… Mentiría si dijese que yo no lo hago también, a pesar de que, por el calor que siento, mi cara y orejas deban recordar a un tomate en este momento.

Intento distraerme dando un sorbo a mi café, pero está más caliente de lo que esperaba y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no escupirlo de vuelta a la taza. Mis ojos se humedecen, y la chica se inclina un poco más, arqueando una ceja.

—¿Estás llorando?

—¡No! —toso, dejando la taza en la mesa y tratando de recuperar la compostura—. Es el café. Está hirviendo. Ah, espera, pero sé beber café, de verdad, ¡Sólo me he sorprendido!

—Ajá —dice ella, claramente no creyéndome.

—Tú ni siquiera has probado el tuyo. Se va a enfriar, algún año de estos…

—Porque tengo sentido común —se ríe y revuelve su taza con una cucharilla, como si el simple hecho de removerlo hiciera que el café adquiriera alguna propiedad mística.

Me quedo mirándola sin darme cuenta de que estoy sonriendo hasta que la sensación se instala en mis mejillas. Es un gesto natural, sin la máscara de indiferencia que suelo llevar. Y entonces, algo cálido me invade el pecho, como una ola inesperada.

Parpadeo, sorprendido, cuando siento la humedad en mi mejilla.

—¿Casca?

La rubia me observa con el ceño ligeramente fruncido, su tono de burla reemplazado por una leve preocupación. Toco mi rostro y descubro la pequeña lágrima que ha escapado sin permiso. Me quedo mirándola en el plexo entre mis dedos y los callos de las manos, incrédulo.

—Oh, genial —digo—. Ahora sí estoy llorando. ¿De quién será la culpa?

Juliette estalla en carcajadas.

—¿Pero qué te pasa? —se lleva una mano a la boca, tratando de contenerse, pero fracasa miserablemente—. ¿Es el café? ¿El sol? ¿El destino trágico de ese pobre grano de azúcar que dejaste caer sobre la mesa?

—Todo a la vez —respondo, secándome la cara con la manga—. Es demasiado. Me superó el momento. Además, acabo de caer en que no me has dicho cómo te llamas.

Ella se ríe más fuerte y yo termino siguiéndola, porque su risa es contagiosa, porque todo en este instante es ridículo y hermoso al mismo tiempo. La gente en la cafetería nos mira de reojo, pero nos da igual.

—Juliette – Dice en bajo, yo me sorprendo un segundo antes de que continúe. — No te lo había dicho, pero me llamo Juliette — Repite un poco más alto.

La ciudad sigue allí fuera, con su ruido, su caos y sus problemas, pero aquí, en esta pequeña mesa con tazas de café sin tocar, con el sol iluminando el cabello dorado de Juliette y una risa que me hace sentir ligero, nada más importa.
Solo nosotros.


La luz de los candelabros se filtra en el amplio salón del cuartel de la Marina, reflejándose en las pulidas baldosas de mármol y en los adornos dorados que decoran las columnas. El murmullo de conversaciones, el tintineo de copas y la música elegante de la orquesta llenan el aire.

Estoy ansioso. Quizás un poco avergonzado.

Mi mano derecha se cierra y se abre sobre mi rodilla, un gesto automático que delata mi incomodidad. Nunca he sido un hombre de fiestas, mucho menos de bailes. Sin embargo, aquí estoy, atrapado en este momento.

—Tranquilo, yo tampoco soy tan buena bailando —dice una voz cercana.

Levanto la cabeza y la veo.

Juliette.

Su cabello dorado resplandece bajo la luz tenue, cada mechón atrapando un brillo sutil como si el mismo aire la envolviera en un aura dorada. Lleva un vestido de un verde etéreo, ajustado en la cintura, con un escote delicado que se adorna con encaje blanco. Pero lo que realmente captura mi atención es su espalda descubierta, la suave curva de su piel desnuda revelándose con cada movimiento.

Me quedo mirándola demasiado tiempo.

—¿Casca? —me llama con una sonrisa divertida, inclinando ligeramente la cabeza.

Sacudo la cabeza, recomponiéndome.

—No suelo... hacer este tipo de cosas, no quiero dejarte en ridículo —digo, sintiéndome absurdamente torpe.

—Yo tampoco —responde ella, extendiendo su mano hacia mí—. Pero no vamos a dejar que eso nos detenga, ¿verdad?

La observo un segundo más antes de aceptar su mano. Su piel es cálida contra la mía, su tacto ligero pero firme. Me guía con confianza hasta la pista de baile, donde otras parejas se mueven al compás de la música.

La orquesta cambia de ritmo. Un vals suave.

Coloco una mano en su cintura y ella desliza la suya sobre mi hombro. El primer paso es incierto. El segundo también. Pero cuando la música avanza, Juliette sonríe, y de alguna manera eso hace que todo sea más fácil.

—Mira quién resulta ser un buen bailarín —bromea, inclinando la cabeza hacia mí.

—No me hagas ilusiones —murmuro—. Aún no hemos chocado con nadie, pero sería raro que no pasase.

Ella ríe, y el sonido me sacude de una manera inesperada. Me sorprendo al darme cuenta de que yo también estoy sonriendo.

Mis pasos se vuelven más seguros. Mi mano en su cintura deja de dudar. Me permito mirarla a los ojos sin miedo a perderme en ellos.

—Sabes —dice Juliette—, no creí que aceptarías venir.

—¿Y por qué no? Fuiste tú la que me invitó, no se puede hacer nada, no querría rechazarlo.

—Porque eres Casca Belles, el cazador de recompensas con una actitud de que no necesita a nadie.

—Eso suena un poco exagerado, soy un desastre, necesito alguien que recoja los pedazos. — Recuerdo brevemente a Bigotes y Rosita, pero lo desecho en un instante.

—Tal vez —dice ella, inclinando la cabeza—. Pero dime, ¿lo estás disfrutando?

No respondo de inmediato. Entonces lo siento.

El calor en mi pecho. La ligereza en mi respiración. El cosquilleo en mis mejillas.

La música sigue sonando, pero por un momento todo lo demás desaparece.

—¿Casca? —pregunta con suavidad.

Sonrío, sacudiendo la cabeza.

—No sé por qué… pero sí, estoy seguro de que lo estoy disfrutando, no se puede hacer nada.

Ella me mira por un instante, como si quisiera grabar ese momento en su memoria. Luego, con una sonrisa traviesa, dice:

—Eso significa que ahora sí puedo pisarte los pies sin que te quejes.

—¡Ni lo pienses! — Reacciono — Además, ¡Eso será si logras hacerlo antes que yo!

Estallamos en carcajadas, atrayendo algunas miradas curiosas en la pista de baile. Pero no nos importa.

Porque esta noche, en medio de luces doradas y la brisa de una ventana abierta, el mundo nos pertenece.


Pero al pestañear llega otra escena, y con ella me sumerjo cada vez más en la fantasía con completa naturalidad, como si fuese una parte que ya he aceptado. ¿Cuánto tiempo estará pasando en la realidad? ¿Segundos? ¿Minutos? Eso ahora no importa.

La noticia llegó con el viento de la madrugada. Un mensajero de la Marina, vestido con su impecable uniforme azul, apareció en la base con un sobre sellado y una expresión sombría. Yo estaba allí como visitante, no discutían mucho si eras cazador. Juliette estaba a mi lado cuando lo recibió. Vi cómo su rostro cambió en tiempo real, la forma en que la sangre pareció abandonarla, dejando su piel más pálida de lo habitual.

—No… —murmuró antes de siquiera abrir la carta.

Su instinto no se equivocaba.

Cuando sus ojos recorrieron las palabras, su cuerpo se tensó y sus labios temblaron levemente. Fue un temblor sutil, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera, pero yo lo vi. Yo lo sentí.

—Juliette… —dije, adelantándome un paso, pero ella ya se alejaba.

Dio media vuelta y salió del cuartel sin decir una palabra, el sobre arrugado en su puño. No dudé en seguirla.

La busqué desesperadamente hasta encontrarla en el muelle, de espaldas al mar, con las olas golpeando suavemente la madera bajo sus pies. Su postura era rígida, pero sus hombros temblaban. No intentó alejarse cuando me acerqué, y cuando estuve lo suficientemente cerca, pude escuchar su respiración entrecortada.

—Era mi tío… —susurró finalmente, la voz hecha un hilo—. El único que… que quedaba.

No necesitó decir más. Lo entendí, yo también había tenido un “tío” que había sido como una figura paterna para mí. Su pérdida me había sentado fatal, admiraba a Juliette ahora mismo por tener la fuerza para no romperse ante esa presión. Para no acabar como yo.

No fue un accidente. No fue una enfermedad. Fue la guerra. Un enfrentamiento con piratas al otro lado del mar, una batalla sin sentido que se llevó a alguien que ella amaba. Un hombre que, aunque no era su padre, había sido su refugio en la infancia, su apoyo cuando todo lo demás fallaba.

—Juliette… —intenté de nuevo, pero ella negó con la cabeza, con los ojos fijos en el horizonte.

—No puedo… —su voz se rompió—. No puedo creerlo.

Entonces, con la misma facilidad con la que la marea borra las huellas en la arena, su control se desmoronó. Soltó la carta, dejó caer la cabeza y se cubrió el rostro con ambas manos. Su cuerpo se sacudió con un sollozo mudo, sin gritos ni lágrimas estridentes. Solo puro dolor.

No lo dudé. Aún podía frenar la caída al abismo, al menos, tenía que intentarlo.

La envolví con mis brazos, acercándola a mi pecho con la firmeza de alguien que no iba a dejarla caer. Por un momento, pareció resistirse, como si aún intentara aferrarse a su orgullo, pero al final, cedió. Sus dedos se cerraron en mi chaqueta, y apoyó la frente contra mi cuello, dejando que todo su peso recayera en mí.

No dije nada. No había palabras que pudieran arreglar esto. Solo la sostuve.

Los días siguientes fueron un torbellino de ceremonias, trámites y despedidas. La Marina le ofreció honores, palabras de consuelo vacías que no llenaban el vacío que la pérdida había dejado en ella. Yo estuve ahí en cada momento. No hice preguntas. No la presioné. Simplemente estuve. Mi odio por la institución era insignificante cuando la felicidad de ella estaba sobre la mesa.

Y cuando la última formalidad terminó y la última mano dejó de tocar su hombro en señal de pésame, cuando la multitud de compañeros y oficiales se disipó en la bruma de la noche, solo quedamos nosotros dos. De pie en la entrada de mi casa, ella se veía más cansada que nunca. Sus ojos tenían sombras, su cuerpo estaba tenso como si cada músculo estuviera conteniendo algo que no podía liberar.

—Quédate aquí esta noche, no quiero que estés sola y el camino al cuartel es largo —dije suavemente.

Juliette no respondió de inmediato. Me miró durante un largo momento, su mirada buscando algo en la mía. Finalmente, asintió.

Cerré la puerta tras ella y, por primera vez en días, el silencio nos envolvió completamente. Me giré hacia ella.
Y entonces, sucedió.

No sé quién se movió primero, si fue ella o fui yo. Solo sé que sus labios encontraron los míos con la misma desesperación con la que una persona que se está ahogando busca aire. Mis manos, salvavidas, agarrando su cintura, tan cerca que el calor de su cuerpo se funde con el mío. Su piel es cálida, una promesa hecha de fuego bajo la yema de mis dedos. No sé en qué momento cerré los ojos, pero cuando los abro, ella me sigue besando, con elegante iniciativa.

Un roce primero, y después un hambre voraz que me consume desde adentro. No hay batalla que se compare a este choque de alientos, a esta lucha entre nuestros labios.

Mi cuerpo reacciona como si hubiese esperado toda su vida este momento, como si ese pequeño gesto fuera la clave de un engranaje que nunca supe que existía dentro de mí. No sé qué significa esto. No sé qué seremos después de esta noche.

Pero por ahora, nada más importa. No es solo deseo lo que siento. Es más profundo. Más crudo.

Juliette se aferra a mí como si soltarme significara perderse en la inmensidad de su dolor. No me suelta ni cuando la levanto, sus piernas envolviéndose instintivamente alrededor de mi cintura. Caminamos a tientas hasta mi habitación, con el mundo reduciéndose a nuestra respiración acelerada, a los suspiros entrecortados que nos guían a la penumbra.

Cuando la recuesto en la cama, la miro.

Su cabello dorado se desparrama sobre las sábanas, su pecho sube y baja con rapidez. Sus ojos me buscan en la penumbra, y en ellos veo todo: tristeza, deseo, necesidad… confianza.

—Casca… —su voz es un susurro que se quiebra en mi piel cuando me inclino sobre ella.

No hay prisa.

Mis labios recorren su cuello con la delicadeza de quien toca algo irremplazable. Ella tiembla bajo mis caricias, sus dedos deslizándose por mi espalda, enredándose en mi cabello cuando la piel se vuelve demasiado sensible y el aliento se convierte en jadeo.

La ropa cae lentamente, con la suavidad de un secreto compartido.

Nos movemos en sincronía, como si nuestros cuerpos supieran algo que nuestras mentes aún no comprenden del todo, algo que queremos… Que necesitamos explorar. Cada caricia es una promesa silenciosa. Cada roce, un puente entre el dolor y la necesidad de sentirse vivos.

Cuando finalmente nos unimos, es más que solo piel contra piel. Es un refugio.

Juliette ahoga un suspiro contra mi hombro, sus uñas se clavan en mi espalda, marcándome con algo más profundo que el placer: la certeza de que esta noche somos solo nosotros dos, de que aquí, en este momento, no hay pérdidas ni despedidas.

Solo hay calor.

Solo hay nosotros.

Nos movemos como si quisiéramos borrar el tiempo, como si el universo entero se redujera a este cuarto, a este instante en el que el dolor y la pasión se confunden, donde su respiración en mi oído se vuelve la única melodía que importa.
Cuando el mundo se disuelve a nuestro alrededor, cuando todo se reduce a la sensación de estar juntos, la abrazo con más fuerza.

Y sé que, aunque el dolor la acompañará por mucho tiempo, esta noche no está sola.

Y tras un tiempo, llego a pensar que yo tampoco, mientras el entorno a mi alrededor vuelve a distorsionarse.


Ahora el sol del atardecer cubre el mar con reflejos mientras la brisa salada mece las velas de nuestro pequeño barco. Es un navío modesto, sin bandera, sin nombre. Sin pasado, al menos sin uno reconocible.

La veo reír, encorvada sobre la barandilla, el viento jugando con su cabello. Tras todos estos años, jamás podría cansarme de ese cabello. Ha cambiado con los años, pero sigue siendo la mujer que amo. Su rostro ha madurado, sus ojos azules como el mar, son más profundos, más llenos de historias y tesoros hundidos. Sus facciones ya no pertenecen a la joven impulsiva de dieciocho años que conocí en la Marina, sino a una mujer que ha vivido, que ha perdido y ganado tanto como yo.

Y yo… bueno, yo ya no soy el mismo de hace diez años. Las cicatrices son más evidentes en mi piel curtida por el sol, mis alas se han vuelto más resistentes, pero mi cuerpo también carga el peso de una década de batallas. Mi cabello es un poco más largo, con algún que otro mechón gris escapando entre las hebras blancas y una poblada barba ahora ocupando la mitad de mi rostro. Y sin embargo, cuando ella me mira con esa sonrisa traviesa, me siento joven otra vez.

Nos hemos fugado de todo. La Marina, la cacería, el deber. Lo hemos dejado atrás como los rastros de espuma en una playa de océano.

Hemos pasado demasiado tiempo en guerra, demasiado tiempo con un rifle en las manos y un precio en nuestras cabezas. Piratas, marines, cazarrecompensas… no había ningún lugar donde encajar. Así que tomamos la única decisión lógica: escapar.

—Parece que el mundo sigue sin darnos alcance —dice Juliette, apoyando los codos en la barandilla mientras me mira de reojo.

—No se puede hacer nada, o no les importa suficiente… O hemos aprendido a correr mejor —respondo, acercándome hasta que nuestros brazos se rozan.

Ella sonríe.

—¿Crees que nos seguirán buscando?

—Probablemente. Pero ahora no somos más que un par de fantasmas en el mar. Y eso me gusta.

—¿Un par de fantasmas, eh? —se gira hacia mí, apoyando la cadera contra la barandilla—. Si somos fantasmas, ¿eso significa que podemos empezar desde cero?

—Si eso quieres.

Juliette me observa en silencio durante un momento. Luego, sus manos suben hasta mi rostro, sus dedos rozando la cicatriz junto a mi ceja que no tenía cuando nos conocimos. La arrugada expresión alrededor de mis ojos carmesí.

—Diez años —susurra—. ¿Te das cuenta?

—Cada día, no puedo estar más agradecido por el tiempo que he podido pasar contigo —respondo, tomándola de la cintura y acercándola más.

Sus labios se curvan en una sonrisa suave.

—Casca Belles, el cazador, Yo, la marine. Ahora fugitivos… ambos individuos sin título.

—¿Eso es malo?

—Eso es perfecto.

Y me besa.

No hay guerra, ni bandos, ni enemigos en la sombra. Solo estamos ella y yo, con el océano como único testigo. Aquí, en esta travesía que no tiene final, solo importa ella.


No sé en qué momento nos compramos una casa. Pero al pestañear ya estaba en ese lugar, y sabía lo que era.
En algún punto entre la huida, la vida en el mar y las noches sin preocupaciones, terminamos aquí. No en un refugio improvisado ni en una posada temporal, sino en un hogar. Un lugar con paredes de madera cálida, con ventanas abiertas al viento del atardecer, con el sonido de las olas rompiendo suavemente a lo lejos.

Juliette dice que fue idea mía. Yo lo dudo. No suelo hacer planes tan a largo plazo, pero supongo que, con ella, el tiempo dejó de ser algo que me pesara.

Los días se suceden como capítulos de un libro que no quiero que termine.

Despertar con su calor a mi lado es la única certeza que necesito. Nos quedamos en la cama más tiempo del que deberíamos, explorándonos en el amanecer, entregándonos a la sensación de pertenecer el uno al otro. Su aliento en mi piel, sus dedos deslizándose por mi espalda, la manera en que mi nombre suena en su boca con un deje de placer... No hay tormenta en el mar que pueda igualar la fuerza con la que nos tomamos.

Parpadeo, creyendo que se ha acabado que viviré la continuación, pero aún es nuestra casa. Juliette no me dejará irme antes de que pase lo que deba pasar, y sinceramente, tampoco quiero permitírmelo.

No sé dónde, no me importa. La luz de la tarde se filtra entre las cortinas y la silueta de ella se recorta contra la ventana. La observo moverse con la confianza de quien sabe que la deseo con cada fibra de mi ser. La tela de su vestido ligero se aferra a su cuerpo cuando se estira, dejando que la brisa acaricie su piel. Su cabello dorado cae en ondas suaves sobre su espalda descubierta, y por un momento, solo me quedo viéndola, memorizando cada curva, cada movimiento, cada sombra que la luz dibuja en su piel. Sólo para recordar que ya conozco todas esas cosas.

Me acerco en silencio, mi pecho rozando su espalda cuando me inclino sobre su hombro.

—¿Pensando en huir? No olvides que una vez fui cazador —murmuro contra su cuello, sintiendo cómo su piel se eriza.

—Si lo hiciera, sabes que me atraparías —susurra, su voz apenas un aliento.

Mis manos encuentran su cintura, deslizándose con la familiaridad de quien ha recorrido este camino muchas veces y aún no se cansa de hacerlo. Ella suspira, inclinándose sutilmente contra mí, entregándose a la certeza de que la sostendré.

Nos movemos con la lentitud de quienes han aprendido que el tiempo nos pertenece.

Mis labios recorren la línea de su cuello, descendiendo con caricias suaves, disfrutando de la forma en que su respiración se acelera al apretarnos. Su risa se convierte en un jadeo contenido cuando mis manos encuentran la piel desnuda bajo la tela, explorándola con la misma devoción que la primera vez. Quizá con una redescubierta con el tiempo.

Se gira en mis brazos, sus ojos azules brillando con algo más que deseo. Hay amor, hay pertenencia, hay años de historia en la forma en que me mira antes de besarme.

Y entonces, como siempre sucede con ella, me pierdo.

Nos dejamos caer sobre la cama, explorándonos como si cada noche juntos fuera la primera, como si la vida nos hubiera dado un millón de oportunidades y aún así esta fuera la única que importara. Cuando finalmente me sumerjo en ella, es más que solo cuerpos encontrándose. Es la certeza de que después de todo, después de los años, las pérdidas, las huidas y los comienzos inciertos, seguimos eligiéndonos.

Y en ese momento, lo entiendo:

No importa dónde estemos. Mientras sea con ella, siempre será hogar.


Y entonces pestañeo de nuevo, la escena cambia y la música suena.

El sol de la tarde tiñe el cielo de un naranja suave, reflejándose en las aguas tranquilas del puerto. Una brisa ligera se desliza entre las calles adoquinadas del pueblo costero que hemos llamado hogar durante los últimos años.

Nunca imaginé algo así. Nunca imaginé quedarme en un solo lugar el tiempo suficiente como para que la gente me conociera, como para que me saludaran al pasar y me ofrecieran pan recién horneado en las mañanas. Pero aquí estamos. Y hoy, más que nunca, sé que esta vida es real.

Como dije antes, los días se suceden igual que los capítulos de un libro que no quiero que termine. Y este, este capítulo en particular, es el que jamás pensé que escribiría.

Estoy de pie frente a Juliette, y ella está radiante.

Su vestido es sencillo, blanco con detalles en encaje, moviéndose con la brisa como si fuera parte del viento mismo. Su cabello rubio brilla bajo la luz cálida del atardecer, y sus ojos azules me miran con esa intensidad que todavía consigue hacerme olvidar cómo respirar.

El pueblo entero ha venido. Hombres y mujeres con sonrisas sinceras, niños correteando alrededor, ancianos que nos han visto crecer juntos en este lugar durante algún tiempo. Gente que, de alguna manera, se ha convertido en nuestra familia.
No hay nadie de nuestro pasado aquí. Ni de ella. Ni de mí.

Pero cuando miro alrededor, cuando veo los rostros felices, cuando escucho las risas y los murmullos de emoción, sé que eso no importa. Porque no estamos solos.

La ceremonia es sencilla, sin grandes discursos ni reglas complicadas. El viejo capitán del puerto, que se ha convertido en algo parecido a un amigo con los años, es quien oficia. Su voz es áspera, curtida por décadas en el mar, pero su sonrisa es cálida mientras nos mira.

—No tengo mucho que decir —declara—. Bueno, podría, pero todos están esperando la parte en la que se besan, así que mejor no me alargo.

Las risas estallan entre los asistentes, y yo no puedo evitar sonreír. Mi amigo tiene razón, después de todo.

Juliette me mira con una mezcla de diversión y emoción en los ojos.

—Vaya, qué ceremonia más solemne —murmura, y yo suelto una risa baja.

—Solo hazlo oficial antes de que el viejo empiece a contar historias.

Ella asiente, y sin apartar la vista de mí, dice:

—Casca Belles… Te elijo. Para cada día que venga. Para cada tormenta y cada atardecer. Para cada pelea y cada risa. No hay nadie más con quien quiera compartir esta vida.

Su voz es firme, clara. No hay duda en sus palabras.

Me aclaro la garganta, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, algo me quema en el pecho.

—Juliette… No soy un hombre de palabras bonitas. No sé cómo expresar todo lo que significas para mí sin que suene ridículo, así que solo diré esto. — No puedo imaginar un solo día sin ti. Nunca quise un hogar, hasta que me di cuenta de que tú lo eres.

Ella sonríe, con los ojos brillando con lágrimas que no derrama.

El viejo capitán sacude la cabeza con fingida impaciencia. Evidentemente conmovido.

—¿Ya? Bien, bien. Casca, ¿la aceptas?

—Sí, no se puede hacer nada, ¿No?

—Juliette, ¿lo aceptas?

—Por supuesto.

—Entonces, haz lo que todos esperan.

Y lo hago.

Cuando la beso, el mundo entero desaparece. Solo somos ella y yo, como siempre ha sido.

Los vítores y aplausos nos rodean, pero apenas los escucho. Solo siento sus labios contra los míos, su risa suave cuando nos separamos apenas unos centímetros, el temblor en su respiración.

Cuando finalmente nos giramos hacia la multitud, una lluvia de pétalos cae sobre nosotros. Algunos niños saltan de emoción, las mujeres del pueblo se secan las lágrimas con sus pañuelos, y los hombres asienten con satisfacción.

Nos convertimos en una historia del pueblo, en algo que los ancianos contarán con orgullo en los años venideros. La pareja que llegó sin pasado y construyó un futuro, juntos.

Y mientras bailamos en medio de la celebración improvisada, bajo el cielo estrellado, lo sé con certeza. Los días seguirán sucediéndose como capítulos de un libro.

Y aunque lo dije antes también, ahora, más que nunca, quiero que esta historia nunca termine. Y entonces vuelvo a pestañear.


Hay risas en la casa. La misma que cuando llegamos a esta isla, lo recuerdo con nostalgia ahora.

Esas risas llenan cada rincón, rebotando en las paredes como el eco de una felicidad que mucho tiempo atrás jamás podría pensar en conocer. Voces pequeñas, pasos apresurados, el sonido de pies descalzos corriendo por el suelo de madera.

Mis alas se agitan levemente cuando unas manos diminutas tiran de ellas con curiosidad infantil.

—¡Papá, papá! ¿Por qué tus alas son más grandes que las mías? —pregunta la voz impaciente de nuestro hijo, Campanillo, un torbellino de seis años con el cabello de su madre y la testarudez… Si alguien pregunta, también de ella.

— ¿Y sino cómo iba a volar? ¡Pero no es lo único que tengo más grande, señor pirulín! —respondo, haciéndome el serio.

—¡Mentira! —salta su hermana, Elia, apenas un año mayor que él. Su cabello es más oscuro, con reflejos dorados, y tiene esa misma mirada afilada que Juliette pone cuando sabe que está ganando una discusión, es decir, todo el tiempo—. Mamá dice que ya no vuelas porque eres viejo.

—¿Ah, sí? —arqueo una ceja, lanzando una mirada a Juliette, que está apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa divertida en los labios.

—Yo no dije viejo —se defiende, riéndose—. Solo dije que no tienes la misma energía de antes.

Campanillo y Elia me miran con expectación, esperando mi reacción.

—¿Así que creen que no puedo volar, eh? No se puede hacer nada ¡Pues vais a ver!

Las risas estallan en un grito de emoción cuando los atrapo a ambos de la cintura y los alzo en el aire. Sus pequeños cuerpos se retuercen de felicidad, las piernas pataleando mientras giro con ellos en círculos.

—¡Papá, no tan alto! —Campanillo grita entre carcajadas.

—¡Más, más! —exige Elia.

Juliette sacude la cabeza, pero sé que está disfrutando el espectáculo.

Los bajo lentamente, dejando que sus pies toquen el suelo, y cuando los suelto, caen de espaldas sobre el sofá, jadeando de risa. Yo me enderezo, notando la tensión en mi espalda, la manera en que mis músculos protestan por el esfuerzo. Juliette me mira con una ceja arqueada.

—¿Estás bien, viejo?

—Perfectamente, tampoco estoy tan mayor, es sólo que no se puede hacer nada —digo, aunque cuando me doy la vuelta, lo hago más despacio de lo que me gustaría.

Me acerco a Juliette y dejo que mi frente repose contra la suya por un instante.

Ella me observa, con esa mirada que no ha cambiado ni un poco en los años que llevamos juntos. No necesito que diga nada. Lo sé.

La vida nos ha dado esto, una nueva aventura que nunca creímos posible, una en la que no había que cazar o detener a un pirata.

Miro de reojo a nuestros hijos, todavía tumbados en el sofá, riéndose entre ellos como si el mundo no pudiera ser más perfecto. Me inclino, atrapando a la criatura revoltosa que lleva mi sangre y lo alzo en el aire una vez más, solo porque puedo.

Su risa es un sonido que perfora todo lo que alguna vez creí imposible.


Parpadeo de nuevo y somos viejos.

El tiempo nos ha cincelado con paciencia, dejando surcos en nuestras pieles, pero no ha logrado cambiar lo esencial. Sus cabellos dorados han sido besados por la nieve del tiempo, pero sus ojos siguen siendo los mismos. Azules, cálidos, llenos de vida incluso ahora, cuando todo se siente más lento, más ligero, como si el viento pudiera llevarnos con un simple susurro.

Nos encontramos sentados en la terraza de nuestra casa, esa que construimos con los años, con paciencia y amor. Frente a nosotros, el océano se extiende hasta donde la vista alcanza, reflejando el cielo teñido por los últimos colores del atardecer.

Juliette me toma de la mano. Su tacto es más frágil que antes, sus dedos huesudos entrelazados con los míos, pero su agarre sigue teniendo la misma certeza de siempre.

A nuestro alrededor, las voces suaves de nuestros hijos y nietos llenan el aire. Campanillo y Elia, adultos ahora, nos observan con ternura, cada uno con su propia familia, con su propia historia que nació del amor que compartimos.

—Abuelo, ¿puedes contarme otra historia? —pregunta una vocecita.

Es nuestro nieto más pequeño, de apenas cinco años, con el cabello revuelto y los ojos llenos de curiosidad.

Juliette sonríe y me aprieta la mano con suavidad.

—Tu abuelo siempre tuvo buenas historias, pero las de la abuela son mejores —dice en un susurro.

Sonrío, porque es verdad. Nuestras vidas han sido una historia en sí misma. Una historia de fugas y batallas, de risas y tormentas, de noches bajo cielos infinitos y amaneceres robados entre sábanas. Una historia de amor, de pasión, de promesas cumplidas.

Pero esta vez, no hay más historias que contar.

—Tal vez mañana, zagalico, hoy el abuelo no puede hacer nada más… —digo con voz ronca, recordando al que una vez fue mi mentor, y él asiente con una sonrisa, abrazándose a las piernas de su madre.

El silencio nos envuelve de nuevo, un silencio cómodo, un silencio lleno de recuerdos. Nos quedamos allí, observando el atardecer como dos marineros que han llegado finalmente a puerto.

No hay remordimientos, no hay arrepentimientos. Todo valió la pena, cada segundo juntos fue una historia que valía la pena contarse.

Juliette apoya su cabeza en mi hombro, su respiración tranquila, acompasada con la mía.

—No podría haber pedido una vida mejor —susurra.

Cierro los ojos y dejo que su voz se mezcle con la brisa, con el murmullo de las olas, con los suspiros de nuestra familia reunida.

Y sé que, si el final llegara en este instante, no tendría miedo, por primera vez, no me importa que esto acabe.

Porque ella está aquí.

Porque siempre lo estuvo.

Porque siempre lo estará.


Parpadeo una vez más. El mundo vuelve a ser el pasillo de la base G-19. Juliette me mira con expectación. Siento un leve cosquilleo en mi barbilla y, al alzar la mano, me doy cuenta de que me he dejado la boca abierta y he estado babeando un poco . Toso, aclarándome la garganta, y fuerzo una sonrisa, después de todo, hemos estado casados.

—Sí. Sí... creo que me vendría bien algo de ayuda, me llamo Casca. — Digo, señalando el papel del encargo por la caza del mink rata… Vaya, casi lo había olvidado.

Mi voz suena ligeramente más ronca, mi respiración aún alterada por el sueño vívido del que acabo de despertar. ¿Era siquiera un sueño? Juraría que había vivido una vida entera allí dentro. Una feliz.

Quizás, algún día, los sueños y la realidad dejen de ser cosas separadas.
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RE: [PRESENTE RELATIVO][SOCIAL][+18] - Algodones y adoquines - por Casca Belles - 16-03-2025, 01:47 AM

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